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01 José José.
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Vivir el momento

· octubre 19, 2019

Jorge Escamilla Udave

 

La memoria tiene formas caprichosas para hacernos recordar pasajes de nuestra vida que parecían olvidados, cuando menos lo sentimos irrumpen sin darnos tiempo a pensar qué tan provechoso resulta volverlos a revivir. Por otra parte, existen noticias que por más que tratamos de ignorar se nos pegan como lapas hasta lograr atrapar nuestra atención y basta el instante en que nos detenemos para hacer que de inmediato la asociemos con otros recuerdos.

Esto viene a colación por la noticia más sonada de los recientes días: la muerte del cantante José José, “El Príncipe de la Canción” y los acontecimientos surrealistas desencadenados, mismos que se han ido tejiendo alrededor de sus herederos: su cuerpo no aparecía, los hijos y la disputa por las cenizas como cheque al portador que garantiza toda clase de ventajosas ganancias y otras cosas dignas de figurar en la trama de un cuento de terror a la mexicana.

En eso estaba la consternada sociedad mexicana, entre las buenas conciencias y los morbosos unidos todos en la desgracia, cuando de pronto me surgió un viejo recuerdo de una breve estancia en la ciudad de Veracruz, debido a la remodelación de las instalaciones de la estación de radio en que trabajaba en Xalapa. En ese momento la fortuna me permitió disfrutar la paga quincenal sin tener que presentarme en las instalaciones. Tomando con sabiduría la oportunidad de oro, me escapé a disfrutar de unas vacaciones en el “puerc(t)o de Veracruj”, en “Sodoma y gonorrea”, riéndome de las expresiones chuscas con las que solían referirse mis amigos a la ciudad que los viera nacer, esos mismos a los que estaba decidido visitar.

Mi estancia estaba programada a lado del pintor Andrés Villalva, quien me había ofrecido su casa y tomándole la palabra me dirigí a su encuentro, cargando con mis poquísimas pertenencias. Llegué una tarde estival a tocar a su puerta. Me recibió como a un hermano que tuviera años de no ver; no es mentira lo que se cuenta de la cordialidad del porteño, y “El Negro” Villalva, con su cálida sonrisa cruzando su rostro de mulato jarocho, no hizo quedar mal a sus paisanos.

En él todo era porteño: baja estatura, pelo crespo, rostro redondo, barba de igual forma que su pelo y envestido en su inigualable atuendo, sin camisa con un prominente vientre que rebozaba su pantalón de mezclilla, al que se le adivinaba a leguas sus remotos días de gloria. Sumando a esto, las coloridas pringas de la azarosa pátina de su constante actividad artística.

—¡Quióbole, cabrón! ¿Qué vientos te trajeron a ésta tu humilde casa? Pero pásale a lo barrido que el pinche sol está cervecero. Qué bueno que te dejaste venir a ésta tu humilde casa.

Era la típica casa porteña de los barrios enclavados en los suburbios de la ciudad, con una pieza que quizás estaba pensada como sala o recibidor y que generalmente tiene otros usos, menos el proyectado. No vayamos lejos, para “El Negro” era el centro de sus operaciones

Al entrar, me sentí como beduino buscando cualquier sombra para quitarme de encima los quemantes rayos del sol.

—Deja en el sillón tu maleta y siéntate a un lado, yo lo haré frente al caballete. Sigo con lo que estaba y mientras me platicas. ¿Estás de acuerdo?

De golpe, me sorprendió el motivo de su pintura: en Xalapa lo había conocido como pintor surrealista, que en un periodo de crisis realizaba tintas sobre materiales que encontraba a su paso, con un estilo muy personal por su celebrada calidad de dibujante que había logrado depurar como aprendiz de pintor y luego ayudante de muralista, en un taller que el sobrino de uno de los grandes del muralismo mexicano había instalado en la ciudad de Cuernavaca, Morelos.

Su compromiso con el surrealismo era tan marcado, que por un tiempo los amigos cercanos lo chanceaban diciendo que el mundo tenía a “André Bretón, el poeta surrealista”, Veracruz tenía a “André Prietón, el pintor que se zurra en la realidad”. Por esas razones me parecía extraño verlo frente a un lienzo de gran tamaño y la estampa realista a la que estaba a punto de terminar con la idea de entregarla en los siguientes días.

El motivo pictórico trataba de un hermoso cielo azul, coronado por nubes blancas de las que emergía el rostro de una mujer cuyo rostro me resultaba familiar, sin que pudiera lograr precisar de quién se trataba.

—¿La reconoces, verdad?

Tardé en contestar, mientras me colocaba detrás de él mirando con atención a la mujer del cuadro, y en un chispazo de esos con los que suele sorprendernos la memoria, me atrevía a nombrarla.

—Es Anell, la esposa de José José…

Me interrumpió prorrumpiendo con la atronadora carcajada, que lo identificaba junto a su ronca voz. En una inesperada muestra de júbilo, se levantó de su asiento y me trenzó en un asfixiante abrazo de oso, mientras profería insultos a grito pelado, al tiempo que maldecía como símbolo inequívoco de un porteño que manifiesta su júbilo.

—¡Pinche loco, bien que le atinaste! ¡Jefita, venga jefita a conocer a este cabrón!

Gritando se acercó a la puerta que conectaba con la diminuta cocina, y entre aspavientos y manotazos, invitando a su madre, la fiel acompañante en la casa y quien parecía destinada a palear la soledad de su hijo. La mujer dejó lo que hacía y se aproximó, vi entonces su baja estatura y color de piel semejante a la del hijo, con la marcada diferencia de que era muy delgada.

—Mire jefita, él es Jorge, vecino del departamento de abajo cuando estuve viviendo en Xalapa, es uno de los estudiantes de antropología que le comentaba que ponían discos a todo volumen y con quienes estrechamos una chingona amistad.

Me acerqué a saludarla de mano, al tiempo en que ella extendía la suya y con una sonrisa semejante a la de su hijo me daba la bienvenida. Girando en redondo, sin mediar palabra, regresó sobre sus pasos a seguir preparando la cena y desde su sitio agregó que le daba gusto compartir su casa y sus alimentos. Regresamos a seguir comentando sobre el cuadro, mientras Andrés retomaba su trabajo dando sus retoques finales.

—Cuando lo entregue, me acompañas y sirve que conoces a José José

—A poco, ¿él te lo pidió?

—No precisamente, hace tiempo que lo conozco y aprecia lo que hago, por eso se me ocurrió pintar a quien ocupa un lugar importante en su vida, aunque cuando me habló por teléfono mencionó algo relacionado con su separación… De todos modos, los conocí juntos y si ya no siguen, pues que se lo regale como símbolo de los buenos momentos que vivieron.

Al paso de los días me enteré que la visita a Veracruz de “El Príncipe de la Canción” se debía a que tenía contrato para presentarse en un conocido centro nocturno del bulevar muy cerca de la costera.

Con dificultades embalamos el cuadro, y a la de mil encontramos un taxista dispuesto a llevarnos. Recuerdo que el sol estaba en cenit de un día cualquiera para quienes viven en el puerto. Cuando ingresamos al bar solitario noté que a esas horas reinaba el silencio. Desde la puerta de acceso se lograba distinguir a un hombre sentado en un banco de la barra; frente a él un vaso rebosante de bebida, el que repentinamente levantó y aproximó con notoria ansiedad a la boca, mientras que “El Negro” Villalva, a carcajada batiente lanzaba su saludo muy a su estilo. José José, se levantó y cuando lo tuvo cerca lo abrazó con gran regocijo.

Recuerdo que juntos entregamos el cuadro, ése fue el día en que conocí a José José. Un pequeño instante duró la impresión, al estrechar su mano y escuchar su saludo: “Mucho gusto, Jorge”. El momento fue roto por un mesero invitándome a tomar asiento frente a una mesa preparada para mí. El mesero dispuso una botella, hielo y refrescos, variedad de botanas, y antes de retirarse me dijo “Puede pedir lo que usted quiera, todo corre a cuenta del cantante”.

Recuerdo que Andrés destapó el cuadro y se enfrascaron en una larga y pausada plática; en ciertos momentos se alcanzaba a escuchar la exposición, detallando los motivos de su inspiración. Cualquiera que pasara en ese momento hubiera podido notar que, efectivamente, los ligaba una estrecha amistad.

Cuando nos despedimos de José José, me sorprendió su resistencia a la bebida, y pensé que en las horas que lo separaban de su presentación no detendría su febril compulsión por seguir bebiendo. Noté que ya comenzaba a enronquecérsele la voz, pero no parecía pensar más que “vivir el momento”.

Un poco más de tres décadas han pasado, y me sorprende que su muerte haya provocado evocar un recuerdo olvidado de mi juventud, cuando se cruzaron tres existencias marginales… y no pude evitar pensar que hoy sólo queda mi recuerdo.

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