Ernst Jünger
Lo peculiar para mí, en cuanto anarca, es que vivo en un mundo que “en el fondo de mi corazón” no tomo en serio. Esto aumenta mi libertad: soy soldado voluntario por un tiempo determinado.
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Para el anarca, la situación cambia poco: para él las banderas tienen significación, pero no sentido. Las he visto ya izadas ya arriadas, como las hojas en mayo y noviembre, y esto como contemporáneo, no sólo como historiador. Seguirá existiendo el primero de mayo, sólo que con otra interpretación. En la cabeza de los desfiles aparecen nuevos retratos. Se profana una fecha consagrada a la Gran Madre. La honra mejor una pareja de enamorados en el bosque. Me refiero al bosque como algo indiviso, en el que todo árbol es todavía un árbol de la libertad.
Para el anarca cambian poco las cosas porque se quite un uniforme que llevaba en parte como bata de loco y en parte como un camuflaje. Tras el uniforme sigue inalterada su libertad interior, que ve objetivada en estos cambios. Esto es lo que lo distingue del anarquista, que, carente de libertad real, comienza a bramar, hasta que se le pone una camisa de fuerza más resistente.
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El Cóndor se siente tirano y no hace nada por ocultarlo. Lo cual tiene al menos la ventaja de que no se miente tanto como antes. Para mí, en el fondo nada ha cambiado; mi carácter de anarca sigue intacto. Para el historiador el botín es incluso más abundante, porque es más plástico. Hay que observar siempre la corriente política, en parte como espectáculo y en parte a causa de la propia seguridad. El liberal está descontento cualquiera sea el régimen. El anarca recorre la serie procurando no tropezar con ninguno, como cuando se huye a través de una serie de salas. Ésta es la consigna de todo aquel que da más importancia a la esencia del mundo que a sus manifestaciones externas —del filósofo, el artista, el creyente.
Como historiador he tenido que estudiar el potencial geomántico que poseen muchos lugares, y especialmente las colinas. Es, en primer término, de naturaleza material, física. De aquí extraen su poder. En toda convexidad se oculta una cavidad. Novalis: “Los senos son el pecho elevado al rango de misterio.” Es cierto, pero sería mucho mejor decir desde el rango de misterio.
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Comencé, pue, por resolver a mi manera el problema de cómo desaparecer del mejor modo posible y sin dejar rastro por un periodo indeterminado. Si la sociedad envuelve al anarca en un conflicto en el que éste no participa interiormente, lo que hace es obligarle a hacer el juego contrario. Intentará cambiar de dirección la palanca con la que la sociedad le mueve. Dispone entonces de esta sociedad, como si fuera el escenario de un grandioso espectáculo inventado por él. Si es historiador, la historia se le convierte en realidad presente. Todo cambia: las cadenas cautivan, el peligro se convierte en aventura, en tarea excitante. En mi caso, la huida se transformaba en el lujo de la soledad. Vivir como el monje en su celda, como el poeta en la buhardilla, como Robinson en su isla: todo el mundo ha soñado con ello. Para mí era como el musigaño, el animal totémico de mi infancia, que alentaba en mis recuerdos. Cuando se trata de convertir en realidad un sueño, ninguna fatiga nos detiene.
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Hay motivos para sospechar que nuestra inteligencia no es sino un instinto atrofiado, una ramificación lateral del árbol de la vida, a través de una selección acentuada durante milenios. La idea no es nueva, pero con la decadencia de la historia, es decir, con la metahistoria, adquiere una nueva significación. Entre otras cosas, tal vez los animales nos exijan la indemnización por las víctimas que hemos causado entre ellos. Desde esta perspectiva puede enjuiciarse la trivialidad de aquellos espíritus que discuten la cuestión de si los animales poseen inteligencia.
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El anarca marcha en solitario, los partisanos, en grupo. He observado sus actuaciones, como historiador y como testigo contemporáneo. Aire sofocante, ideas confusas, energía mortífera que, en definitiva, repone en su sitio a monarcas o generales destituidos, que no tardarán en liquidados. Yo amaba a algunos de ellos, porque amaban la libertad, pero la causa no merecía su sacrificio; me sentía triste.
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Si amo la libertad “sobre todas las cosas”, todo compromiso es sólo parábola, símbolo. Y esto afecta a la diferencia entre el que se echa al monte y el que lucha por la libertad; no es una diferencia cualitativa, sino esencial. El anarca está más cerca del ser.
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Fragmentos de Eumeswil (Seix Barral, Barcelona, 1980).









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