Victor Sklowski
Voy a hablar un poco de mí y de mi Viaje sentimental, como si tuviese que rellenar un cuestionario. Empezaré por mi familia, y por los recuerdos de mi infancia más significativos.
Nací en 1893, y recuerdo Petroburgo sin automóviles, con trineos, nieve, carruajes; para mí el Petroburgo, pongamos por caso, de Andrei Bieli es una realidad concreta. Mis primeros recuerdos son muy precoces, recuerdo por ejemplo la guerra anglo-boer; cuando la primera revolución rusa, en 1905, yo ya tenía doce años.
La historia de mi padre ya la conté en el libro Érase una vez y, aunque excepcional bajo muchos aspectos, no me detendré mucho en ella. Sólo puedo decir de él que fue un hombre de gran talento y también muy desdichado. Era hebreo de nacimiento; su hermano menor, Isaak, era periodista y geógrafo, escribía en el Russkoe bogatstvo con el seudónimo de Dioneo; era secretario de la Sociedad geográfica rusa. Sus libros están traducidos a muchas lenguas, el más conocido es En el extremo noreste de Asia. Diré dos palabras sobre él para dar una idea del tipo de familia de que provengo, de algunos aspectos de las costumbres y de la mentalidad de entonces. Tras una desafortunada tentativa terrorista de los últimos populistas, fue deportado a Kolima, a una zona completamente salvaje. Podía viajar a su capricho, con tal de que no saliese del norte. Aprendió la lengua de los jukaghiros y la de los chutchis, llegó a la punta norte de la región consentida, visitando lugares en los que los rusos eran totalmente ignorados; sólo una vez recordaba haber visto, mucho tiempo atrás, a un hombre con los botones brillantes que le había gritado algo en una lengua incomprensible —evidentemente era un sargento de la policía rural. Y mira por donde ese mismo Isaak Sklovski, siempre con el abrigo encima, entre hielos eternos, viviendo en cabañas en las que el humo sale directamente al cielo por un agujero y donde el fuego está siempre encendido, se leyó todo Shakespeare y aprendió inglés. Más tarde, ya absuelto, fue enviado a Londres por su periódico, en calidad de especialista en lengua inglesa, como corresponsal. Pero en Londres resultó hablar una lengua absolutamente desconocida, si bien fuese capaz de leer cualquier cosa. Después aprendió el inglés de los ingleses, aunque al hablar siempre prefirió explicarse en francés. Pero dejemos las divagaciones y acabemos con mi tío. Murió en el exilio, después de haber vivido durante cuarenta años en el extranjero como corresponsal, y en cuanto supo que jamás podría regresar a la patria, por periodista liberal, empezó a sufrir el mal de Rusia.
Mi padre era profesor, un hombre apuesto —desgraciadamente en esto no me parezco a él—; su mujer le abandonó cuando era jovencísimo; entonces era un estudiante del Instituto Forestal, disponían de unos grandes escoplos para descortezar los troncos, clavó uno en una cepa y se arrojó sobre él, ofreciendo el pecho —la forma de suicidio de los romanos. El escoplo le entró por debajo de las costillas y le salió por el cuello; sobrevivió, se hizo ortodoxo y se casó con mi madre, hija del jardinero de un colegio para niñas nobles, Smolny; era alemán, pero estaba casado con la hija de un diácono ruso, que había raptado precedentemente. Era pues una familia ruso-alemana, donde se hablaba alemán con los hijos, ruso con la madre —mi abuela— que era lo único que entendía; el abuelo, además, hablaba un ruso rudimentario. Cuando moría alguno de sus hijos —tuvo trece y pocos sobrevivieron— se negaba a asistir a los funerales; les hacía enterrar en los lindes del cementerio ortodoxo de Okhta. En cuanto a sí mismo, quiso ser enterrado a las puertas del cementerio luterano; ahora es una zona cultivada —durante el asedio de Leningrado hubo muchísimos muertos. Allí yacían el alemán y sus hijos rusos, separados por una verja. Posteriormente, en esta familia ruso-alemana, entró a formar parte el hebreo Boris Sklovski que se hizo ortodoxo. Dejó el instituto sin haber finalizado sus estudios, abrió una pequeña escuela no reconocida, dio clases —era un matemático notable— y durante la revolución, cuando los profesores convocaban huelgas, fue a enseñar balística en los cursos de artillería bolchevique. Después los convirtieron en Academia de artillería y a mi padre le pidieron el título. Él se ofendió muchísimo y respondió: “Deberíais habérmelo pedido en el 17, cuando me aceptásteis, no en el 20. De todos modos si lo necesitáis os lo traigo.” Fue a examinarse a la facultad de matemáticas. Cuando volvió le dijo a mi madre: “Sabes, los exámenes eran una cosa de risa, me han hecho preguntas facilísimas: un hombre de sesenta años, con el cabello gris, que se examina en la universidad… Y sin embargo, sabes, para aprobar el examen de matemáticas superiores en la Universidad de Leningrado uno tiene que saber lo que se dice. Para mí —añadió— ha sido una conversación muy interesante.” Vivió cuarenta años en la misma casa. Después hicieron pasar el tranvía por delante y un buen día cambiaron la parada de sitio; el conductor tocó la campanilla, pero él llevaba un gorro que le tapaba las orejas, la budjonovka, y tenía el pelo largo: no la oyó y fue a parar bajo las ruedas. Murió tres días después. El médico, sin hacer caso de los sollozos de mi madre, le dijo: “Su marido no tenía la más mínima traza de esclerosis, era lucidísimo, un cerebro fresco, no ha conocido la vejez.” En esto me he parecido a él, cuando era joven. Ahora no, porque además he vivido trece años más que él.
Yo soy el menor de una familia muy numerosa; nací en Petroburgo en 1893; había poco dinero. Nunca habría acabado los estudios primarios, dado mi extraño defecto de no conseguir escribir sin errores de ortografía, de no haber sido por un profesor, catedrático, que me corrigió el ejercicio de ruso en la licenciatura. Al acabar el examen, me dijo: “Sklovski, cuando escriba —probablemente pronto— su tesis de doctorado, me la tiene que dedicar.” Pero ni siquiera llegué a escribir la de licenciatura; de hecho no terminé la universidad. Aquel profesor se llamaba Lapin, y sólo puedo dedicarle palabras de estima. Debo decir que las escuelas zaristas, aunque imperfectas, tenían a menudo óptimos profesores, de un nivel altísimo. Los hombres de talento eran respetados y tenidos en gran consideración. No hay que creer que todos fuesen unos Perodonovs*, si no no se comprendería cómo pudieron emerger hombres de la talla de Mendeleiev o de Lenin, hijo de un maestro, hombres de una cultura vastísima. En la universidad empecé a ocuparme muy pronto de cuestiones literarias, me hice amigo de Maiakovski, participé en los debates, y resulté poseer ideas personales respecto a la estética y a la literatura en general; pero de mis ideas hablaré después. En el mismo periodo fundé la Opoiaz, sociedad dedicada al estudio del lenguaje poético, llevando a cabo estudios sobre leyes fonéticas, prosódicas y métricas. Publiqué bastante pronto mi primer cuento, a los quince años, en la revista Vesná. En 1914 había escrito un librito titulado: Sobre la lengua metanoica. Trataba de arte abstracto. Así que imaginadme joven estudiante universitario, famoso, con un libro publicado; amaba mucho a mi patria, como la sigo amando todavía, de una manera ingenua, como un enamorado; fui a la guerra como voluntario. No pasé nunca de soldado por los motivos que diré a continuación y que escribí en Viaje sentimental, en 1916, me convertí en instructor de choferes, y al año siguiente fui enviado, como miembro del comité revolucionario de mi división, al frente occidental, y en 1918, también como tal, a Persia: de estas experiencias nació el libro Frente y revolución, publicado en 1919, cuya portada dibujó Yuri Annenkov; el Comité Central otorgó el permiso, pero el editor Grzebin no quiso sellarlo. En 1919 corría el peligro de ser arrestado y salí de Rusia. Hasta 1924 estuve en Finlandia, en Berlín, en Praga. Volví a Rusia, con la ayuda de Maiakovski, tras la publicación de Zoo. En 1924 me nació el único hijo varón —me casé jovencísimo, a los
dieciséis años, mi mujer no tenía muchos más que yo. Tuve también una hija, que todavía vive, estudió física y se dedica a la investigación. Mi hijo murió en la guerra. Buscaba trabajo, intenté hacer cine, me propusieron escribir guiones para Pudovkin. Recientemente he escrito mis experiencias en el mundo cinematográfico en el libro titulado Cuarenta años. ¿Cuántos libros habré escrito? En realidad no lo recuerdo… Con el que vais a leer ahora me hallé memorialista cuando sólo tenía veinticinco años; es decir, soy uno de esos raros ejemplos de escritores que ha iniciado su actividad literaria con las memorias —aparte de las obras juveniles. He escrito un libro sobre Marco Polo, un buen libro que ha sido traducido al inglés, he escrito sobre los antiguos maestros, he escrito una vida de Fedotov, una historia de la técnica rusa, una novela, Tercera fábrica. ¿Cuál de mis libros prefiero? Viaje sentimental y la biografía de Tolstoi. Esta última es una obra considerable, me costó una enorme cantidad de trabajo, la empecé en 1924. Podría considerada un poco mi misma biografía. Tolstoi era un hombre formidable, quiso distinguir su vida de la de los demás, crear con su vida la salvación del mundo. Murió muy viejo, pero no era un viejo feliz. Conozco bien el siglo XVII ruso, he escrito sobre Minin y Pozarski**, y trabajé con Pudovkin en el film homónimo. Para mí, la caligrafía de Pozarski, lo que escribía, y hasta su manera de estar sentado, eran impagables. Pozarski es un hombre extraordinario, interesantísimo; es como el príncipe Mishkin de Dostoievski. Un genio, un epiléptico, buen guerrero a la vez que fanático de los juglares. En Rusia, era costumbre que un noble, a las puertas de la muerte, asumiese un nombre diverso, como para indicar su renacimiento espiritual. Dmitri Pozarski, que era de una óptima familia descendiente del príncipe Riurik, aunque por una rama colateral, quiso, a la hora de morir, asumir el nombre de Minin, Kozma, es decir, el nombre de su compañero de armas: un hombre nunca asume el nombre de un igual, asume el de uno que considera superior. Es una vieja costumbre que me parece muy significativa.
Durante el periodo stalinista tuve muchos contratiempos, pero nunca estuve preso; debido, supongo, a haber escrito todo sobre mí en Viaje sentimental y a no quedar nada que pudiese ser descubierto al respecto. En estos últimos diez años he vivido una especie de rebrote de mis energías creativas. Está a punto de salir una colección de artículos que llevará por título La novela de la prosa, sobre la historia de la literatura. Mi segundo matrimonio ha contribuido mucho a esta fecunda actividad: volví a casarme cuando tenía sesenta años y mi primera mujer sesenta y tres. Aparte de la edad me sentía mucho más joven que ella. Recuerdo que durante esta última guerra, un día no bajamos al refugio antiaéreo, aunque había un terrible bombardeo; entre nosotros las cosas ya no iban como antes, pero me alegro de haberle dicho, entonces, que había vivido con ella una larga vida y que si nos hubiésemos muerto en aquel momento, no me habría quejado. La vida no está en deuda conmigo. He sufrido mucho, perdí un hijo en la guerra. Pero ha sido como entre dos enamorados: se zahieren mutuamente, sin que ninguno de los dos tenga la culpa.
Ya en la época de la Opoiaz habíamos hecho algunos importantes descubrimientos, como la profunda diversidad fonética entre el lenguaje poético y la prosa. Bieli también se había ocupado de ello, pero no había profundizado bastante en esta diferencia. ¿Eran investigaciones ingenuas? Nuestra idea básica era en el fondo sencilla y lucidísima, casi un descubrimiento: en la lengua poética existe el anhelo de expresarse, de imprimir un signo, como ha dicho Jakobson más tarde, mientras la lengua de la prosa tiende a no ser puramente un signo, a ser algo más que percepciones. El lenguaje poético es endiabladamente complicado, cada insignificancia adquiere en él un significado, nada es casual. No hay que pensar, sin embargo, que el mundo de la poesía se halle circunscrito a los simples sonidos; todo el universo pertenece al arte, y la finalidad del arte es hacer el mundo experimentable. Por este motivo no soy partidario del arte abstracto, aunque en mi juventud sintiese un cierto interés por él. Lo considero un arte tímido, que circunscribe y frena las posibles transfiguraciones de la vida; la fuerza del arte, la fuerza de la expresión artística es tan inmanente que transforma los conceptos en valores artísticos, sin que deba aislársela de la vida real, como si así, en cierta manera, resaltase más. El arte restituye al hombre la vida, y la vida al hombre, dándole la perceptibilidad; es como una lenta ósmosis, y el goce artístico consiste en su dilación. La forma es siempre compleja, el arte no debe temer a la forma; en el arte la piedra se hace más piedra: fijaros en las esculturas, fijaros en Florencia, en Roma; en el arte cada objeto vuelve a adquirir su verdadera dimensión. La forma no permanece intacta, al contrario se transfigura, y sólo la forma de la obra ya perfecta, ya conclusa, es definitiva. Una complejidad viene a sustituir a otra y en esta agitación se perpetúa la verdadera percepción de la vida. Se me ha tachado de formalista: quizás porque no he sabido formular bien mis ideas, era muy joven e impulsivo. Pero tenía la forma dentro de mí, es el ancla, más aún, la sonda con la que exploramos la vida, recuperando algunos pedazos. Éste es el dificilísimo itinerario del arte: Dante que trepa por las patas peludas de Lucifer en su camino hacia el Paraíso, eso es el arte. Pero volvamos al libro. Cada uno de nosotros ama a su patria de manera diversa; creo que Dostoievski tenía razón cuando decía que cada ruso tiene dos patrias: Rusia y Europa. Es más, creo que cada ruso tiene por patria a Rusia y al mundo entero: son dos patrias muy exigentes, cuyos intereses no siempre coinciden. Un ruso mira siempre al mundo, posee una inexhaustividad, una manera de proceder, un aire completamente particular, una infinita comprensión de todos los demás pueblos. Esto me hace pensar en la imagen de To1stoi que atraviesa los Alpes hojeando un libro de Rousseau para confrontar el paisaje con las descripciones. Cuando escribí el Viaje sentimental era joven, entonces sólo miraba a Rusia. Fui a la guerra voluntario. Era hijo de un hebreo, o sea que fui un simple soldado en un destacamento de automovilistas, fui chofer, estaba cerca de Permysl cuando fue tomada la ciudad, también estuve en Stanislavov. Después dejaron de necesitarme y me destinaron a la escuela de automovilismo. Hice de ella una óptima escuela, bastante famosa en su época. Durante la revolución de Febrero, cuando el gobierno, no fiándose de nosotros, nos quitó los carburadores de todos los coches, yo, como instructor, tenía las piezas de recambio, que conservaba para las prácticas, y muchos alumnos. Cuando los soldados del regimiento de Volyn se alzaron y liberaron a nuestro cuerpo de guardia —nos hallábamos en un cuartel cercano al suyo— algunos rebeldes me vinieron a ver. Yo no me entretuve en sutilezas de por qué se habían rebelado: iban contra el zar y esto me bastaba. Armé cuatro coches y me fui a combatir. Era favorable a la continuación de la guerra, o sea, pensaba que el camino de la revolución habría sido breve: destronaríamos al zar, distribuiríamos las tierras entre los campesinos, y todo habría ido bien. Sin embargo para hacer todo esto primero había que vencer a los alemanes. Mi destacamento era bolchevique, y cuando hablaba a favor de la guerra me respondían: “¡Vete tú al ataque si tienes tantas ganas!” Yo dije: “Pues claro que voy”, y fui a Stanislavov, donde tomé parte en los primeros ataques con bayoneta. Todo esto lo hallaréis en Viaje sentimental. Salí herido, después me mandaron a Persia, y mira por donde, escritor de un cierto talento, me tocó pasarme muchos meses en el ejército zarista, como simple soldado. Al ejército lo vi como un chofer puede ver un automóvil, desde el suelo, bajo las ruedas. Y cuando la revolución, lo único que vi fueron también las ruedas que la llevaban, no los brillantes adornos que le colocaron encima. Siempre me esforcé en ser un hombre honesto y sincero: Así fue como nació esta larga historia, que hoy todavía considero interesante, no únicamente porque acabé por escribirla bien, sino sobre todo porque fue escrita inmediatamente después de los hechos, apenas seis meses más tarde. ¿Por qué el libro se llama así? Entre la compilación del primer y del segundo libro salí de Rusia, viví en casa de Gorki, en las afueras de Berlín. En su casa vivía también un excelente pianista, Dobrowen. Le pedí consejo sobre el título que le daría al libro. Sin ni siquiera leerlo, me propuso, así a bocajarro, Viaje sentimental. Y así lo llamé. Ahora lo interpreto como una resistencia a vivir con los ojos cerrados. Descubrí que se puede ir al ataque con los ojos cerrados y con los ojos abiertos; se puede ir sintiendo rabia y odio, pero probablemente debe hacerse sin sentir ningún hastío. Yo no lo sentía, aunque temía a los alemanes. Y todavía los temo: me asusta su sistematismo, su necesidad de ser consecuentes. Entre nosotros se dice, muy educadamente, que el alemán ha inventado el mono, pero no es verdad: el alemán ha inventado el orden, y el orden le tiene esclavizado. El ruso en cambio no lo ha descubierto, y esto es un gran inconveniente. Un hombre como Tolstoi era grande y era un hombre ordenado. Pero de todo esto hablo en mi libro y ya lo leeréis vosotros mismos.
Es difícil decir en pocas palabras qué pienso hacer en el futuro; ante todo intentaré aclararlo conmigo mismo. Quizás desearía, en el fondo es humano y comprensible, que llegase la hora de “salir de apuros”; no porque me sienta muy viejo, total tengo setenta y tres años, pero me es difícil escribir un libro cuando querría hacerlo. Por lo demás cada nuevo libro —y he escrito tantos— al principio parece siempre imposible, siempre parece superar las propias fuerzas. Como ya he dicho, está a punto de salir una colección de ensayos sobre la literatura. Considero que sólo pueden hablar de literatura las personas entendidas en la materia: no interesan los discursos sobre el amor de quien no haya alcanzado la madurez sexual; como tampoco interesan los análisis de estilo de quien ni siquiera es capaz de escribir una carta. Dejemos que hablen de estilo quienes saben escribir bien. Aristóteles escribía sobre filosofía y era un entendido, Vasari escribía sobre arte y era un entendido. En 1887 un genio, Chejov, escribía a Suvorin: “Habría que llevar a cabo el análisis de algunas de las mejores obras artísticas, no para hallar su diversidad, sino sus profundas afinidades. Sólo entonces comprenderemos la verdadera esencia del arte.” Es decir, quería partir de la forma, de la estructura, como se dice en la terminología actual, quería entender el arte como estructura de la actividad humana. Y es de esto de lo que pienso ocuparme en el futuro; de cómo una estructura se transforma en otra, de por qué la historia de la literatura es intermitente, de por qué las obras maestras de la época clásica son tan diversas de las de la época barroca, y ambas de las de hoy. Por qué escuelas diversas se oponen mutuamente, por qué desapareció el romanticismo y por qué apareció lo que llamamos realismo. Creo que el arte cambia precisamente para que esta sensación de transformación pueda perpetuarse. Cuando un modelo envejece, deja de suministrar mensajes; una mujer que lleve siempre el mismo vestido acabará por aburrirle, aunque le favorezca, dejará de gustarle. Una mujer cambia de vestido para darse a conocer, y el hombre desea que sea siempre diversa, como lo es él mismo. El hombre cambia también sus versos para crear una nueva manifestación de contacto con el mundo. O sea, el arte cambia por “quantas”, a grandes saltos, a sacudidas. Cambia con mucha rapidez; Sófocles y Esquilo, por ejemplo, disputan entre sí en torno a la misma obra; Aristófanes inmortalizó la discordia entre Esquilo y Eurípides, su enfrentamiento. Todas estas vicisitudes, antiguas y recientes, los géneros literarios, las discusiones en torno a las vanguardias, todo es una necesidad, una realidad, no pasa porque sí. Un cuchillo: ¡poderoso concepto! Pero lo que penetra es sólo la punta, no la parte central. Lo que corta es el filo, lo demás sólo sirve de sostén, sirve para impulsar el pincho de la punta y el filo de la hoja. Hay que saber transformarse continuamente; no es que el arte se autogobierne, se transforma espontáneamente; no es que el arte sea autosuficiente, se transforma para consentirnos la penetración de lo real. Y ahora, naturalmente, como jueces de mi País, querréis que os hable de él. Es el País donde he amado, donde he sufrido, donde perdí a mi hijo. Es un País grande, un País inmenso, incansable, que cambia incesantemente. Se hallan en él los defectos más dispares, pero tiene un gran mérito: ama la poesía, también los cambios son muy queridos. Es como un mar revuelto por una tempestad, de la que no se adivina el final. Es un país desigual, compuesto, es como entrar en un río donde corrientes calientes y corrientes heladas se alternen. Y un día tendremos tantos calculadores, ni siquiera nos despertarán, trabajarán mientras nosotros durmamos. Sólo nos despertaremos para ajustarlos. Quizás alguna vez acertarán; naturalmente no se rebelarán contra nosotros, pero nos quitarán parte de nuestras actividades. Si se me permite utilizar un parangón un poco atrevido, citaré a Tolstoi. Dijo una vez que el ferrocarril es a un viaje a pie como el burdel al amor: muy rápido, muy cómodo, pero otra cosa. Hoy se viaja velozmente, recorremos Roma en coche. Pero… Quiera Dios que no matemos a un hombre, adiós el placer de Roma. Como flechas pasamos a través del mundo sin verlo. Mañana saldré para Moscú, en avión. Sobrevolaré un país encantador y no lo veré. En su Diario de un loco Gogol dice en un pasaje, él que Roma la conocía muy bien y que había vivido allí largo tiempo: “A un lado está Italia, y al otro las islas rusas, madre, ¿estás en aquella ventana?” Como en un encuadre cinematográfico, veía Italia y el campo ruso, en un solo travelling. Pero yo, en mi vuelo real, no las veré: las nubes y la velocidad me lo impedirán.
Una vez volé sobre Italia, muy cerca de la isla de Elba. Volaba en un viejo avión, pequeñísimo, no sé cómo fui a parar ahí. Vi qué aspecto tienen las olas, y vi las crestas de las olas, mejor dicho, los “ribetes” de las olas, porque las tenía delante; se van hacia las profundidades del mar, como si tuviesen raíces de espuma; son como matorrales, las olas tienen sus raíces misteriosas. Las olas del arte no son más que el continuo torbellino de la mudable alma humana.
Roma, 11 de octubre de 1965
——
Introducción de Victor Sklovski a su Viaje sentimental – Crónicas de la revolución rusa [1923] (Anagrama, Barcelona, 1972).
* Personaje obtuso y abyecto, maestro, en Demonio mezquino de Fiodor Sologub.
** El mercader Kozma Minin y el príncipe Dmitri Pozarski fueron los principales protagonistas de la expulsión de los polacos de Moscú, en 1612.









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