Fernando Sánchez Clelo
La joven camarera entra a limpiar la habitación 608 donde cuelga la pintura del torso de un hombre musculoso; se erotiza cada vez que contempla la imagen, se siente observada por ese Atlas de óleo púrpura. Esa mañana busca el porqué de su excitación, escudriña entre el efecto de volumen, la textura y los colores: se electriza. Mete la mano bajo su sostén, aprieta los senos y la carne lustrosa brota de entre sus dedos. Imagina que aquel hombre la contempla. Ella se acuesta en la cama, mete la otra mano bajo la panty y se acaricia en giros para dejarse invadir por el placer. Un guardia de seguridad también se excita al mirarla en el monitor del circuito cerrado.









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