José María Mico Juan
Sum peregrinus ubique: “En todas partes soy un peregrino.” Así se definió más de una vez Francesco Petrarca, cuyo padre, el notario ser Petracco di Parento, un güelfo bianco hostigado y condenado por los neri, había tenido que huir de Florencia a finales de 1302 y se estableció en Arezzo con su mujer, Eletta Canigiani. Allí, in exilio, como él mismo se ocupó de precisar, nació Francesco el lunes 20 de julio de 1304. Su infancia transcurrió en Incisa Valdarno y, tras un breve periodo en Pisa (donde quizá vio a Dante por única vez) y un accidentado viaje por Génova y Marsella, la familia se instaló en Aviñón, sede de la corte papal. Estudió sus primeras letras (gramática, dialéctica y retórica) en Carpentras, bajo la tutela de Convenevole da Prato, y en 1316 fue enviado por su padre a estudiar leyes a Montpellier, donde permanecería hasta 1320, interrumpido por alguna pesadumbre (su madre murió hacia 1318) y más dedicado al estudio de la literatura que al derecho. Con su hermano Gherardo, tres años menor, se trasladó después a Bolonia para continuar sus estudios, pero los abandonaría en 1326, en parte forzado por la muerte de su padre y en parte desengañado por la deshonestidad que advertía en los hombres de leyes.
De nuevo en Aviñón, la curiosidad y el destino le depararían varios hallazgos no menos trascendentales para su obra que para su vida: reunió algunos manuscritos importantísimos (Virgilio, San Agustín, San Isidoro, Tito Livio…) y, sobre todo, vio a Laura por vez primera el 6 de abril de 1327 en la iglesia de Santa Clara. Los primeros años de su amor por Laura fueron también los de la restauración y comentario de los libros Ab urbe condita, y en 1330 entró en religión (tomó las órdenes menores) y al servicio del cardenal Giovanni Colonna, lo que le permitió, por ejemplo, viajar a lo largo de 1333 por el norte de Europa (París, Gante, Lieja, Aquisgrán, Colonia, Lyon…). De aquellos años datan las primeras rimas en lengua vulgar, reunidas hacia 1336 pero no configuradas todavía como Canzoniere.
Dos logros de aquella época marcaron su vida, y el mismo Petrarca les asignaría un profundo valor simbólico: el ascenso al monte Ventoux en 1336 y el viaje a Roma en 1337, que representaban, cuando menos, su entrada en la madurez. De vuelta a Aviñón, se instaló en la casa que había comprado en Vaucluse y en los años siguientes (1338-1342) inició algunos de sus proyectos literarios más ambiciosos: el poema épico latino África, la primera colección De viris illustribus, quizá el núcleo primitivo de los Trionfi, una nueva compilación de las rimas… Por la excelencia de sus obras, y una vez examinado de arte poética por el rey Roberto d’Angiò en Nápoles, fue laureado en el Capitolio el 8 de abril de 1341. Vuelto a Vaucluse en marzo de 1342, obtuvo algunas sinecuras en la diócesis de Pisa e inició, sin perseverar, el estudio del griego con el monje Barlaam. El nacimiento de su segundo hijo natural (Francesca; el primero, Giovanni, había nacido en 1337), la entrada de su hermano Gherardo en el monasterio cartujo de Montrieux, la muerte de Roberto d’Angiò y las fracasadas misiones diplomáticas en Nápoles tiñeron el año de 1343 con una sombra de desilusión. Su incesante peregrinaje y los conflictos bélicos le llevaron a Parma (asediada por los Visconti), a Verona (allí descubrió varias cartas de Cicerón y proyectó su propia colección de epístolas) y de nuevo a Vaucluse, donde inició el De vita solitaria y el Bucolicum carmen, no acabados hasta diez años después, en 1356. En 1347 compuso el De otio religioso con ocasión de una visita a su hermano en Montrieux.
Todavía en 1347, ilusionado con la rebelión de Cola di Rienzo en Roma, abandonó el servicio de los Colonna y decidió volver a Italia. Se detuvo un tiempo en Génova, en Verona y en Parma, pero nuevas adversidades se le cruzaron en el camino: la derrota de Cola di Rienzo y, sobre todo, la extensión de la peste, que acabó con la vida de Laura en otro 6 de abril, el de 1348. Francesco se enteró dos meses después por la carta de un amigo y determinó dar a su obra una nueva dimensión: compuso seguramente los Psalmi penitentiales y concibió la muerte de su amada como eje de los Rerum vulgarium fragmenta, dispuestos desde entonces en dos secciones (en vida y en muerte de Laura). Fueron los años de la recopilación de epístolas latinas en prosa (Familiares) y en verso (Metrice) y del soneto-prólogo al Cancionero, escrito en 1350, poco tiempo antes de viajar a Roma con motivo del Jubileo y de conocer en Florencia a Giovanni Boccaccio, a quien daría pruebas de amistad en diversas ocasiones y lugares a lo largo de casi veinte años (en Milán en 1359, en Venecia en 1363 y en Padua en 1368).
En 1353, tras dos años en Vaucluse, volvió para siempre a Italia y se estableció en Milán, donde permaneció ocho años —viajes aparte—, vinculado a la corte de los Visconti. En los primeros meses de la época milanesa dio al Secretum su forma definitiva (hubo dos redacciones anteriores, de 1347 y 1349), y después el Canzoniere siguió creciendo hasta alcanzar nuevos estadios de elaboración (la “forma Correggio”, de hacia 1356-1358, y la “forma Chigi” de 1359-1363), mientras su autor se ocupaba también en el De remediis… La peste, que no cesaba, le obligó a trasladarse a Padua en junio de 1361, y un año después a Venecia, donde residió hasta 1368. Desde allí procuró favorecer el retorno del papa a Roma y, en respuesta a las violentas críticas de ciertos aristotélicos venecianos, compuso De sui ipsius et multorum ignorantia.
En la primavera de 1368 se estableció en Padua, hospedado por Francesco da Carrara, y retornó, para ampliarlo, el De viris illustribus al tiempo que su salud se iba deteriorando. En marzo de 1370, ya bastante enfermo, se instaló en Arquà en una casa que había mandado levantar un año atrás (muy pronto acudiría a cuidarle Francesca con su familia), y el 4 de abril, en previsión de un inminente viaje a Roma, dictó su testamento. En Ferrara le sobrevino un síncope y se quedó sin ver al papa en el Vaticano (porque al poco tiempo Urbano V sería expulsado de nuevo a Aviñón); volvió primero a Padua y después, definitivamente —a salvo de un nuevo viaje a Venecia—, a Arquà en mayo de 1373. En los que serán los últimos meses de su vida preparó nuevas revisiones de su Canzoniere (las formas “Malatesta” y “Queriniana”, poco anteriores a la “Vaticana”) y escribió, tradujo, amplió o retocó varias piezas de importancia, entre las que destaca, también simbólicamente, el Triumphus Eternitatis, compuesto y revisado con gran empeño en apenas un mes.
Francesco Petrarca murió en Arquà durante la noche del 18 al 19 de julio de 1374.
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Reproducido de Petrarca, La medida del hombre: Remedios contra la buena y la mala suerte, Península, Barcelona, 1999.









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