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Fernando Percino
Opinión 0

Volver, volver

· julio 10, 2020

Fernando Percino

 

La carretera es un panteón lineal, una suma infinita de cruces negras de accidentados y asesinados por ráfagas de balas.

El Triángulo rojo inicia en Acatzingo y Tepeaca, llega hasta el distrito de Tehuacán. Se ha hecho famoso a nivel nacional por el exceso de muerte y violencia que lo agobia en los últimos años. A pesar de su mala fama yo fui encantado por la sobria belleza de esta zona; hace algunos años viví ahí, en Tecamachalco, y hoy me toca volver. Dice la máxima “No regreses a donde fuiste feliz”. Sin embargo no encontré citas para renovar mi licencia de manejo en ningún otro módulo del gobierno del estado y yo necesito ese documento para trabajar. El gobierno no dará plásticos nuevos hasta noviembre; no puedo esperar hasta esa fecha por cuestiones laborales, por lo que el destino me obliga a volver una vez más ahí, donde fui tan feliz, aunque a veces no tanto.

Volteo a ver los cerros y los perpetuos cultivos de hortalizas que son el paisaje de este eterno retorno; en mis audífonos suena un mantra de Johnny Cash: You can run on for a long time/ Run on for a long time/ Run on for a long time/ Sooner or later God’ll cut you down/ Sooner or later God’ll cut you down. Puedes correr por mucho tiempo, pero Dios te cortará; ciertamente, creo que Dios partió mi vida entre un antes y un después de mi estancia en Tecamachalco.

Me sería difícil hacer una presentación de ese bello lugar sin empezar por el “Primo” de los pulques de Lomas de Romero y su negocio, de esas tardes delicuescentes en que me embriagué a todo dar con los futuros veterinarios de la buap. Casi se puede llegar caminando del campus de la universidad al nego del “Primo”; en ese lugar dejaré alguno de mis espectros para que se quede degustando pulque por siempre mientras mira pasar a los au que salen para la autopista.

El Distrito de Tecamachalco tiene algunas carreteras malditas. El tramo de Teca a Tlacotepec es una especie de modo extremo para motociclistas: fue el tramo donde más accidentados y muertes vi cuando lo transité. Un fantasma solía subirse a mi corcel metálico y a veces hasta lo tenía que llevar a comer barbacoa al tianguis de Zozutla.

Nunca encontré una belleza más terrible como la de los árboles yermos que están en el camino de Cuacnopalan a Tlacotepec. Tuve que pararme varias veces para mimetizarme con esos troncos secos de frutos y flores que esperan resurrección, acompañados de aves cuyos matices de sus plumajes y cantos parecían provenir de una dimensión alterna a la nuestra. Extraño tanto la pasividad de ese camino oculto entre los cerros de una biósfera de piedras blanquecinas por el que, si acaso, pasa algún carro cada media hora.

Tecamachalco me cambió el semblante con el humor ácido de sus huachicoleros, que jugaban conmigo al vives o mueres cuando los visitaba con mi gafete de empleado de la Fiscalía General del Estado. Tecamachalco me metamorfoseó con sus secuestros, con sus lluvias de plomo en las carreteras, con su anarquía creciente y arraigada. Y lo amé, amé cada momento en ese lugar, porque también me gusta la mala vida. Lo amé porque a pesar de su perfecta crueldad, en aquel lugar hay gente buena que sale cada día a hacer de este país un lugar mejor, si es que eso existe; gente que se atreve a reír, ser feliz y amable a pesar del caos que los rodea. Mucho se aprende de eso.

Ese desierto me enseñó a bailar solo y a disfrutar la música de mi corazón cuando estaba plenamente aislado en mi departamento. También hubo silencios en medio de su inmensa aridez que apaciguaron el ególatra delirio perfeccionista de mi ser. ¿Cómo no estar agradecido con la sobriedad de ese cúmulo de cactáceas y cerros áridos que es el Triángulo Rojo?

Cada que regreso también la agradezco al Dios del Viejo y del Nuevo Testamento por haber partido mi vida en dos después de Tecamachalco y por no ser el nombre de una cruz en esa carretera.

 

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