Antonio Bello Quiroz
Para nadie es un secreto la creciente inseguridad que se vive en México. En todo el país y en Puebla, donde esto escribo, se suceden homicidios, asaltos, violaciones, feminicidios (o femicidios), en fin, una creciente violencia generalizada. Propiciada ésta por el crimen organizado, la delincuencia organizada (que con frecuencia se encuentra vinculada o es lo mismo que la llamada clase política) o la delincuencia común. Muchos son los factores que inciden en sus causas: económicos, políticos, sociales e incluso ideológicos, entre otros. Las respuestas gubernamentales son pocas, e incluso sus acciones se colocan permanentemente bajo sospecha de complicidad, sabiendo que una de las primeras obligaciones del Estado es garantizar la seguridad de la sociedad. El resultado es una creciente frustración y hartazgo de la población, lo que se ve reflejado, entre otros efectos, en un incremento de la violencia.
Entre los efectos más desconcertantes de la creciente violencia se encuentra el fenómeno del linchamiento o, como eufemísticamente se ha dado en llamar, “la justicia por propia mano”. Sabemos que el origen de la palabra linchamiento proviene del apellido de Charles Lynch, juez de Virginia en Estados Unidos, quien vivió durante el siglo XVIII. Este personaje en 1780 ejecutó a una banda de delincuentes sin darles un juicio legal. Se conocía entonces como Lynch Law o la “ley de Lynch”, de ahí linchar y linchamiento.
“Habitantes agreden a presunto delincuente en Puebla; muere en el hospital” (El Universal, Puebla, 11/11/2018); “Linchan a funcionario electoral en Puebla; habitantes lo acusan de robo” (El Universal, Puebla, 12/04/2018); “Linchan a presunto ladrón en Atoyatempan, Puebla. El sujeto fue golpeado y amarrado a un poste de concreto por los pobladores, acusado de intentar delinquir; fue bañado con gasolina y quemado vivo” (El Universal, Puebla, 24/04/2018). Como estos encabezados y notas periodísticas, en Puebla son 24 más linchamientos en lo que va del año. La simple sospecha es suficiente para que el pueblo, desde su hartazgo y con entusiasmo “den una lección” al presunto delincuente. En el estado la “tradición” del linchamiento es vieja. En los tiempos modernos una población, San Miguel Canoa, se hizo emblemática al respecto después de linchar a cuatro estudiantes el 14 de septiembre de 1968 al confundirlos con promotores del comunismo.
El linchamiento es sin duda un fenómeno de difícil lectura. La sociología, la antropología, los estudiosos de las políticas públicas y otras disciplinas sociales tendrían que ser convocados para atender esta realidad. Sin embargo, aquí yo no puedo sino ensayar alguna aproximación utilizando las herramientas conceptuales que el psicoanálisis nos proporciona.
Del linchamiento podríamos en principio decir que se trata de una acción radical que “la población” toma contra uno o algunos de sus miembros (los diferentes, los extraños, los portadores del mal) que por sus actos propicien la simple idea de que les han causado o le pueden causar un agravio a la población (los nuestros, lo propio). “Llegaron los asesinos y ladrones”, fue el grito que los estudiantes y trabajadores universitarios escucharon en Canoa antes de empezar el linchamiento.
El primer vínculo que quisiera aquí establecer es bajo la idea de que con el linchamiento se produce una catarsis. Para la Real Academia Española la palabra catarsis está definida bajo cuatro acepciones: “1. f. Entre los antiguos griegos, purificación ritual de personas o cosas afectadas de alguna impureza. 2. f. Efecto purificador y liberador que causa la tragedia en los espectadores suscitando la compasión, el horror y otras emociones. 3. f. Purificación, liberación o transformación interior suscitadas por una experiencia vital profunda. 4. F. Biol. Expulsión espontánea o provocada de sustancias nocivas del organismo.”
Sigmund Freud y Joseph Breuer durante 1893-1895, en los inicios de lo que sería el psicoanálisis, realizan sus Estudios sobre la histeria y ahí retoman el término catarsis para nombrar el método catártico que consiste esencialmente en revivir energéticamente una situación traumática, ya sea utilizando la hipnosis o la sugestión, lo que se conoce como abreacción (definida como la aparición en el campo de la conciencia de un afecto hasta entonces reprimido) que liberaría el “afecto” olvidado y éste restituiría la normalidad al sujeto. Si bien es cierto que se trata de un método pionero del psicoanálisis, sin embargo fue abandonado bajo la constatación de que después de la purificación que trae toda revivificación de lo traumático no se consigue un alivio mayor, es decir, no se logra eliminar la nocividad.
Jacques Lacan en el Seminario 7, La ética del psicoanálisis, coloca a la tragedia en el centro de la experiencia del psicoanálisis ligada a la palabra pivote de catarsis. El abordaje que el psicoanalista hace de la catarsis es muy interesante en tanto que la vincula con la palabra purgación, siguiendo a Aristóteles. Para el filósofo griego la catarsis, la purgación, es un elemento necesario de la tragedia. Este término, que puede tomarse, sobre todo en el ámbito médico, como la eliminación de los humores corruptos, con Hipócrates está vinculado con la eliminación o descarga de lo corrupto del organismo y esto permita un retorno a lo normal.
Si la catarsis se encuentra ligada a la abreacción y ésta a su vez al término más freudiano de descarga, podemos decir que con el linchamiento se produce una catarsis donde se descarga ¿qué? Una emoción, dice Lacan, un afecto ligado a un traumatismo. Con la descarga se alcanzaría cierto grado de purificación, por eso se práctica como un ritual. Así ocurre con el linchamiento: hay una ceremonia o ritual de purificación donde participan los pobladores pero también, y en primer término, la voz anónima de la población (como ocurre con el coro en la tragedia griega) que incita, que mueve las emociones y produce entusiasmo. Este entusiasmo lo produce lo más inquietante, lo que conmueve, lo que pone fuera de sí, y de esa manera, en esos estados extremos de excitación algo de lo nocivo (enojo, desesperación, hartazgo, etc.) se libera y produce alivio.
Si atendemos a la “ganancia” que se obtiene tras un linchamiento, quizá lo que lo propicia, desde luego sin saberlo, y dicho esto en una primera y apresurada lectura, es alcanzar algo del apaciguamiento que les ha sido arrancado. Tal vez, como enseña Lacan, se alcanza después de una crisis de entusiasmo tras un éxtasis de música, por ejemplo.








No Comments