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Virginia Woolf: danzar sobre ladrillos ardientes

· julio 31, 2020

Antonio Bello Quiroz

 

Y yo sé que tengo que continuar danzando así sobre los ladrillos ardientes hasta mi muerte.

Virginia Woolf

 

El 28 de marzo de 1941 una mujer de 59 años decide adentrarse en las frías aguas del río Ouse. Cumplía así con un pacto suicida hecho con su esposo ante la invasión del nazismo. En el trayecto desde su finca-refugio había cargado su abrigo con piedras. No volvió a salir.

Mujer dotada de una sensibilidad extraordinaria que la mantuvo siempre al borde de la locura, al terminar su obra prínceps Las Olas, escribe: “…habiéndome deslizado durante las diez últimas páginas con momentos de tal intensidad e intoxicación que tenía la impresión de avanzar a trompicones siguiendo mi propia voz, o casi la voz de un orador (igual que cuando estaba loca), lo que casi me dio miedo, y recordaba las voces que volaban junto a mí. De todas maneras, ya está hecho”.

Se trata de la misma mujer que el 10 de agosto 1912 contrajo matrimonio con el ensayista Leonard Woolf, acto que la escritora consideraba la mejor decisión que haya tomado en su vida. Con su esposo fundarán en 1917 la editorial The Hogarth Press, casa donde se publicaron, entre otras, la primera traducción al inglés de las entonces llamadas Obras completas de Sigmund Freud; además editaron a escritores de la talla de Robert Graves, lo mismo que a los rusos Máximo Gorki, Antón Chéjov o León Tolstoi, y dándose el lujo de rechazar a escritores que devendrán talla inmensa como Jean-Paul Sartre o James Joyce.

Nacida en 1882, su infancia había sido la de una niña de burguesía media que se rebeló a ser el ángel de la casa, función que tenía señalada como destino, sustituyendo así a su madre Julia. Se empeñó en ser escritora, pese a que nunca fue a la escuela, aunque a cambio tuvo a su alcance la muy rica biblioteca de su padre. Y desde el momento en que tomó la pluma, como ala de salvación de una sociedad opresiva, un “fantasma” de prohibición que empezó a hablarle en su mente: “Querida, eres una mujer joven […] sé comprensiva, sé tierna, adula, engaña, utiliza todas las artes y astucias de nuestro sexo. Jamás permitas que nadie sospeche que tienes pensamiento propio.” Así le hablaba esta voz en su mente; es la voz de la moral victoriana que imperaba en su entorno. Ella provenía de una familia conservadora, fiel representante de una sociedad puritana e hipócrita, una familia de victorianos ilustres. Para ser escritora tuvo que asesinar a este “ángel de la casa”, y así hacerse de su propio pensamiento, hacerse libre en su espíritu.

Virginia Woolf es la mujer cuya escritura abre una enorme brecha en una sociedad europea que se sostiene en un orden patriarcal que impone silencio e ignorancia sexual y hace difícil y acartonada la convivencia entre hombres y mujeres ―aún se escuchan los ecos de ese orden patriarcal en el discurso heteronormativo, con consecuencias cada vez más violentas y destructivas.

Su escritura le abre una herida a la sociedad burguesa y represiva de inicios del siglo XX que generaba mujeres cuyo sufrimiento psíquico y sexual quedaba atrapado en un cuerpo obligado a callar. Es lo que Freud, su contemporáneo, supo escuchar y le llevó a inventar el dispositivo clínico llamado psicoanálisis. Opresión social y familiar que Virginia Woolf busca contrarrestar haciéndose de Un cuarto propio donde “poder tocar música, leer, meditar, desafiar al mundo”. Ella sabe que un universo propio es requisito para la libertad de escribir, más aún en su condición de mujer; la libertad intelectual, sin embargo, “depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual”. Para ella, según escribe en Un cuarto propio, la libertad material se ganó con una herencia de 500 libras anuales y la libertad intelectual con un cuarto propio. Pero no se queda sólo en transformar su entorno íntimo para darle cabida a su deseo de ser escritora; también era activista y crítica del sistema social. Junto con su esposo Leonard, se reunían en el barrio londinense de Bloomsbury con algunos miembros de la élite de la literatura, las ciencias y el arte, también de la economía. Entre ellos se encontraba ni más ni menos que James Strachey quien sería el traductor de la obra completa de Sigmund Freud. Se reunían y no sólo era una tertulia bohemia y literaria burguesa más, se discutía sobre las condiciones sociales y políticas y se efectuaba una toma de posición política y social totalmente de avanzada. Eran los primero años del siglo XX y ya marcaban tendencia en la lucha feminista. Élisabeth Roudinesco, en su Freud en su tiempo y en el nuestro, escribe: “Animados de una voluntad feroz de desterrar el espíritu victoriano y poner fin a las guerras imperiales, los miembros de esa élite habían rechazado por objeción de conciencia toda participación en la gran carnicería de las trincheras y proclamaban su deseo de transformar las costumbres de la sociedad británica, instaurar la igualdad entre hombres y mujeres, combatir el imperialismo y moderar los ardores mercantiles del capitalismo”. Sin duda, tendremos que contar a Virginia Woolf entre las más importantes pioneras del feminismo.

En 1914 se desató la Primera Guerra Mundial. Un año antes, en marzo de 1913, Virginia Woolf escribe su novela Fin de viaje. Como si en lo real se cumpliera ese fin de viaje, le viene una crisis melancólica. No es la primera, ha tenido ya otras crisis depresivas e internaciones a lo largo de su vida.

Hija de padres que contrajeron segundas nupcias (lo que no era usual en la época), con hijos de ambos lados, lo que hizo que la casa de infancia de Virginia estuviera siempre llena de niños, al grado de no poder recordar un momento a solas con su madre. Su madre Julia, quien era “el ángel del hogar” original, falleció cuando la futura escritora tenía sólo 13 años, lo que fue un golpe muy duro para ella, según escribe su biógrafo Quentin Bell (quien además era su sobrino). La escritora decía que la muerte de su madre “fue el peor desastre que podía ocurrir”. La muerte de su madre generó en ella una fuerte unión con el padre, quien también escribió varias novelas. Casi diez años después, en febrero de 1904, ocurre la muerte de su padre por el cáncer y ella vuelve a sufrir un fuerte estado melancólico que desencadenó un intento de suicidio, arrojándose por la ventana. La muerte no dejó de estar presente en su vida: ya antes, en 1897, había muerto su hermana Estela, quien fue como su madre, y junto con esta muerte vino el mandato materno de no volver a mencionar su nombre. A la crítica situación familiar hay que agregarle la vivencia de uno o varios abusos sexuales, lo mismo que sus demás hermanas, por parte de su medio hermano George Duckworth, el hijo mayor de Julia su madre.

Más allá de la inútil discusión sobre la intencionalidad, lo cierto es que se trata del primer acercamiento al suicidio, un más allá de la idea. Tampoco podemos echar a un lado el hecho que se presentó en la vida de Virginia con la muerte de su padre: empezó escuchando voces (oía que los pájaros cantaban en griego) y se terminó tirando por la ventana, sin mayores consecuencias. Con la muerte del padre, su función se pone a prueba y en riesgo mayúsculo, por un momento la falta falta y la angustia es la señal, como dice el psicoanalista Jacques Lacan. El intento de suicidio bien puede ser leído como un acting out como respuesta ante la angustia.

 

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