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Violencia en la pareja, un tango a dos

· mayo 26, 2017

 

Antonio Bello Quiroz

 

Y, amor mío, nos dimos en la madre.

Como éramos dos en vez de uno,

hicimos más esfuerzo. Beatriz Espejo

 

III

Como mencioné en la entrega anterior, Freud nos permite reconocer, en El malestar en la cultura, tres fuentes de sufrimiento para el ser humano: los eventos del exterior, la relación con el cuerpo y el vínculo con el otro en sociedad. Se propone, entonces, analizar la tercera de las fuentes, el vínculo con el otro en sociedad, bajo la idea de que se trata de la causa de sufrimiento que ofrecería mayor posibilidad de intervención. Sin embargo, pronto se percata de su error y reconoce que la hostilidad entre los seres humanos es tan intensa como lo indomable de los eventos del exterior, y tan enigmática y desconcertante como la relación con el cuerpo. Nadie sabe lo que puede un cuerpo, decía Spinoza.

De entre los vínculos que se sostienen con los otros en sociedad, aquí destacamos la relación con la pareja amorosa. En la pareja la relación se vuelve más tensa dada la necesaria cercanía entre sus miembros y también, en muchos casos, la dificultad de permanecer separados.

Estas dificultades con el otro en la vida amorosa podríamos ilustrarlas con el ejemplo que nos regala Shopenhauer de los puercoespines: estos seres, en invierno, por el frío, buscando calor se acercaban tanto unos a otros que las espinas terminaban por hacerles daño y debieron separarse. Esto se repetía cada vez que lo intentaron hasta que encontraron la distancia justa (proxemia, se llama) para poder darse “algo” de calor mutuamente.

Freud acuña el término “Narcisismo de las pequeñas diferencias” para ilustrar la agresión que se juega con el semejante a partir de hacer valer las pequeñas diferencias. Nos muestra que, paradójicamente, es entre los semejantes, entre los más iguales, donde se vuelve más insoportable la convivencia, a grado tal que es necesario recurrir a la violencia para hacer valer las diferencias, preservar la identidad o la singularidad.

Este planteamiento explica por qué las guerras genocidas o civiles se cuentan entre las más cruentas.

Por vía de la identificación, los seres humanos hacemos conglomerados a partir de asumir rasgos de identidad que eventualmente se convierten en toma de posición narcisista, esto en sí mismo se constituye como fuente de los fenómenos de violencia, mismos que van desde la agresión y aniquilación física, pasando por la segregación, exclusión y desprecio, hasta las maneras más sutiles, como ocurre con la humillación o la denigración.

En El malestar en la cultura, escrito en 1930, es decir, diez años después de Más allá del principio del placer, Freud ya se permite hablar con todas sus letras de una pulsión destructiva que es motor de la vida anímica y desde luego de las relaciones con el otro en sociedad.

IV

Las estadísticas nos ponen en aviso sobre el momento crítico que vivimos como sociedad en cuanto a la violencia en la pareja. En México y en el mundo. Un momento muy interesante, pues es cuando más recursos se invierten en la investigación, atención y prevención de este flagelo, y al mismo tiempo, de manera paradójica, cuando más incidencia se presenta.

Evidentemente algo no anda en la relación entre los sexos. ¿Qué ocurre?

Si bien es cierto que se trata de un problema multifactorial, que ha existido desde siempre, en la actualidad los vínculos amorosos se establecen, sostienen y se liquidan de maneras inéditas.

A partir de la segunda mitad del siglo XX las formas y fondos en que se establecen las relaciones sociales, y en particular las amorosas, han cambiado sustancialmente a una velocidad vertiginosa.

Tres son los cambios que se han experimentado al nivel de la organización social y que han traído como consecuencia (una de ellas) que la violencia en la vida amorosa se haga síntoma, es decir, incomode.

Como ya dijimos, la violencia en la vida amorosa ha existido siempre, pero sólo a finales del siglo pasado y lo que va de este se presenta como algo que incomoda, que hace hablar, algo que se convierte en queja.

El primero de estos fenómenos es la llegada del amor en la pareja.

Durante muchos años las familias estaban organizadas con fines completamente claros y convenidos. Por ejemplo, en la Grecia clásica la vida en pareja heterosexual tiene como función esencial la reproducción y, además, asegurar la inscripción de la nueva generación en el linaje parental.

El amor y la pasión no estaban en el contrato de la pareja. Cumpliendo con estas funciones, los vínculos eran de por vida. No hay amor en la pareja heterosexual, no había conflicto, o mejor aún, todo conflicto en la pareja se presentaba como menor con respecto a la teleología o finalidad de las funciones de la pareja.

El amor y la pasión, en cambio, se jugaban entre un hombre y otro hombre más joven.

El segundo de estos fenómenos fue la llegada de pleno de la mujer al ámbito de lo público. La mujer entra al ámbito de lo público primero por la puerta de lo laboral. La fábrica (dada la demanda de mano de obra) incorpora a las mujeres a la vida pública y desde entonces han venido conquistando y ocupando lugares que antes les estaban vedados.

El espacio público sufre una fuerte y notable transformación con la llegada de la mujer. El mundo había estado dominado por un solo discurso y ahora enfrenta el muy fuerte reto de funcionar con dos discursos.

La aparición de la mujer viene acompañada por la paulatina pérdida de autoridad del padre: la declinación del padre, como se dice en psicoanálisis. Una declinación que no podría ser ausencia absoluta porque sería apocalíptica. Éste es el tercer fenómeno.

El padre, presentado como figura de orden y autoridad en la antigüedad, pasó de tener todo el poder, en la figura del Emperador o el Faraón, por ejemplo, a verse cada vez más limitado por: a) en el Rey que tiene que reconocer y limitar su poder ante Dios; b) el rey que se ve limitado por la República; c) el Estado, que se ve limitado por la pedagogía, la medicina, la psicología y la psiquiatría. Y un último movimiento, por otra línea, desde la revolución industrial y hasta la llamada revolución tecnológica o cibernética, el padre de familia que ejercía poder casi absoluto en casa, debe irse a trabajar lejos de su vivienda (y de su país ahora) y nos regala la figura del padre ausente, padre migrante. Así, la versión más contemporánea del padre es la del padre humillado, ese que ya no tiene el papel relevante en la organización de lo social, un padre (un hombre) carente de poder. Un padre sin autoridad, y de esta manera podemos ver con mucha frecuencia que, ante la falta de autoridad, sólo queda el recurso del autoritarismo.

Ustedes, lectores, pueden palpar lo que digo si hacen un mapeo mental de las diez familias más cercanas a su contexto. Por lo menos siete están comandadas por una mujer.

Los hombres en un tiempo vertiginoso perdieron su poder, sus privilegios, sus prerrogativas en el comando de la vida familiar y social.

En algunos sujetos, en quienes no hay cabida para la diferencia, no operan los mecanismos del diálogo, por lo que no hay nada con qué contener el embate de lo femenino, por lo que el último recurso que les queda es la fuerza, la violencia como respuesta al daño narcisista que implica perder los privilegios. Para estos sujetos, la ley no opera en su dimensión dialéctica, significante (simbólica), sino que lo hace desde su lado oscuro.

Ambos fenómenos, la emergencia de la mujer como un discurso distinto al masculino, con otra forma de goce, y el proceso de declinación del padre (del hombre), han puesto de manera singular las relaciones entre hombres y mujeres.

Estos tres fenómenos pueden emerger sólo a partir de un movimiento radical en las formas en que se establecen las relaciones entre los sexos. Este movimiento no puede ser referido sino al uso de la sexualidad en la vida en la pareja.

Se trata nada más y nada menos de la masiva posibilidad de separar la sexualidad y la reproducción.

La mujer estuvo durante siglos atada a su condición singular de reproducción. Correlación artificial que se ha presentado como algo natural, una identificación innata, cuando no tiene nada de natural. Este artificio de ligar de manera natural a la mujer con la reproducción y, en consecuencia, con la maternidad, ha sido utilizado como la forma de control predominante.

A mediados del siglo pasado la ciencia inventó algo que posibilitó separar de manera masiva la vida sexual de la reproducción. Píldora anticonceptiva se llamó a ese invento. Con ello, la sexualidad de la mujer literalmente se desató de la reproducción. Y todo cambió. La mujer ya estaba en el mundo, en el mundo laboral, recordemos, y ahora lo hace con toda su potencia sexual, con toda su forma suplementaria de goce. El mundo ordenado por un solo discurso sexual, ahora tiene que aprender a rodar con dos discursos sexuales.

Esa potencia desborda, muestra la existencia de ese otro goce sexual y existencial, más allá de lo que el mundo está en condición de aceptar.

¿Qué ha cambiado con la llegada del discurso femenino? (Pero, cuidado: en ningún momento esto puede leerse desde la miopía de los muy inocentes discursos de género, hablo de la mujer como discurso que no hace sentido.)

Podemos decir que la llegada de las mujeres (de una en una) se encuentra en el núcleo dinámico de tres síntomas de la vida amorosa contemporánea: la infidelidad, los celos y la violencia. No estoy diciendo que antes no existieran, bien podría decir lo contrario: desde que hay pareja estos tres elementos están presentes, sólo que hasta hace muy poco tenían su lugar en los vínculos sociales, simplemente existían y no había queja. Existían, pero en un solo sentido. Resultaba impensable que la mujer en la pareja pudiera quejarse de celos, infidelidades o maltratos, simplemente impensable. Hoy, existen, pero incomodan y su queja se hace escuchar.

En nuestros tiempos, hacer que la vida amorosa sea sustentable implica hacer camino asumiendo la diferencia, sumando a partir del reconocimiento; más radical aún, implica reconocer que el otro es otro y hacer valer esa máxima que dice que para bailar un tango hacen falta dos.

 

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