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Wagner en el Porfiriato

· septiembre 12, 2015

El presente texto fue tomado de la sección “Documentos” de la revista Pauta (julio de 1983), titulada “Wagner rico de colores”, basada en fragmentos de Enrique de Olavarría y Ferrari, Fernando J. Domec y Justo Sierra, ensamblados por Guillerrmo Sheridan. En él se hace mención a la introducción de la música de Wagner en México durante el porfiriato y de la afición del presidente Porfirio Díaz por su música, al extremo de que se dice que su esposa Carmelita trató de cambiar su nombre a “Brunhilda”. El capitán Félix Díaz al que se hace referencia como hijo de Don Porfirio, debe ser en realidad el capitán e ingeniero militar Deodato Lucas Porfirio Díaz Ortega (1873-1946), hijo del gobernante. (Ismael Ledesma Mateos)

 

[…] Concluye Olavarría y Ferrari (si bien no es del todo rechazable la idea de que él mismo —hombre dado a los seudónimos— fuera el sesudo Domec). La Compañía de Charles Locke, pues, merece ser considerada la verdadera introductora del wagnerismo a México, toda vez que, en una jornada ciertamente bayreuthiana, estrenaron en el país Tännhauser y El buque fantasma, además de haber puesto nuevamente Lohenngrin.

A partir de ese momento, señala Olavarría, Wagner es un elemento infaltable en la confección de conciertos y recitales, especialmente las aberturas y las marchas. En 1892, por ejemplo, el pianista español Alberto Jonás tocó en el Gran Teatro La muerte de Isolda de Wagner-Liszt y se convirtió en el introductor, a lo menos parcialmente, de Tristán e Isolda. Jonás alegaba que su viaje a México obedecía a su necesidad de “alejarse del bullicio europeo”. Olavarría comenta, no sin ironía, que lo consiguió: “nadie se volvió a acordar de él después del concierto”.

El contagio de la moderna enfermedad no respeta apellidos ni jerarquías: el wagnerismo ataca a la familia del dictador: su mujer, doña Carmelita, asiste a una fiesta de disfraces en casa de los Limantour simulando ser Brunhilda engarzada en un vestido que tenía, por lo menos, 25 rubíes. Poco después inaugura una escuela primaria que se llamó “Hyatoho” en honor al grito de guerra de las Valquirias. El hecho de que haya tratado de cambiar su nombre a Brunhilda Rubio de Díaz no se ha podido comprobar, por lo que no se anotará aquí.

El Capitán Félix Díaz, hijo del presidente, por su parte obliga a sus mayordomos a tararear la marcha de Tännhauser cuando se acerca al comedor matinal y quizá por quedar bien con su padre, intenta cambiar el nombre de una población oaxaqueña, Chinchumiles, por el más sonoro de “Valhalla”.

El primer comentarista de Wagner en México, después del enigmático Fernando Domec, fue el compositor Gustavo Campa quien, entre 1891 y 1895 redacta “El Tännhauser de Wagner”, “Historia de la Valquiria” y “Wagner como literato musical”, entre otros títulos. Campa se quejaba de que “aquí en México es ley aplaudir y celebrar con entusiasmo cualquier estreno de Wagner para dejar el teatro vacío en las funciones posteriores”.

En 1885 se presentaron en México el tenor alemán Anthony Schott, alumno de Wagner, y el pianista Arthur Fickenscher, discípulo de Hans Bulow. Debutaron en casa de Wagner (comerciante de música) el día 17 de junio y, tres días más tarde, cantaron en casa del presidente Díaz varias piezas de Tristán e Isolda, Los maestros cantores, Lohengrin y El buque fantasma. Doña Carmencita y el Capitán Díaz, señala una crónica, lloran de emoción. Cuenta Olavarría:

“El tenor Schott se hizo también oír en una aria del Oratorio Paulus de Mendelsshon. En cuanto al juicio que del tenor y del pianista formaron el público y la prensa, de todo hubo: para unos Schott estaba dotado de voz poderosísima, muy viril, muy delicada y fina en el registro medio, capaz de tomar tonos suavísimos y desmayados o vivos matices; mucho se celebró también la expresión que sabía dar a su rostro, al grado de que en él podía leerse traducida, la letra alemana de sus piezas. Del pianista Fickenscher se elogiaron la notable precisión, la delicadeza exquisita, lo afiligranado y dulce de su ejecución. Para otros muchos críticos y censores Schott era más bien un barítono que un tenor, y cambió y alteró a su capricho multitud de piezas, valiéndose y creyéndose que no eran aquí conocidas; para esos mismos críticos y censores, entre ellos L’Echo du Mexique, el pianista Fickenscher era un acompañante muy mediocre y un mal ejecutante. Los primeros defendieron a Schott echando en cara a sus contrarios que sin duda habían olvidado lo que debe ser un tenor heroico, a fuerza de haber pervertido su gusto aplaudieron la dulzura de falsete de los tenorcitos de gracia, y de los tenorcitos de salón, que llevan flor en el ojal y compromisos en la frente.

Parece ser que la disputa llegó a su fin cuando el Presidente Díaz ordenó que eran muy buenos y ya.

Otro mérito de Schott y Fickenscher fue que, gracias a una gira que se les organizó a Puebla, Oaxaca, Guadalajara y Veracruz, fueron los primeros en ejecutar música de Wagner en el interior del país (como luego se dice). Franz Gordillo, director de L’Echo du Mexique, resumió entonces la gira organizada por su hebdomadario con una palabra elocuente: “beau”.

En 1897, el 3 de junio, decenas de temblores arrasaron con varias poblaciones del Istmo de Tehuantepec, por lo que la señora Rubio de Díaz se avocó a la organización de un concierto “de Beneficio” para los damnificados. En su palco del Gran Teatro, como de costumbre, la familia Díaz escuchó un programa que incluía el “Canto de las Valquirias”. Juntos, más tarde, observaron conmovidos cómo el gerente del teatro entregaba la cantidad de 2,342 pesos a una tehuana llena de chipotes.

En 1901 se fundó el Parque Porfirio Díaz en lo que hoy en día es el parque a la madre que está en Sullivan. Una sociedad anónima presidida por el Capitán Díaz, Julio Limantour, Jorge Landa y Escandón, Hugo Scherer y Tomás Braniff, tenía la intención de crear una zona “parecida a los Champs Elysees” en la que hubiera teatros, circos, cafés y galerias de tiro” (sic) para 30,000 personas a 25 cts. cada una. El 26 de mayo se estrenó el lugar con el siguiente programa: “bombas tricolores mexicanas, quince bombas de luz, Los Hugonotes de Meyerbeer, bombas de nueve pulgadas, vals ‘Leuchte und liebe’, pieza pirotécnica, ‘La mula mañosa’, bombas de doce pulgadas, Novedad japonesa, Petatilli mexicano, retrato del Cura Hidalgo en pirotecnia tricolor, recitación por Julito Limantour, bombas de 18 pulgadas, marcha ‘Oaxaca über alles’, lluvia de oro, ‘Introducción y coro de Lohengrin’, gran castillo luminoso y diez bombas de 24 pulgadas”. El programa aclaraba que el espectáculo pirotécnico corre bajo el diseño personal del Capitán Díaz. Al parecer algunas de las “bombas” causan cierta mortalidad.

El sábado 8 de septiembre de 1902 Conceta Delahander, mezzo de la Compañía de Ópera Italiana Sieni-Lombardi, se benefició en el Teatro Renacimiento cantando la Otruda de Lohengrin. El cronista de El Imparcial relata: “La artista vivió unas horas de aplauso y cariño; el entusiasmo fue desbordante, sobre todo después de un intermedio cuando cantó una aria de Sansón y dos populares aires mexicanos de Miguel Lerdo de Tejada, Perjura y Dicen que no. A propósito de estas dos danzas diremos que si el patriotismo quedó satisfecho, el arte no estuvo muy bien pagado que digamos: es la primera vez que Wagner y Lerdo de Tejada se dan la mano, no obstante”.

El domingo 24 de abril de 1904 el maestro Carlos J. Meneses estrenó en México por primera vez música de Berlioz. En el mismo programa se ejecutó la “Obertura de Tannhauser” (parece que el Capitán Díaz anunció su asistencia) y, por primera vez en México un fragmento de Segisfredo (sic): “Murmullos en el bosque”. La quinta sinfonía de Beethoven, que cerró el programa “constituyó el clou de la audición”.

Justo Sierra, ministro de educación, comentó al respecto:

“El hecho de que en tiempos pasados las Compañías de ópera permanecían varios meses en la capital bien recibidas y aceptadas, y podían, con provecho, expedicionar a las capitales de los Estados, cosas ambas que hoy no acontecen, depende, aparte del poco valer de los artistas que se nos traen, del empeño que se pone en ir contra el gusto de la generalidad, queriendo imponer el repertorio modernísimo, que en la mayor parte de sus obras no exige notables facultades cantantes de sus intérpretes. Sin negar la importancia de las ideas y procedimientos innovadores de Wagner, sus obras lenta y trabajosamente impuestas por sus admiradores en el teatro moderno, no satisfacen ni podrán sin duda satisfacer a las multitudes, que aprecian la belleza por el placer que ella causa y quieren que el arte penetre hasta el fondo del alma, despertando en ella sentimientos que la conmuevan y emocionen. En su mayor número las obras del autor de Tristán e Isolda se desarrollan en el ambiente de la leyenda épica y describen pasiones de héroes, dioses y símbolos que no han existido y nada tienen de humanos y reales. El público en general busca en el drama hombres y mujeres que puedan interesarle, y con los cuales sienta como él siente. De ahí el éxito de Cavallería Rusticana, Aida, Otello, Gioconda, I Pagliacci, Tosca, Manon y La Bohemia. Ellas representan el meritorio trabajo de los actuales compositores italianos, que, tomando de las nuevas ideas y procedimientos las útiles enseñanzas que envuelven, han querido infundir en la forma del drama musical el espíritu genuinamente italiano, notable por el frescor de sus melodías y por el vigoroso efectismo de sus mejores pasajes, como hace observar el excelente crítico Henríquez Ureña. Según él, en ese grupo de compositores hay talentos innegables capaces de comprender y realizar el verdadero drama musical humano y realista; la energía, el atrevimiento y la laboriosidad de ese grupo, contribuyen poderosamente al renacimiento del espíritu artístico de su país, y no es de dudar que con él se inaugure un nuevo periodo de grandeza musical de Italia, como ya lo tuvo en siglos pasados.

“El gusto no sólo depende de la educación sino también de la naturaleza de las razas, y por consiguiente la latina no llegará a confundirse a este respecto con razas que le son opuestas; y nuestro modo propio de ser, poético y soñador, no se tornará nunca en flemático y calculista.

El sábado 20 de abril de 1906 debutaron en México Florizel von Reuter (violín) y Arthur Newstead (piano), artistas itinerantes alemanes.

Dieron su primera audición el sábado 20, entre cinco y siete de la tarde, en el salón de la Casa Wagner, sito en la calle de Zuleta, con un programa compuesto de cinco números. Florizel von Reuter ejecutó en su violín el Concierto en Re, de Paganini, la Chaconne, de Bach, y el Carnaval Ruso, de Wieniawski; el pianista Arturo Newstead tocó la Balada 47, de Chopin, y la obertura de Tannhäuser, de Wagner-Liszt. El reducido grupo de inteligentes en música que fue invitado a esa audición, salió sorprendido de la maestría de ejecución del violinista a quien los programas y carteles llamaban el Niño prodigio. Las esquinas y las vidrieras de los repertorios de Música y de otros establecimientos comerciales, fueron cubiertos de estampas litográficas y tarjetas fotográficas en que, en efecto, el artista aparecía con semblante y traje infantiles, con abundante y rizada cabellera, seria y simpática expresión, inteligente mirada y vistiendo calzón corto hasta la rodilla, medias negras y zapato bajo. ¿Cuál era su edad? En esos días no se supo. Según El Imparcial, que fue su entusiasta admirador, podría tener quince, dieciséis, dieciocho años, y añadió: “Poco importa el número de lustros que haya recorrido Florizel von Reuter en el camino de la vida, que es ya, según respetables opiniones, una temprana jornada rumbo a la gloria: es uno de los notables violinistas que hemos oído y eso basta.”

El lunes 20 de febrero de 1911, el pianista ruso Arthur Friedhin, discípulo de Liszt, dio varios recitales en la inauguración de la nueva “Casa Wagner-Levien” que luego repitió en el Arbeu. El programa incluía “La despedida de Wotan” y “El encanto del fuego”, entre otras muchas piezas. El palco de la familia Díaz “vacío sin explicación hizo murmurar a los asistentes al concierto”. Era la última vez que se escuchaba música de Wagner, primera que se escuchaba algo del Götterdamerung, antes de la Revolución armada.

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