Antonio Bello Quiroz
Para mi querido amigo Marcel Arvea Damián
I
En 1930 Sigmund Freud da a conocer un trabajo que ha sido considerado como la reflexión más aguda y penetrante que se haya escrito sobre la condición humana. Este trabajo se conoce como El malestar en la cultura. Después de 87 años nos costaría trabajo encontrar un lectura más incluyente y relevante.
Revisar el análisis que Freud hace de la condición humana es completamente vigente, incluso más que nunca. Entre las riquísimas aristas del texto, nos habla de tres fuentes donde residen las tragedias de la condición humana, fuentes ineludibles del sufrimiento humano.
En primer término, Freud coloca a las fuerzas de la naturaleza, siempre hostiles e impredecibles. Ante esto, como sostén de la cultura, los seres humanos han realizado un sinnúmero de construcciones para poder mitigar la amenaza de estar expuesto a estas fuerzas indomeñables de la naturaleza. ¡Nada es suficiente! Lo mismo la ropa hecha con pieles de animales, que los instrumentos digitales de última generación (como los detectores de sismos y esas cosas), son formas de protección ante estas fuerzas indomables. Pese a tanto, es palpable que la amenaza no se ve remitida.
La segunda fuente de sufrimiento es la propia constitución del cuerpo. El cuerpo, nuestro cuerpo, es ese Otro gran desconocido: es nuestro y de él no sabemos casi nada. Freud le ha llamado Ominoso a lo que de alguna manera conjunta lo más propio y lo más desconocido: el cuerpo cumple con el criterio. No sabemos lo que puede un cuerpo, menciona Spinoza. Freud, radical, nos dice que todo aquel que tenga un cuerpo tendrá que sufrir por ello. Tener un cuerpo es en sí mismo fuente de sufrimiento, por lo menos de desconocimiento. El cuerpo siempre se encuentra amenazado por la enfermedad y, en última o primera instancia, por la muerte. Independientemente del cuidado y tratamiento que se le proporcione, el cuerpo es fuente de sufrimiento. No hay nada que hacer al respecto, más aún, todo lo que se haga será insuficiente.
Este sufrimiento operará en dos dimensiones: en la dimensión biológica (enfermedades, dolores, etc.), y la dimensión imaginaria del cuerpo (interrogantes, desconocimientos, alucinaciones, etc.). Así, los seres humanos sufrimos y sufriremos, entonces, por nuestro cuerpo y por la imagen de nuestro cuerpo. Es inevitable. La felicidad no está en el plano de la creación, dice Freud.
Quizá un apunte nos permita entender el boom de la cirugía plástica: si la ciencia oferta como factible hacer un cuerpo a la medida (sin sufrimiento biológico o imaginario —drogas de diseño, mapa genético, células madre—), obviamente la demanda se incrementa. Sin tetas no hay paraíso se llama una novela y película que refleja con patética realidad lo que aquí se menciona. La medicina (la psicoterapéutica y su potencia analgésica) se propone como el paliativo que la sociedad, la cultura, ha instaurado para hacer menos dolorosa la relación con nuestro cuerpo.
Esta salida podría “funcionar” con el dolor del cuerpo: toda la ciencia médica es analgésica. Pero ¿qué hay del cuerpo imaginario, qué inventó la cultura para paliar sus sufrimientos? Inventó las drogas (se pueden jugar aquí todas las acepciones de la palabra: la religión como opio del pueblo o las deudas impagables, o la culpa), esas que por vía directa colocan en suspenso los sufrimientos que produce la imagen del cuerpo y sus relaciones sociales.
Quizá por ello sea que el mandato máximo de nuestro tiempo sea: ¡goza!, goza de todo aquello que te permita hacer(te) tolerable tu imagen.
La tercera fuente de sufrimiento, tercer núcleo de la tragedia de la condición humana, está constituida por la insatisfacción experimentada en la relación con los demás miembros de la sociedad. La tercera fuente de conflicto, dolor, sufrimiento y malestar (incomodidad) es la relación con los otros.
Freud se muestra un poco inocente en este punto. En El malestar en la cultura se propone analizar la tercera fuente de sufrimiento mencionada, la relación con los demás, bajo la romántica idea de que resultaría lo más factible de erradicar. Para él, y creo que también para nosotros, las fuerzas del exterior y los padecimientos del cuerpo parecen como inamovibles.
Freud pensaba que quizá, ante lo inevitable de las dos primeras formas (las indomables fuerzas de exterior y nuestro cuerpo), podamos encontrar alguna forma más viable para paliar la tercera fuente de sufrimiento. Freud incluso pensaba, (¡vaya romántico!) que el avance de la ciencia y la evolución de la Liga de las Naciones (ahora ONU) pudieran generar unas relaciones entre naciones, y en el ámbito de lo privado, más armónicas. Nada de eso ha ocurrido y, evidentemente, no ocurrirá.
No ocurrirá (pesimismo freudiano si quieren los de mente floja) dado que lo propio de la condición humana incluye, frente a las pulsiones de vida, la pulsión de destrucción que se expresa de muchas maneras: el sentimiento de culpabilidad que con frecuencia viene acompañando a los logros; el ansia de poder y de dominio que hoy podemos palpar día a día, noticia a noticia, golpe a golpe, en la política y la economía, en la tendencia irrefrenable de utilizar el cuerpo del semejante como objeto de goce, con independencia del sufrimiento que esto implique.
Hay muchas otras formas en que esta pulsión de destrucción se expresa, pero la que aquí nos interesa es una muy, muy sutil: el narcisismo de las pequeñas diferencias. Esas pequeñas diferencias que se juegan cada vez que el espacio intersubjetivo (e incluso en el espacio vital) se reduce, se hace real. Esas pequeñas diferencias que resultan intolerables.
II
Como sabemos, la vida en pareja ha tomado nuevas dimensiones, su base y fundamento se ha transformado radicalmente.
En las últimas décadas el núcleo fundante de los sujetos se ha movido a nuevas formas. El movimiento de complejidad que es la familia (no deja de ser el espacio constituyente —subjetivo, psíquico— de cada sujeto) es evidente: se pasó muy rápido (60 años) de la familia extendida a la familia nuclear. Los cambios en la familia son muchos y de muy diversas consecuencias.
La transformación más relevante a la que nos confrontamos es la masificación de la anticoncepción. Ocurrió entonces una liberación: la mujer se vio liberada de la atadura que sobre su sexualidad se había cernido desde siempre: la natalidad.
Desde entonces, así lo mostró Freud y nadie más que Freud, sexualidad y reproducción se han separado, y creo que aún no hemos dimensionado sus consecuencias.
Veamos una. El mundo había estado organizado siempre desde una sola mirada, la masculina. Ahora, con el cambio mencionado, que tiene dimensiones mayores que los cambios tecnológicos o cibernéticos, con la separación de la sexualidad y la reproducción, las relaciones humanas y sexuales se han modificado de la manera más radical y de la manera menos predecible.
Una muestra: mientras que las relaciones de pareja se establecieron por conveniencia, los vínculos afectivos se mantenían por muchos años.
Ahora, las parejas, ya prácticamente sin presión generacional de ningún tipo, se unen por amor, sólo por amor. Lo endeble de amor (amor líquido le llaman) se ha hecho patente en las relaciones de pareja.
Las mentes limitadas, por su condición económica, política o religiosa, dirán que es una cuestión de valores y que bastará con hacer campañas nefastas sobre el retorno a no sé qué valores para que la normalidad vuelva. Lamento decirles que no es así, dado que estamos en el tiempo en que se dedican más recursos a la prevención de la violencia contra la mujer, lo mismo que contra la violencia doméstica, psicológica y sexual. Y, al mismo tiempo, vivimos el tiempo en que con mayor frecuencia se presenta este síntoma social.
Quizá sea tiempo de atender a Freud, quien clama en la montaña, desde 1923, proponiendo que atendamos al narcisismo de las pequeñas diferencias. Quizá sea necesario sostener espacios donde se pueda escuchar la forma singular de éste.
Seguiré avanzando en la próxima entrega.








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