Javier Marías
No mira hacia atrás el infame o redentor barquero porque conoce muy bien lo que queda a su espalda, de ello huye o de ello viene o allí ha robado su cargamento de libros, no se sabe si va a hundirlos en el lugar más profundo de la laguna, allí donde las inaudibles voces de los ahogados y de algún descreído duende cuentan otras historias que jamás serán impresas ni tendrán volumen. O si los está salvando de una nueva quema o una nueva codicia, como si fueran oro viejo y pesado que podría hacer zozobrar la barca si erizara el agua o una tempestad la enfureciera. El mar o laguna está tan en calma que casi parece oleaginoso, en realidad no es posible que esa embarcación avance con su escuálido remo para el que no hay esfuerzo y su vociferante carga como de condenados, o si no de fugitivos del ya conocido mundo pasado y perdido, la barca como una carreta llena de espíritus nobles arrastrados al patíbulo. O es acaso mujer el barquero y entonces es más posible que sea salvador su viaje hacia el tiempo anterior o hacia el aún nunca visto, el intento de preservación de lo ya sabido y transmitido y contado, el hilo de la continuidad y el vínculo escrito en el agua de los vivos y los muertos callados, como el nombre del poeta joven que se rindió en Piazza di Spagna, y whose name was writ on water. Y así esta imagen, como aquella frase, quizá sea sólo una despedida, o más bien un epitafio.
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El título es de la redacción y el texto acompaña la imagen de Quint Buchholz en El libro de los libros (Lumen, 1998).









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