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Viajes meteorológicos desde el Observatorio Jesuita de Puebla, 1877-1899

· marzo 10, 2017

 Ana María Huerta Jaramillo

Flora Elba Alarcón Pérez

 

 

… el Universo en su movimiento se asemeja a un perfecto equilibrio,

que interrumpido un instante, luego se restablece,

como sucede en una balanza en suspensión… Pedro Spina

 

El Colegio Jesuita de Puebla reinició sus actividades en 1870, en la época en que el P. Andrés Artola se encargaba de dirigir a la Provincia Mexicana, y fue Dionisio de Velasco, exalumno de la Universidad de Fordham, en Nueva York, quien le planteó la conveniencia de reabrirlo (Menderichaga, 2007: 233). El primero en colaborar en esta empresa fue el P. Francisco Cavalieri (italiano), quien se hospedó provisionalmente en casa del obispo Carlos María Colina, que se desempeñó en tal cargo del año 1863 al de 1879. El referido Colegio se abrió con el nombre de Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, con el objetivo de impartir enseñanza primaria para que, con el tiempo y el incremento del alumnado, se brindaran cursos clásicos de latín, retórica y filosofía. El profesorado lo integrarían miembros del clero regular, jesuitas mexicanos y seglares. El Colegio se ubicó inicialmente en la calle de la Sacristía de las Capuchinas, y posteriormente se llamó “Colegio Spina” en honor al sacerdote jesuita de origen italiano Pedro Spina.

Después de la muerte de Benito Juárez el panorama político-religioso en México se tornó difícil para la iglesia católica, y especialmente amenazante para la Compañía de Jesús. Sebastián Lerdo de Tejada sucedió a Juárez en la presidencia y se colocó del lado liberal más radical, mediante el decreto especial del mes de mayo de 1873, expulsando a los jesuitas extranjeros y a las hermanas de la caridad en diciembre de 1874, proclamando además la disolución de sus comunidades. Los jesuitas extranjeros salieron de la ciudad de Puebla hacia la periferia para impartir ejercicios espirituales y otros más se guarecieron en casas particulares.

Luego de sortear un conjunto de penurias económicas, el Colegio Católico sobrevivió ante la amenaza de su clausura. En el año de 1875 y bajo la rectoría del P. Armando Bissack se inauguraron en el Colegio las cátedras del segundo año de filosofía, de matemáticas y de física.

La organización del Observatorio Meteorológico del Colegio Católico quedó a cargo de Pedro Spina y de Enrique Cappelletti, quienes fueron dos jesuitas italianos adscritos a la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús. Ambos fueron profesores en el Colegio Católico de Puebla, pionero, como se ha visto, de los colegios restaurados en México a raíz de las Leyes de Reforma y de la llamada Ley Lerdo que obligaba a los integrantes de las congregaciones religiosas a abandonar el país, si no eran mexicanos de nacimiento. De acuerdo con la investigación de José Roberto Mendirichaga, Pedro Spina nació en Rimini, Italia, el 21 de octubre de 1839. En octubre de 1863 ingresó al noviciado de la Provincia Romana, donde fue ordenado como sacerdote; Mendirichiaga supone que Spina muy probablemente estuvo vinculado al Observatorio del Vaticano, y que allí recibió asesoría del padre Cappelletti. En 1872 Spina llegó a la Provincia de México y luego de diversas travesías en territorio mexicano dio clases en el Colegio Católico de Puebla, donde se desempeñó como prefecto de disciplina hasta 1883. Durante 1877 logró establecer en Puebla el primer Observatorio Meteorológico en México. Para los primeros años de la década de los ochenta este observatorio contaba con dos telescopios franceses, incluyendo un cuarto circular con domo rotativo.

Enrique Capelleti nació en Nápoles, Italia, el primero de marzo de 1831 y murió en el Colegio de San Juan en Saltillo, Coahuila, el 16 de enero de 1899. Ingresó al noviciado de la Provincia de Roma el 21 de octubre de 1846, donde se aficionó al conocimiento de las ciencias bajo la tutela del famoso astrónomo —también jesuita— Angelo Secchi, director del Observatorio del Vaticano desde 1850. Secchi estudió las variaciones del campo geomagnético y sus relaciones con los fenómenos meteorológicos, lo que le permitió diseñar un meteorógrafo, y fue autor de varios libros e incontables artículos de astronomía y meteorología. En 1860, Secchi participó en un programa de observaciones solares con el Observatorio de Madrid.

Desde los siglos XVII y XVIII los jesuitas mantuvieron su interés por la física experimental, tanto en su práctica docente como en la investigación, evidenciando también su punto de vista crítico. Una razón importante para los experimentos de electricidad y magnetismo entre los jesuitas fue la amplia difusión acerca de que muchos de tales fenómenos eran atribuidos a la magia. Era necesario explicar, mediante las demostraciones, el proceso estrictamente físico de esos fenómenos, a fin de combatir la creencia en el ocultismo, las supersticiones y por consecuencia las distintas formas de magia. Entre los jesuitas del siglo XVII que realizaron esas demostraciones en el campo de la electricidad se encuentran Cabeo, Athanasius Kircher y Lana, discípulo de Kircher. Cabeo distinguía cuatro clases de atracción: la simpatía, causa de la acción magnética; la gravedad, tendencia a su lugar natural; llenar un vacío, como tiende a hacer el aire; y atracción, tendencia de un cuerpo a desplazar a otro. El antiguo Colegio del Espíritu Santo de Puebla fue el primer lugar donde se tuvo la primera colección de Kircher, en cuya obra Iter Exstaticum coeleste el autor aparece con un compás en el frontispicio. Las experimentaciones desarrolladas durante los siglos referidos fueron soporte fundamental para la actividad de los científicos de la Compañía de Jesús durante el siglo XIX en Puebla.

Cabe señalarse que en Puebla también quedó establecido el Observatorio Meteorológico del Colegio del Estado, aunque éste se fundó el 2 julio de 1877 para ser empleado por los alumnos que cursaban la clase de Física en sus prácticas, referentes a las nociones de Meteorología. Desde aquella época formó parte del programa dicha asignatura. El Observatorio Meteorológico del Colegio del Estado de Puebla se fundó sólo cuatro meses después de la creación del Observatorio Meteorológico Central en la ciudad México.

Entre 1877 y 1899 se publicaron en Puebla de manera ininterrumpida los informes anuales de las observaciones meteorológicas realizadas en el Colegio Católico, compendio de ciencia universal que estableció un diálogo con el pensamiento religioso de aquella época. La publicación se intituló Observaciones Meteorológicas del Colegio Católico de SS. Corazón de Jesús en Puebla.

Para Spina, en 1877, la falta del meteorógrafo del padre Secchi no podía de ninguna manera suplirse; aunque se reflexionó en que: si las cuatro observaciones diarias a las horas convenientes eran para los meteorologistas muy útiles, a más útiles y seguros resultados llevaría la mayor frecuencia de las mismas. Por tales razones las observaciones en el Colegio Católico de Puebla se emprendieron de manera bi-horaria, a pesar de la falta de personal y del exceso de ocupaciones. Los instrumentos provinieron de “una persona muy calificada” en México y de otras más, que en Puebla ayudaron con generosidad e inteligencia mientras se aguardaban los aparatos que habían sido encargados a París. Paulatinamente se fueron incorporando otros aparatos de medición precisa. El nefoscopio o vista y dirección de las nubes, el nefómetro para la medida de la cantidad de las nubes, el psicrómetro para medir la humedad en el ambiente, el heliotermómetro o termómetro al sol e intemperie, el anemonefómetro para la medida del viento de las nubes, el calazómetro para la medida del granizo.

Se adoptó la escala de Farenheit debido a que su mejor termómetro tenía esa escala, pero para 1876 usaron la centígrada o Celsius, para marchar de acuerdo con el Observatorio Central Mexicano.

El barómetro empleado fue el Gay-Lussac, y las observaciones del estado del cielo se referían a las horas de las 6, de las 12, de las 3 y de las 9, y las abreviaturas adoptadas fueron las correspondientes a cirros, cumulas, stratus, nimbos, y sus correspondientes combinaciones: horizonte, cénit, parte, cubierta, norte, sur, este y oeste.

Para el cálculo de la altura del Observatorio sobre el nivel del mar, se siguió la nivelación barométrica de Puebla calculada por Humboldt, en primer lugar porque era la que seguían los geógrafos mexicanos, y en segundo lugar porque fue la que más se acercó al resultado que obtuvieron aplicando a su medida barométrica la fórmula de Laplace. Dicha nivelación se refería al centro de la plaza de armas, a lo cual añadieron la altura del observatorio sobre la misma plaza. Spina señalaba que un observatorio colocado a tanta elevación sobre el nivel del mar, como Puebla en la zona tórrida, podía excitar la curiosidad de muchos y especialmente de los observadores de Europa. La altura del Observatorio se hallaba a los 2 201 metros 896 centímetros sobre el nivel del mar.

A partir de 1879 se van incorporando al anuario la relación de las publicaciones que arriban de diversos centros científicos del mundo, destacando por ejemplo las publicaciones del padre Angelo Secchi. Observando la procedencia y los autores de algunas de esas publicaciones, se revela una red internacional de sacerdotes jesuitas que se encuentran realizando el mismo tipo de investigaciones que en Puebla. De la república mexicana llegaban informes publicados en las ciudades de Aguascalientes, Campeche, Ciudad Guzmán, Colima, Culiacán, Chiapas, Guanajuato, Jalapa, León, San Luis, Sinaloa, Tepic, Toluca, Tamaulipas, Zacatecas, Zapotlán, Mazatlán, Mérida, Morelia, Oaxaca, Pachuca, Querétaro, Saltillo, Guadalajara, Tlaxcala y la ciudad de México. Las publicaciones locales de Puebla que se incorporaban al acervo eran las observaciones meteorológicas, resúmenes generales y resúmenes pronósticos del Colegio del Estado, el Boletín Municipal, y aquellas observaciones practicadas en el observatorio astronómico de Cholula. La dedicación científica de ambos jesuitas: Spina y Cappelletti, en torno al conocimiento de la tierra los hizo acreedores a su inclusión en la Sociedad Científica Antonio Alzate, a cuya sede fueron enviadas sus publicaciones. Se trataba de un intercambio de publicaciones, como de viajes meteorológicos entre los observatorios jesuitas internacionales, sin dejar de atisbar a algunos de aquellos trabajos de investigación, lo que permite establecer una línea comparativa con los que se realizaban en la ciudad de Puebla. Es importante señalar que la meteorología moderna, de acuerdo con Luz Fernanda Azuela, se empieza a constituir a partir del desarrollo del telégrafo electromagnético, ideado por el físico estadunidense Joseph Henry y puesto en marcha por Morse en 1844, lo cual permite concentrar los datos atmosféricos y elaborar los “mapas de tiempo”. El nuevo instrumento permitió la transmisión de información meteorológica simultánea desde distintos puntos, permitiendo la elaboración de mapas meteorológicos diarios, que sirvieron como instrumentos de análisis y predicción, y que fue precisamente a lo que se dedicaron los jesuitas que ahora estudiamos.

Se ha reconocido que las figuras más destacadas en los colegios jesuitas fueron precisamente los profesores de ciencias. Fuera de España, dos personajes también destacaron: Federico Faura en Manila y Benito Viñes en La Habana, ambos meteorólogos de fama mundial; al lado de Spina y Cappelletti, representaron la apertura a las ciencias naturales, lugar de confluencia en la actualidad: el progreso técnico y las interpretaciones ideológicas. En palabras de Manuel Revuelta González: “Las Ciencias invadían el campo pedagógico y hacían retroceder el dominio de las Letras. Sin renunciar a los valores de las humanidades clásicas, muchos profesores jesuitas se lanzaron apasionadamente al cultivo y la enseñanza de las Ciencias experimentales, en las que supieron descubrir un nuevo humanismo y grandes posibilidades formativas.” Los observatorios meteorológicos también deben ser vistos como centros de enseñanza.

——

El presente texto es un fragmento del esnayo con el mismo nombre que pertenece al libro Trayecyos del fulgor, Libros y viajes en la circulación de saberes. Siglos XVI al XXI, coordinado por Ana M. D. Huerta Jaramillo y Lilián Illades Aguiar y editado por Fomento Editorial y el Instituto de Ciencias y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego” de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Agradecemos a la Dirección de Fomento Editorial las facilidades para su publicación en este espacio. Omitimos las notas popr su extensión.

 

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