Antonio Bello Quiroz
hundirse al peso de la piedra / Virginia / ahogada del leteo. Valeria Guzmán
El 28 de marzo de 1941 una mujer decide adentrarse en las frías aguas del río Ouse. En el trayecto desde su finca-refugio había cargado su abrigo con piedras. No volvió a salir.
Se trata de la misma mujer que en 1912 contrajo matrimonio con el ensayista Leonard Woolf, y con quien en 1917 fundara la editorial The Hogarth Press que publicó, entre otras, las obras de Sigmund Freud y Robert Graves, lo mismo que a los rusos Máximo Gorki, Antón Chéjov o León Tolstoi, además de rechazar a Jean-Paul Sartre o James Joyce.
Nacida en 1882, su infancia había sido la de una niña burguesa que se rebeló a ser el ángel de la casa, función que tenía señalada como destino. Se empeñó en ser escritora y desde el momento en que tomó la pluma, como ala de salvación de una sociedad opresiva, un “fantasma” empezó a hablarle en su mente: “Querida, eres una mujer joven […] sé comprensiva, sé tierna, adula, engaña, utiliza todas las artes y astucias de nuestro sexo. Jamás permitas que nadie sospeche que tienes pensamiento propio.” Así le hablaba esta voz en su mente; es la voz de la moral victoriana que imperaba en su entorno. Para ser escritora tuvo que asesinar a este “ángel de la casa” y así hacerse de su propio pensamiento, hacerse libre en su espíritu.
Virginia Woolf es la mujer cuya escritura abre una brecha en una sociedad europea que se sostiene en un orden patriarcal que impone silencio e ignorancia sexual y hace difícil y acartonada la convivencia entre hombres y mujeres. Opresión que Virginia busca contrarrestar haciéndose de Un cuarto propio donde “poder tocar música, leer, meditar, desafiar al mundo”. Ella sabe que es requisito la libertad para escribir, más aún en su condición de mujer; la libertad intelectual, sin embargo, “depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual”. Para ella, según escribe en Un cuarto propio, la libertad material se ganó con una herencia de 500 libras anuales y la libertad intelectual con un cuarto propio.
En 1915 Virginia Woolf escribe su novela Fin de viaje y es también el año en que vive su gran crisis melancólica. Hija de padres que contrajeron segundas nupcias (lo que no era usual en la época), con hijos de ambos lados, lo que hizo que la casa de infancia de Virginia estuviera siempre llena de niños, al grado de no poder recordar un momento a solas con su madre. Su madre falleció cuando la futura escritora tenía sólo 13 años, lo que fue un muy duro golpe para ella y generó una fuerte unión con el padre, quien también escribió varias novelas. La muerte de su padre en 1904 marca el inicio de sus desatamientos depresivos. La muerte no dejó de estar presente en su vida: ya antes, en 1897, había muerto su hermana Stella, quien fue como su madre, y junto con esta muerte vino el mandato materno de no volver a mencionar su nombre.
El primer acercamiento al suicidio se presentó en la vida de Virginia con la muerte de su padre: empezó a escuchar voces y se terminó tirando por la ventana, sin mayores consecuencias. En total tuvo cinco intentos de suicidio y varias crisis melancólicas, auténticas olas de tristeza y sentimientos de fracaso que le envolvían y hacían que colapsara su psiquismo.
El siguiente decaimiento anímico ocurrió después de casarse con Leonard, quien, siendo médico, llevaba un minucioso diario de la enfermedad de su esposa. De esta manera podemos saber que en sus momentos de manía Virginia hablaba casi sin parar por dos o tres días, en una mezcla de palabras disociadas; se hacía preguntas y se contestaba a sí misma; incluso hablaba con su madre ya muerta. El insomnio era persistente y su carácter permanentemente irritable.
En otros momentos se sentía inmensamente culpable de su estado: lo veía como un merecido castigo; se negaba a comer y no podía escribir y más se menospreciaba, sobre todo cuando se comparaba con su hermana Vanessa. Sentía vergüenza de su cuerpo; no soportaba verse desnuda ante el espejo. Este afecto surgió después de la muerte de su madre, en que ella y su hermana sufrieron abusos sexuales por parte de sus hermanastros Gerald y George.
La tormentosa vida de Virginia ocurría cuando el psicoanálisis, de la mano de su inventor, Sigmund Freud, indagaba las entrañas inconscientes de lo psíquico. El maestro vienés escribía Duelo y melancolía, y los Woolf no lo ignoraban.
Virginia Woolf y Sigmund Freud son contemporáneos, padecen las mismas atrocidades de la guerra y de la moral victoriana. El psicoanalista y la escritora se encuentran y hablan de Hitler, quien era para Virginia la encarnación misma de las tendencias negativas del inconsciente. La invasión nazi que le amenazaba en el exterior histórico se convirtió de alguna manera en la realización de la invasión que ella experimentaba en su interior.
La escritura de Woolf es un intento, muchas veces desesperado, por apalabrar eso indecible, la Cosa diríamos desde el psicoanálisis, que le habita y le habla. La escritura opera como tabla de salvación que siempre tiene que estarse rehaciendo, explorando géneros, experimentando con las formas literarias en su diario por 15 años. La escritura como una forma de evadir la constante sensación de estarse volviendo loca, como lo escribe a su esposo poco antes del suicidio: “Querido: Estoy segura de que estoy enloqueciendo otra vez. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. No podré recuperarme esta vez. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme…”
Pero ya nos hablaba de estos vanos intentos por contener lo real que pulsaba en ella. Lo intentaba con el único recurso que se construyó: su palabra íntima. Escribía en su Diario en febrero de 1937: “Me siento como el hombre que debía continuar danzando sobre ladrillos ardientes. No puedo permitirme detenerme.” E insiste en marzo del mismo año: “Y yo sé que tengo que continuar danzando así sobre los ladrillos ardientes hasta mi muerte.”
La escritura es utilizada por Woolf para parir los desasosiegos que le invaden día y noche. El fantasma de su madre que le obsesiona, las voces que escucha y le hablan de su padre son una forma de matar lo real. Así lo intenta durante toda su vida; no lo consigue. Lacan lo decía: no se mata lo real con el lenguaje.
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Este texto forma parte del libro en preparación Suicidio, escritura y psicoanálisis.








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