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Velos

· marzo 25, 2015

Gerardo Lino

 

Por las inercias del uso de la lengua tendemos a asociar ciertos significados a una palabra, con exclusión de otros que pueden corresponderle. Cuando se habla de revelación en la escritura, por reflejo condicionado se impone la imagen de la Revelación que comunica la Escritura (sagrada). Pero no es el caso.

 

Solemos dejar de lado que la escritura, antes de volverse cosa, es una acción, y que cuando se trata de la hechura de un poema lo que se busca es desvelar algo que permanecía oculto. Un velo cubre algún objeto indeterminado; el acto poético quita ese velo o al menos intenta correrlo, favorecer el asomo. Esa revelación, para ser comunicada, tiene que ser de carácter universal, pero comienza por una particular visión, que en última instancia apareció entre las sibilinas sinapsis de un cerebro. Pero en fin, ¿qué hay allí en el texto que antes no existía? Lo que se nos revela de la mente del autor no puede ser algo que nadie pudiera compartir, alcanzar, incluso con esfuerzo: se nos revela, sin más, un aspecto de lo existente o de lo desconocido, pero que a primera vista o en último análisis reconocemos —aun si priva la ilusión de dar-por-primera-vez con ello— como parte del mundo o del ser del hombre.

 

Voz más divina que otra alguna, humana

Al mismo tiempo, podemos siempre oírla,

Dejarla que despierte sueños idos

Del ser que fuimos y al vivir matamos.

Sí, el hombre pasa, pero su voz perdura,

Nocturno ruiseñor o alondra mañanera,

Sonando en las ruinas del cielo de los dioses.

 

Luis Cernuda, La realidad y el deseo: “Desolación de la quimera 1956-1962]”: “Mozart (1756-1956)”: esa música “formas líquidas / da de esplendor inexplicable”.

 

Pudriciones sobre lo ‘desconocido’. También por inercias inveteradas, a este término se le pegan como lapas cosas de la mística, difíciles de rascar. Lo ‘místico’: lo encubierto, lo que se ha escondido —pues tal indican sus étimos—: ¿no se tratará nada más de una engañifa, de algo que los sectarios esconden a propósito, por esa tentación del poder que se acrecienta al presumir de que en sus manos se resguarda el secreto? No sería extraño encontrar que ciertas religiones prosperaron gracias a los pases mágicos de sus brujos, a la jerga hermética de sus chamanes, a las actitudes misteriosonas de sus jerarcas.

 

Como si Wittgenstein no hubiera trazado las lindes de lo místico, aquello donde la palabra debiera detenerse, sigue siendo negocio de sicofantes de toda laya: desde los meros prevaricadores hasta literatos marchantes, y por supuesto “académicos” y rufianes de la clerecía, que siempre sacarán provecho de la estafa, como los sofistas decadentes hicieran. Prestos a sacar tajada de la confusión usual entre las palabras y las cosas, entre concepto y realidad, los despropósitos que emiten, con mixturas más o menos adobadas, son consumidos por sus discípulos como si fuera el Evangelio.

 

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Igual que el acto de escribir —sus aciertos aluden a las fallas—, ese descubrimiento que un poema comunica no es necesariamente una verdad inconfutable, sino la visión de un individuo: puede ser un yerro, ni siquiera un aserto sino apenas una duda, incluso un desvarío: muestras de lo humano. Aspira el artífice a la Forma —y, ahí sí, necesariamente—: simulacro de lo Perfecto, el arte puede señalar la caída, el crimen o el puro menoscabo que es un hombre, lo vano de sus esfuerzos, la inanidad. Tales signos de la debilidad son mostrados por el poema; pero no se confundan esas desgracias o decadencias —las del personaje construido por esas palabras, la historia trágica referida, incluso los delirios del poeta— con el poema. Si así fuera aceptado, es decir en tanto acto fallido, pues recójanlo todo y acabemos. (Parece que entre los cabecillas del Éxito eso es lo que sucede: a cualquier pergeño lo juzgan non plus ultra, pues codician sus mutuas recompensas forajidas. Presenciamos fiascos —propios y extraños—, entronizamientos de usurpadores, casi nunca un poema. Y allá van catervas de obligados a darle vueltas a la Piedra Negra, pujadores del prestigio que confunden valor y precio, presuntos elegidos que venden por la corona su cabeza —no por casualidad John Keats los llamaba “la más corriente de las turbas”.)

 

No: el poema debe ser riguroso, casi inatacable, para que aluda —con precisión, eso sí— al lugar de la dolencia. (Casi inatacable: Virtuoso: “Pero esta partitura ni yo puedo atacarla!” Beethoven: “Bah! Y a quién le importan los violinistas?” Con parecido rigor, Coleridge mismo quiere que la vara con que se mida el poema sea su intraducibilidad; es decir, que el poema valdrá, o mejor: un poema es mientras menos pueda ser traducido a la propia lengua en que fue escrito. Estos juicios desesperan a quienes están urgidos por “expresarse”, pero quien aprenda a contenerse hallará, más tarde que temprano, que ni qué, no un premio de los hombres, sino su recompensa genuina: el poema.)

 

Bajo los arrasamientos cotidianos, suele perderse la ocasión de dar con la poesía —sí, la cierta, la huidiza—. Y sin embargo, mientras la higuera reverdece, el poeta solo escribe. Una forma entre las sinapsis reclama su materia: ya se verá lo que obtuvo con las obras de sus manos. Solía recordar Borges la idea de Carlyle: “Toda obra humana es deleznable, pero su ejecución no lo es.”

 

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Puede un poema tratar de la incertidumbre; de la extrañeza que alguno siente de estar lanzado en el mundo, de saberse y reconocerse como el ser que va a morir (como reza el heideggeriano título del libro de Coral Bracho), pero eso no significa que sea titubeante: el poema se debe al trabajo del poeta. Pero eso sí, con su oficio en las manos y su bagaje a las espaldas, el autor sabe de esos comienzos inciertos, de ese caos anterior a los de Hesíodo y Ovidio; anterior a los paseos del Ruaj, cuando flotaba por encima de las aguas.

 

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Acostumbrados a vivir —como los animales—, el arte nos recuerda que no es cierto, que no son así las cosas, que el futuro es claro: así decía Hrabal acerca de la última posibilidad, única que se tiene con certeza. ¿Qué hago frente a eso? Habría que vivir primero, luego filosofar, como reza el latinajo; podrá decirse con Montaigne, entonces —otra variación sobre el único tema—, que la poesía sirve para aprender a morir, como también pensaron los estoicos.

 

“En mi libro Descripción de la mentira —nota Gamoneda— hay un renglón que viene a decir que toda mi actividad poética se deduce de ‘la contemplación de mis actos en el espejo de la muerte’.”

 

Eso es: asumir la verdad, mientras la contemplación de la urna griega nos incita a poner en el papel:

 

Cuando esta generación por la edad senil ya esté arrasada,

Tú permanecerás, en medio de aflicciones

Distintas de las nuestras.

 

 

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