Léon Bloy
Por tanto, poseo una inteligencia al menos igual a la de cualquiera. Esta conclusión no parece muy científica, pero forma parte de la lógica de los burgueses, lo mismo que hay determinadas leyes gramaticales consagradas por el uso. Si el viejo vendedor de paraguas dijera al joven telegrafista: “Yo no soy más tonto que cualquiera, y la prueba es que te he visto nacer”, sin duda al fabricante de papel y al de zuecos no les quedaría más remedio que rendirse ante la evidencia.
La fuerza de un hombre que puede afirmar, en conciencia, que no es más tonto que cualquiera, es incalculable. Es tan misterioso este endiablado lugar común que uno está casi tentado a pensar que ha tenido algo que ver en la creación del mundo.
Dad a leer a vuestro médico, a vuestro dentista, a vuestro empresario de pompas fúnebres, a vuestro tapicero, a vuestro notario una magnífica frase de Barbey d’ Aurevilly, de Villiers de l’Isle-Adam, un pensamiento ingenioso de Ernest Hello, una animada estrofa de Paul Verlain. ¿Qué responderán esos hombres? Sencillamente esto: “No entendemos qué quieren decir. No obstante, no somos más tontos que cualquiera.” Y al instante, sin que siquiera un ángel sepa decir por qué, Verlaine, Hello, Villiers, e incluso, si queréis, Napoleón y todos los grandes personajes de la historia aparecerán a sus pies…
La universal superioridad del hombre que no es más tonto que cualquiera es la cosa más abrumadora que conozco.









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