Daniel Bernal Moreno
Pensé que podríamos bajar un poco el volumen, un poquito nada más. Yo sé que no se puede tener una fiesta sin música o con volumen muy bajito, pero siento un no sé qué, raro. Vengo de la casa de junto y hay un difunto. Un muertito. Alguien como los que estamos aquí, pero que ya no respira. Hace unos minutos sí podía hablar, estornudaba, como todos. Seguro que tenía miedo, como todos. Me di cuenta porque para llegar aquí pasé por afuera y pensé: qué raro que tenga la puerta abierta, como están las cosas, más a esa hora. Ya eran casi las siete de la tarde. Y la calle estaba vacía aunque se oía la música, las voces, el ruido de aquí. Por eso pensé que la fiesta estaba buena, pero ver abierto me hizo detenerme. Ya no se ven puertas abiertas. Yo ando solo y a pie porque no tengo nada ni nadie, ¿qué me han de quitar? Me dije: ¿y si toco? Como quiera no soy un desconocido, pero la hora ya no era apropiada, a menos que fuera una fiesta, como ésta, nomás que aquí junto no se oía música, un murmullo sí, otro ruido no. Y entonces toqué, quedito, por si molestaba. Don Sinuhe siempre fue amable, aunque a estas horas todos somos hostiles. Ya con el sol casi hasta abajo nadie toca en las casas, nadie que quiera algo bueno, y don Sinuhe lo sabía, estaba preparado por si alguien se quería meter. Sobre todo después de lo de sus hijas, las dos… Claro, con el ruido y la música tan alta de aquí, yo creo que no me escuchó y pensé: mejor me sigo a la fiesta; lo pensé, pero me quedé. La canija curiosidad. ¿Cómo estaba una puerta abierta tan tarde? Y la empujé, despacio, no fuera a espantarlo, o peor, me recibiera con un balazo, o un machete, o una de esas descargas que no te dejan respirar y te secan en dos minutos por dentro, quedas como un animal disecado, dicen que están prohibidas… Son fáciles de conseguir, basta ver los cascarones de humanos secos que aparecen al amanecer. Hoy es más fácil encontrar un zopilote que una paloma en las banquetas.
Brinqué, ¿cómo no me iba a espantar? Apenas entré a la casa y los gritos me hicieron irme para atrás. Eran los de aquí, de la fiesta, dicen que alguien se cayó y todos gritaron, unos de preocupación, otros de burla, como siempre que alguien se cae. Adentro no había ruido, sólo una respiración entrecortada. Pensé: voy a hablar, a decir “buenas noches”, aunque sea, y no me salió la voz. Me quedé callado y caminé. Entré de a poquito. Ahí estaba tirado, solo, todo roto. Lloraba como lloramos todos cada que la muerte se nos acerca, porque ya no se va de aquí, nomás anda dando vueltas. Por más que las fiestas como ésta sean a puerta cerrada, todos guarecidos en alguna casa, sabemos que habremos de salir ya con el sol, porque a esta hora sólo los solos caminamos sin luz. Los demás, los que tienen a quien cuidar o quien los cuide, se quedan; ya con el sol abrasante, que no termina por garantizar el bien, se van en parejas o grupos.
Don Sinuhe tenía las botellas tiradas, vacías, y el bigote mojado de ron. Los ojos directo a la foto de su difunta mujer que abrazaba a sus pequeñitas desaparecidas y me dio lástima. Había tanta tristeza que amargaba la boca, de esa que te congela las entrañas, de la que despierta a la bestia de adentro: la que tiene tantas ganas de matar con la facilidad que lo hacen los otros. Esos desgraciados que se apoderaron de la libertad. Y el pobre estaba huérfano de todo. Me miró, porque sí lo hizo, ahí fue cuando pensé: pobre Sinuhe, tan sin nadie como yo. Pero yo no lloro, yo me sequé hace mucho, en el 2018, creo. Y me dijo, así, sin hablar, que no podía más. No, ya no podía el pobre. De su nariz salía líquido de tanto chillar, y se oía la música bien alta de la fiesta, y él trataba de no vomitar, pero no se enderezaba. Un coche pasó por la calle a toda velocidad, como se tiene que manejar ahora y me quedé quieto, esperaba que nadie más notara la puerta abierta. Entonces las risas se mezclaron con sus sollozos y ya no pude más. Lo ayudé a irse… No se resistió, ya estaba muerto desde antes; respiraba, sí, pero estaba muerto.
Entonces pensé: mejor dejo la puerta cerrada, no se vaya a meter un malviviente y se lleve sus cosas, su dinero, sus órganos. Ya mejor no sigo, no puede uno estar tan pensativo en una fiesta. Aunque lo estemos, no podemos parecer tristes todo el tiempo.
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El autor nació en Toluca, Estado de México, en 1978. Ha sido ganador del Programa de Estímulo para el Desarrollo Artístico del Estado de México en 2015 y 2017. Sus cuentos han sido publicados en diversas antologías tanto impresas como virtuales.









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