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Ensayo 0

Vida y conciencia del hombre

· junio 30, 2016

 

José Luis Totolhua Ramírez

 

La vida ha sido un ascenso desde ese enjambre de quarks y de leptones que jugueteaban en el plasma primigenio. La naturaleza encontró el camino para hacerse vida y expresar su grandeza, su complejidad y belleza y nos abraza y nos enseña.

La vida, como manifestación de la naturaleza, necesitó millones de años para desarrollar la conciencia de sí misma expresada en sus diferentes formas de existir y de vivir. Ensayo y error, tropiezos y fracasos ha superado la evolución para ir reuniendo, no sé si por casualidad, el conjunto de técnicas y algoritmos independientes o relacionados que hoy llamamos conciencia. ¡Cuántos millones de años de trabajo!, ¡cuánto dolor para parir la vida!

 

¿Dónde está la conciencia?

Gottfried Leibniz escribió: “si se pudiera inflar al cerebro hasta que éste adquiriese el tamaño de un molino y caminar por su interior, no encontraríamos la conciencia”. Si abrimos el cerebro encontramos un conjunto de minicerebros separados, cada uno diseñado para realizar tareas distintas. El cerebro animal y el humano son productos evolutivos. En palabras de Michio Kaku, el cerebro humano es el objeto más complejo que ha producido la madre naturaleza en esta zona de la galaxia.

El cerebro reptiliano, ubicado cerca de la base del cráneo, constituye la mayor parte del cerebro de los reptiles, controla funciones vitales primitivas como el equilibrio, la agresividad, el sentimiento de territorialidad, la búsqueda de alimento.

El cerebro del mono, representado por el sistema límbico, situado en el centro de nuestro cerebro, incluye a la amígdala, que participa en el procesamiento de las emociones. El sistema límbico está bien desarrollado en animales que viven en grupo, que cazan, ya que requieren la capacidad de comprender las reglas de la manada, pues el éxito de la vida salvaje depende de la cooperación de y con los demás, así que tienen que comunicar sus emociones a través del lenguaje corporal, gruñidos, gañidos y gestos.

La corteza cerebral, la capa frontal y más externa del cerebro es la parte que caracteriza al hombre, ya que gobierna al pensamiento racional; zonas específicas controlan funciones específicas del cuerpo.

El hombre está buscando saber cómo funciona el cerebro, al igual que sabe cómo funciona un motor, tuerca por tuerca, neurona por neurona, ayudado por la resonancia magnética, la optogenética, aplicando la ingeniería inversa, los súper ordenadores. Sin duda, algún día lo logrará.

 

¿Qué es la conciencia?

No hay un consenso universal en cuanto al significado de la palabra conciencia. Etimológicamente los diccionarios (de etimologías y de la Real Academia Española) concuerdan en que deriva de conscientia y ésta a su vez del verbo conscio, que significa saber, conocer. En el Diccionario de la Real Academia Española la palabra conciencia tiene las siguientes acepciones: “Propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta; Conocimiento interior del bien y del mal; Conocimiento exacto y reflexivo de las cosas.”

En el sentido moral, la conciencia es la capacidad de distinguir entre lo bueno y lo malo. También cuando se expresa que se ha tenido un conocimiento reflexivo de las cosas. En este escrito no se abordará este aspecto de la conciencia.

 

¿Cómo le damos valor a las cosas?

En la evolución nuestro cerebro ha ido ganando las técnicas, los algoritmos, los caminos para ir resolviendo los peligros del entorno y adquiriendo las capacidades cada vez más complejas que caracterizan a los animales y al hombre.

Nuestro cerebro no tiene programación ni soporte lógico, no fue creado de arriba-abajo, es decir, no recibió las reglas de la inteligencia como una aportación gratuita, como una máquina de Turing en la cual todo está programado desde el principio y consta de una entrada de datos, un procesador central que los analiza y una salida de resultados. No, nuestro cerebro es una especie de máquina de aprender, una colección de neuronas que se renuevan constantemente cada vez que aprenden una nueva tarea. Las redes neuronales siguen la regla de Hebb: siempre que se toma una decisión correcta, estas vías neuronales se ven reforzadas porque cambia la fuerza de ciertas conexiones eléctricas entre neuronas. Las redes neuronales se basan en el procedimiento de abajo-arriba, es decir, aprenden las reglas de la inteligencia como aprende un niño: tropezando con las cosas y aprendiendo a partir de la experiencia. La naturaleza ha seguido el dicho: “la letra con sangre entra”.

Cada una de nuestras emociones evolucionó durante millones de años para protegernos de los peligros y ayudar a reproducirnos. Las emociones nos dicen qué es bueno y qué es perjudicial, desempeñando un papel decisivo en nuestra evolución.

El neurólogo Antonio Damasio, de la Universidad del Sur de California, observó que los pacientes en los que por trauma o por enfermedad se interrumpe la comunicación entre la corteza cerebral y el centro emocional tienen dificultad para expresar sus emociones y no pueden elegir entre una cosa u otra. Uno de los fines principales de las emociones es proporcionarnos valores, de tal modo que podamos decidir qué es importante, qué es caro, bonito, etc. Sin emociones todo tiene el mismo valor y nos paralizamos dudando indefinidamente entre opciones. Las emociones son esenciales para la conciencia. Cuando se muestran las emociones se hacen juicios de valor. Son necesarias para que el animal socialice y domine las reglas de la manada.

La naturaleza tardó millones de años para desarrollar la conciencia. Y ¿qué es la consciencia?

Michio Kaku (1947), eminente físico teórico, uno de los creadores de la teoría de campos de cuerdas, formula la teoría según la cual la conciencia tiene al menos tres componentes: la capacidad de sentir y reconocer el entorno, la autoconciencia y la capacidad de planificar el futuro, estableciendo objetivos y estrategias.

La forma de sensibilidad más elevada sería la capacidad de reconocer y comprender los objetos del entorno. En una escala del 1 al 10, los seres humanos pueden valorar de inmediato su entorno y actuar en consecuencia, por lo que tienen el puntaje más alto. Es decir: los seres humanos hemos adquirido la capacidad de reconocer patrones y usar el sentido común. En fracciones de segundo reconocemos sillas, mesas, escritorios, personas, etc. Nuestros antepasados tenían sólo una fracción de segundo para determinar si un tigre acechaba tras los arbustos. Este reconocimiento inmediato ha sido importante para nuestra supervivencia y evolución.

En la vida diaria usamos el sentido común cuando hablamos, escuchamos y actuamos. Hemos aprendido “la verdad de afirmaciones o acciones obvias” a través de la experiencia y no porque hayan estado programadas.

El siguiente nivel más alto de conciencia es la autoconciencia, es decir, la conciencia de quiénes somos. Muchos animales frente a un espejo reaccionan inmediatamente de forma agresiva, llegando incluso a atacarlo. La imagen incita al animal a defender su territorio. Los monos, los elefantes, los delfines y algunas aves se dan cuenta rápidamente de que la imagen del espejo les representa a ellos mismos. Los seres humanos somos tan conscientes de nosotros mismos que en silencio o a gritos hablamos con nuestro yo.

El tercer componente de la conciencia es la capacidad de planificar el futuro, estableciendo objetivos y estrategias. Los animales no tienen un sentido bien desarrollado del pasado ni del futuro. Aparentemente el mañana no existe en el reino animal. En cambio, los seres humanos tenemos un sentido muy desarrollado del futuro y continuamente hacemos planes. La habilidad para predecir cómo evolucionarán las situaciones y formular estrategias concretas requiere una comprensión del sentido común y de las leyes de la naturaleza. Todo parece indicar que sólo los seres humanos tenemos esta capacidad. Planificar el futuro requiere sentido común, comprensión intuitiva de lo que es posible y estrategias concretas para objetivos específicos.

La conciencia es un proceso evolutivo que se puede evaluar. En palabras del Michio Kaku: “Un ramillete de técnicas y algoritmos independientes que la naturaleza ha ido encontrando durante millones de años.” Y yo agregaría: que nos definen como seres humanos, pero se nutren y apoyan en las capacidades vitales primitivas del cerebro reptiliano, en las emociones controladas en el sistema límbico y en las capacidades de la corteza cerebral que nos permiten desarrollar y utilizar el sentido común, la intuición, el reconocimiento de los patrones del entorno, la autoconciencia, la planeación del futuro, y aún otras capacidades, como la de darle sentido a nuestra vida, amar, adentrarse en los secretos de la materia y de la energía oscuras, desdoblarse, replicarse, entender cómo ha funcionado la naturaleza y querer imitarla y aun redirigirla. ¿Cuál será su respuesta?

 

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