Miguel Samsa
Entre la correspondencia de Eberhardt Gmelin, primer médico en describir el Trastorno de Identidad Disociativo Múltiple en 1791, se encuentra un par de menciones a Vulfildo de Alejandría (402-473) y su teoría sobre el origen del Mal.
Gmelin refiere en una de sus cartas (fechada en abril de 1790)* que la sintomatología observada en una de sus pacientes** le hizo recordar los argumentos empleados por el teólogo alejandrino para explicar el origen del mal a partir de las tres personas de Dios. Al parecer, el destinatario de la correspondencia estaba al tanto de dicha teoría, pues Gmelin no se detenía en mayores explicaciones.
Pero el enigma no se limita a la falta de explicaciones sobre la teoría. En ninguna historia de la Filosofía o la Teología existe referencia alguna a Vulfildo de Alejandría. No está incluido entre los Padres de la Iglesia ni tampoco entre los pensadores del periodo Escolástico.
Pero su Tratado sobre la Santísima Trinidad y la unidad de Dios aparece en la primera edición (1551) del Index librorum prohibitorum. Y en los archivos del Vaticano aún se encuentra la orden, emitida por el papa Vigilio, de confiscar y quemar todas las copias del tratado de Vulfildo, así como del restado de sus obras, comentarios, cartas y cualesquier documento surgido de su mano, así como de borrar todo registro, comentario, réplica o defensa de sus ideas que haya sido escrita hasta la fecha del Segundo Concilio de Constantinopla, donde se estableció el dogma de la Santa Trinidad y de la doble naturaleza (humana y divina) de la persona de Jesucristo.
Al parecer, esta tarea se habría cumplido de manera harto eficaz por parte de la Iglesia católica, a no ser por la mención epistolar (demasiado vaga, sin embargo) que Gmelin hizo de la obra de Vulfildo.
La cuestión es: ¿en qué consistió esa tesis para merecer la desaparición casi absoluta no sólo de la obra escrita sino incluso del nombre de su autor?
La única clave para desentrañar el misterio me fue revelada en la biblioteca de un monasterio en las afueras de Toscana —la secrecía jurada a mis informantes me impide dar pormenores sobre la búsqueda y hallazgo de este indicio—. Un extenso capítulo del Opúsculo contra los herejes, del abad Cirilo, fechado en el 495, sintetiza la teoría de Vulfildo sobre el origen del Mal.
Para el teólogo alejandrino, las explicaciones brindadas hasta su tiempo sobre este problema eran insuficientes o atentatorias contra los dogmas cristianos. Los planteamientos maniqueos, que consideraban la existencia de dos principios creadores antagónicos, debían ser descartados, en opinión de Vulfildo, porque atentaban contra el principio de un Creador único, abriendo con ello las puertas para el regreso del politeísmo.
Para nuestro autor en cuestión, las teorías que atribuían el Mal a una degradación de la Substancia Divina en cada una de sus sucesivas creaturas tampoco eran suficientes. Suponer que el soplo divino que las alentaba perdiese pureza o intensidad de una creatura a otra era poner en duda la perfección de la obra de Dios e, incluso, su omnipotencia.
¿De dónde, entonces, proviene el Mal? La tesis de Vulfildo resultó, sin duda alguna, demasiado temeraria para la época. En Dios coexisten tres personas, que son todas Él mismo. Y esas tres personas se han manifestado, como lo muestran las Escrituras, a los hombres en diferentes momentos de la historia sagrada. Y si bien las tres personas forman una sola unidad, cada una de ellas puede actuar y manifestarse en momentos determinados sin la participación de las dos restantes, lo que indica que cada una de ellas está bien diferenciada de las demás.
Así pues, las actuaciones del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, a pesar de estar guiadas por el mismo plan divino, pueden resultar discordantes entre sí y generar conflictos, del mismo modo —y aquí Vulfildo echa mano de la Historia, otro recurso novedoso para la época— que ocurrió con el Segundo Triunvirato de Roma, instaurado por Octavio Augusto, Marco Antonio y Marco Emilio Lépido, para tratar de restaurar el orden tras el asesinato de Julio César.
Tal estrategia de gobierno, recuerda Vulfildo, derivó en una guerra civil, con el consecuente caos para Roma, entre Octavio Augusto y Marco Aurelio que le permitió al primero elevarse al rango de César.
Bajo este presupuesto, lo que consideramos como el Mal sería el resultado de las desavenencias y contradicciones generadas por la actuación de las tres personas de Dios, cuyas decisiones y mensajes pueden ser malinterpretados por el Hombre, con su consecuente caída en el pecado.
De acuerdo con los fragmentos citados por el abad Cirilo, Vulfildo habría ilustrado su argumentación con el caso del sacrificio de Isaac por parte de Abraham. ¿De qué otra manera comprender que Dios le ordene a Abraham entregarle a su propio hijo en sacrificio y, en el último momento, ordenarle que se detenga y ponerle al alcance de su mano un cordero para intercambiarlo? ¿No es ésta —se pregunta el teólogo— prueba de que las personalidades de Dios actúan con un amplio margen de independencia, incluso sin conocimiento entre ellas de lo que cada una decide?***
Así, para Vulfildo, el Mal es equiparable al caos generado por las órdenes discordantes de las tres personas de Dios. Y esto, concluye el abad Cirilo, equivale a suponer que el mundo fue creado por un Creador demente, un insano que toma decisiones y rige el destino de los Hombres en función de sus delirios, lo que convierte a la tesis de Vulfildo en la más peligrosa de las herejías.
——
* La correspondencia de Eberhardt Gmelin forma parte del acervo de la biblioteca de la Facultad de Medicina de la Universidad de Gottham.
** Se trataba de una joven alemana que de improviso empezó a hablar en un francés perfecto, sin que tuviera nociones de esta lengua, y que además había desarrollado conductas y recuerdos acordes con un origen francés; sin embargo, al volver en sí de dichos estados, no guardaba memoria de ello y se comportaba como si tal estado no se hubiera presentado nunca.
*** Nótese que, en beneficio de su teoría, Vulfildo podría haber incurrido en una alteración teológica bastante arbitraria: confundir al Dios del Antiguo Testamento con el del Nuevo.









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