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Villaurrutia no es un clásico

· mayo 25, 2016

César Pérez González

 

Xavier Villaurrutia al hablar de Sor Juana Inés de la Cruz enumera aspectos que debía cumplir un autor clásico: obra suficientemente conocida, que fuera estudiada, se mantuviera actual y cercana al entorno propio. No es fortuito que el poeta se valiera de estas características para definirla presente y viva, “ejemplo de esa correspondencia perfecta entre el ser y su expresión íntima” (Obras. Poesía, teatro, prosas varias, crítica, 2004), las cuales evitan convertirse en efigie, inmóvil o perteneciente a nichos de piedra. Villaurrutia observa en Sor Juana cierto modelo que la plasma fiel e inteligente, armónica en sentido estricto.

Fruto de esta óptica, a medio siglo de la última revisión formal de sus Obras vale la pena cuestionar hasta qué punto Xavier Villaurrutia se ajusta en esa definición “sorjuanista”. Si en efecto es autor proclive a convivencias diarias, heredando temas o estilos que lo reafirmen vigente, de lo contrario aceptarlo como figura marmórea, condenado a referencias bibliográficas, ensayos e interpretaciones de todo tipo.

Es innegable que los versos de Villaurrutia han sido difundidos periódicamente desde su muerte. La primera vez de manera general en 1953 por Alí Chumacero, quien dio a conocerlos bajo el nombre de Obras, incluyendo guiones teatrales, siendo hasta 1966 cuando Miguel Capistrán y Luis Mario Schneider sumaron ensayos junto a prosas en edición renovada. Antes sólo era posible encontrarlos en originales o plaquettes que obsequió a gente cercana o bibliotecas de amigos, abonando a la desinformación sobre su paradero.

Fragmentos de su lírica son parte de recopilaciones. En menor o mayor grado hay que contemplar por difusión a Ocho siglos de poesía en lengua castellana, a cargo de Francisco Montes de Oca; Laurel, colaborando en ésta Octavio Paz y el contemporáneo Poesía en movimiento, de Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco, Homero Aridjis, y el Ómnibus de la poesía mexicana, de Gabriel Zaid. Anthony Stanton ha contribuido a desmitificar Nocturna rosa del papel atribuido por décadas a los editores de Obras, apegándose al facsímil de escasos once ejemplares impresos en 1937, sin dejar a un lado reproducciones de otros libros actualmente circulando.

Numerosos análisis han abordado las tres colecciones que agrupan de manera casi total la parte poética: Reflejos, Nostalgia de la muerte y Canto a la primavera y otros poemas. A pesar de tal división regularmente se omiten los versos iniciales, sea por desinterés o falta de criterio de quienes deciden tratarlo, considerando que en éstos surgen elementos perfeccionados en su trabajo de madurez, amor, soledad, lenguaje claro en expresiones cortas, etcétera.

Igual suerte enfrentan Reflejos y Canto a la primavera por contener tópicos lejanos a la muerte, así como demás símbolos clásicos de Nostalgia, ofreciendo una ciudad rica en cambios, iluminada, con nuevos sonidos, calles o aparatos que confunden movilidad con quietud; amor motivado por la ausencia, sentimentalismo impregnado de verdad como amante ansioso obligado a secretos. Es Villaurrutia diurno, descrito entre sombras, certero, inquieto, entregado a la perfección del soneto (décimas) que raya en obsesión.

Los primeros poemas son área importante de estudio pues incorporan su posición frente a vanguardias o cambios generacionales, del Ateneo al Modernismo para situarse en Contemporáneos. Producto de esta veta resaltan materiales que cimentan la nueva crítica sobre Xavier Villaurrutia, los cuales se basan en lecturas paralelas con investigación hemerográfica y rechazo a devociones ciegas por el autor: Los Contemporáneos en El Universal, con introducción de Vicente Quirarte, recientemente presentado en la Feria del Libro del Palacio de Minería, y Xavier Villaurrutia, la comedia de la admiración, de Víctor Manuel Mendiola.

También La poesía de Xavier Villaurrutia, de Eugene Lawrence Moretta; “Poesía encrucijada: a propósito de la poesía de Xavier Villaurrutia”, de Max Aub, o “La noche y la llama”, de Juan García Ponce. Aparte se debe mencionar Xavier Villaurrutia en persona y en obra, de Octavio Paz; Los Contemporáneos ayer, de Guillermo Sheridan, y Los Contemporáneos por sí mismos, de Miguel Capistrán, al enfocarse mayoritariamente en datos biográficos no descuidando versos y estilo. Si Moretta disecciona la obra subrayando influencias o evolución, Octavio Paz revisa su lugar en la literatura mexicana.

Con Sheridan y “La noche y la llama” sucede algo parecido, se complementan entre Reflejos y Nostalgia: el primero relata cómo fue apareciendo Villaurrutia en esferas culturales del momento, de la Escuela Nacional Preparatoria, sitio de reunión general, hasta El Universal Ilustrado junto con Salvador Novo, deteniéndose en Reflejos. García Ponce, a su vez, opta por Nostalgia como el libro definitivo gracias a imágenes refinadas, aunque repasa brevemente ciertas peculiaridades narrativas en Dama de corazones, conductoras de angustia e introspección.

A últimas décadas es prácticamente imposible localizar indicios de Xavier Villaurrutia. La muerte actual, por ejemplo, se construye mediante escenarios crudos, fuera de atmósferas carnales; inclusive, su deseo amoroso transitó a perfiles eróticos que no irradian distancias como las concibió o prohibiciones noctámbulas enlazadas a redes sensitivas. Jaime Sabines podría ser lo más cercano en cuanto referencia amorosa, pero es consecuente con Salvador Novo que hacia el mismo poeta o en otros casos a David Huerta.

Noche y ruidos también son descartados: esta oscuridad simbolizaba conflictos personales en lo amoroso no obstante existencial por la duda. Su poesía refleja miedo a la nada, por ello cada sonido es importante ya que así logra vincularse con lo real. Tampoco se niega una presencia en las letras al menos del siglo; sin embargo, todo código de adecuación se pierde buscando indicios, sólo la argentina Alejandra Pizarnik escapa de la fórmula.

Sobre estructuras métricas o sistemas de versificación no hay rastros puntuales. “Décima muerte” ilustra lo más alto de su perfección. Concebido en forma clásica lo proyecta como autor escolástico reafirmado años más tarde en sonetos de Canto a la primavera. Ello clarifica la idea del texto no terminado pues en Nostalgia asoma una entrega distinta a la final de 1946. Sólo tres referentes para dicho compromiso con la obra pueden subrayarse en Rubén Bonifaz Nuño, José Emilio Pacheco y Eduardo Lizalde; no obstante, es prematuro asegurar que tuvieron como modelo a Xavier Villaurrutia.

Su estilo no es atractivo para nuevos autores, suponiendo en desuso toda herencia que pudo representar. Muerte y deseo, pasando por estadios del sueño —vigilia, lucidez, etcétera—, no persuaden en la práctica. Leerlo no asegura continuar cierta escuela, como analizarlo en nada confirma la permanencia. Es entendible que a cincuenta años de la última revisión de sus Obras, sea lo más próximo a una estatua de sal, presente en antologías o reediciones sin establecer vigencia con lectores, los cuales son necesarios para expandir sus versos.

Apenas la crítica vuelve los ojos en él, proyectándolo a más canales de encuentro. Juzgarlo no significa copiar sus letras ciegamente sino utilizar el sentido común para situarlas en el lugar correcto, es decir, rescatarlas. Por ahora Xavier Villaurrutia no es autor clásico, siquiera un poeta “no vivo”; sí, conocido en niveles académicos o medios culturales que sirven para homenajes y anécdotas, pero el grueso de los versos espera ser exhumado en propuestas diferentes, enseñanza de Los Contemporáneos en El Universal.

Sobre Villaurrutia se habla más de lo que se conoce, interpretaciones basadas en los mismos ensayos lo caracterizan sólo material de antologías. Queda esperar otras ediciones de Obras para identificar qué tanto la semilla sirve para volverlo actual, debido a que es responsabilidad de quien lo aborde no manejar únicamente lo dicho, sino cuestionar palabras y visiones, de lo contrario su futuro apunta a ser víctima del juicio sobre Sor Juana.

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