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Vergüenza y desnudez

· febrero 15, 2019

Antonio Bello Quiroz

El hombre en nuestros días se ha convertido en uno de los objetos privilegiados del mercado. El tratamiento que se le da a su cuerpo y su imagen no se distancian mucho del que recibe cualquier mercancía: se cuida, se embellece, se enaltece sólo en función de su valor de cambio. Desde luego que para poder sostener esta impostura mercantil parece indispensable deshacerse de todo aquello que pueda interferir en el uso del cuerpo. El uso desnudo del cuerpo. Hay que desconocer y rechazar, por ejemplo, la existencia del alma (léase aquí sin tono religioso, por alma me refiero a la vida interior, más aún, a la singularidad de cada sujeto); deshacerse también de la vida privada y para ello las redes sociales son el medio. Los caminos para deshacerse de los diques que impiden gozar del cuerpo son muchos y variados, van desde la anestesia que producen los fármacos hasta la exaltación de una imagen de éxito a cualquier costo; por ejemplo, será necesario perder la vergüenza. En esta tendencia dirigida a convertir la vida, y el cuerpo, en una mercancía, tampoco tiene lugar el pudor. “Te hace falta ser un poco más malo, no tener pudor”, me aconsejaba un viejo amigo que creyó haber encontrado dónde fracasaba yo en tener éxito.

El pudor, junto con la vergüenza y el asco, esencialmente, son propuestos por Sigmund Freud como los diques contra la sexualidad. Operan para contener la sexualidad que en la etapa infantil aparece desbordada, es una sexualidad perversa y polimorfa. Esos diques son los primeros andamios para adquirir un nuevo orden y normatización de la sexualidad en concordancia con las convenciones sociales de una civilización determinada. En este sentido, es posible decir que detrás de un episodio de asco, vergüenza o pudor sin duda encontramos impulsos o deseos sexuales reprimidos.

El psicoanálisis sostendrá una singular posición con respecto al proceso de sexuación humana. La sexualidad humana se instituye en un proceso lógico que se despliega en dos tiempos con un intervalo llamado de latencia. Un primer tiempo ocurre en la infancia, donde la sexualidad se encuentra ligada a los padres, figuras y funciones que actualizan en cada sujeto el drama de Edipo, y tendrá fin con la instauración y reconocimiento (obediencia a la ley) de una prohibición fundamental y, como resultado, la emergencia del superyó o conciencia moral. Sobre esta sexualidad desbordada se impondrá la represión y con ello los diques morales que son la vergüenza, el asco y el pudor. El segundo momento vendrá con la pubertad, donde se vivenciará un “despertar de la primavera”. Ya desde el Manuscrito K de 1896 Freud sostenía que con el periodo en la pubertad se presenta una resignificación de una potencia sexual que había estado reprimida: la resistencia de los diques morales se pondrá en cuestión con intensidad.

La vergüenza es un dique psíquico esencial para poder hacer y sostener el lazo social. Se edifica en el periodo de latencia, así lo sabemos desde 1905 en Tres ensayos para una teoría sexual, donde Freud sostiene que “Durante este periodo de latencia total o meramente parcial se edifican los poderes anímicos que más tarde se presentarán como inhibidores en el camino de la pulsión sexual y angostarán su curso de manera de unos diques (el asco, el sentimiento de vergüenza, los reclamos ideales en lo estético y en lo moral”. A partir de esta afirmación de Freud podríamos decir que lo que orienta o determina la posición del sujeto en sus dimensiones éticas y estéticas está directamente vinculado con la instalación o no de este dique moral que es la vergüenza. Se trata de una instalación inconsciente, no programada ni factible de ser ordenada de manera consciente. La educación no hará sino darle su modulación imaginaria.

La vergüenza, entonces, implica la represión de potentes mociones sexuales. Es un dique creado a partir de una energía sexual que se quiere domeñar, lo que es imposible en tanto que algo de ella se habrá de preservar y será desviada del uso sexual y aplicada a otros fines; la cultura, por ejemplo.

Antes de estos diques, un niño puede mostrarse desnudo sin el menor inconveniente. Esto cambiará con el llamado periodo de latencia, donde se cubrirá la desnudez y además vivirá periodos de asco ante ciertos alimentos u olores. Dicho de otra manera, el sujeto no nace con vergüenza respecto a su desnudez; ésta es aprendida como un requisito para ingresar al universo de los otros; se modulara de acuerdo a las costumbres y cultura donde se desenvuelve. Lo decente e indecente se mueve en un mosaico muy variado en el mundo.

Ahora bien, la desnudez del cuerpo no se refiere al acto de despojar de las vestimentas sino el despojar de lo que el sujeto se vale para sostenerse ante la mirada del otro, producirle la vergüenza de verse desnudo de su singularidad, de verse exhibido, humillado. “Quedar desnudo” implica que ya no hay nada que medie en la relación con la potencia destructiva del Otro, es una confrontación salvaje con lo real. Quizá una forma de producir esta desnudez y donde se expone a la vergüenza radical al sujeto es el linchamiento mediático, auténticos juicios sumarios, como en la Edad Media se “desnudaba” y avergonzaba en la plaza pública.

 

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