Antonio Bello Quiroz
La vejez, con sus arrugas, llega para todos.
Yo no me rebelo contra el orden universal. Sigmund Freud
Como todo lo que es un hecho del lenguaje, la vejez es un producto intercultural, un hecho del significante que se va modulando de acuerdo a cada época. Los discursos sociales prescriben lo que es propio de la vejez, siempre de acuerdo a los valores e intereses imperantes. La vejez ha pasado por épocas donde se reverenciaba, se asociaba a la sabiduría y se honraba, pero también han existido momentos históricos, quizá el nuestro no sea el único, donde la vejez es despreciada, silenciada y olvidada.
La vejez eventualmente produce temor. Se le teme al paso del tiempo sobre nosotros, al deterioro del cuerpo, a la pérdida de las capacidades y vitalidades, a la marginación social e incluso a la impotencia libidinal que suele asociarse con la vejez. En una palabra, se teme a la muerte que, de manera errónea, se asocia con la vejez. La imagen actual del anciano o viejo es deprimente en sí misma: enfermo, discapacitado, decrépito y asexuado, alejado de todo proyecto vital y ocupando un lugar de humillación e indignidad en algún ámbito de su vida.
En el discurso social contemporáneo, que tiene en el consumo su imperativo de goce mayor, se percibe una paradoja: por un lado el mercado laboral se cierra a cada vez menor edad (después de los 40 ya no hay espacios laborales); se considera incluso una carga en seguridad social y salud contratar a alguien “mayor”. Por otro lado, el avance de la ciencia y la tecnología hacen que la línea de vida sea cada vez longeva. Una gran cantidad de consecuencias se pueden desprender de esto. Por ejemplo, cada vez un mayor número de personas son desplazadas de los sistemas productivos, “por viejos”, y en esa condición se vive cada vez más.
Por ser un hecho del lenguaje, las formas en que cada época se ha referido a los ancianos o viejos va cambiando. Ahora se utiliza la fórmula “adulto mayor” o “persona mayor” a quienes tienen 60 años o más. Sin embargo, los criterios para utilizar esta expresión, “mayor”, en otros tiempos eran completamente distintos. En la corte de Versalles, por ejemplo, una mujer de veinticinco años merecía ya el apelativo de “mujer mayor”. Las expectativas de vida se han extendido y los avances en el campo de la ciencia y la salud hacen que nos estemos convirtiendo a pasos agigantados en sociedades de ancianos. El mundo se envejece y al mismo tiempo se silencia e invisibiliza a la vejez, otra paradoja. Pero ¿qué significa esto más allá de las intuiciones imaginarias y el sentido común propio de la psicología general?
En nuestra época el capitalismo salvaje busca que los sujetos seamos mercancías o consumidores, y en lo posible ambos; por tanto, la vejez se ha vuelto un alto consumidor de medicamentos, terapeutas y dispositivos de salud de toda índole.
Ante esto sólo los vínculos que se preservan a partir de proyectos con una fuerte dosis de pasión vital posibilitan la organización psíquica necesaria para contrarrestar las acciones de discriminación abiertas o veladas.
La vejez tiene también un vínculo muy singular con el cuerpo. Desde el Renacimiento el cuerpo ha devenido en un campo de batalla, primero con la muerte (Andreas Vesalius buscando la causa de la muerte no ya en el cielo sino en los cadáveres humanos), después con la sexualidad. El cuerpo es un campo de batalla entre la sexualidad y la muerte. Con la modernidad, además de la sexualidad y la muerte, se suma la vejez. El cuerpo cansado de la vejez, junto con la enfermedad y la muerte, es lo que el padre de Sidartha Gautama (Buda) no quería que viera el joven príncipe y así preservar la idea de una vida armoniosa.
El cuerpo del viejo es despreciado, marginado, aislado. El cuerpo del anciano se vuelve repugnante y su portador deja de ser mirado, tocado, escuchado, como si el cuerpo fuera “fiel” reflejo de una vida deslibidinizada. Esta imagen del viejo o anciano se sostiene en la idea de que el envejecimiento es un proceso de progresivo desapego, alejamiento de los vínculos acompañado por una rigidización y deterioro psíquico, como correlato del desgaste del cuerpo, que llevaría a un aislamiento o confinamiento antes del final.
Pero ¿quién dice que todo está perdido?
En la experiencia clínica del psicoanálisis, al escuchar la singular narración que cada sujeto tiene con la vejez, y con su vejez, se escucha un duelo: el duelo de la juventud. Sin embargo, y dado que en la clínica se favorece la rememoración, escuchar tal duelo hace posible, por un lado, la revaloración (re-elaboración) de algunos aspectos de la vida del sujeto que permanecían oscuros y dolorosos, y por otro lado, realizar el duelo por las cosas que ya no fueron. El trabajo en análisis propicia un tránsito del duelo, apunta a producir un vuelco jubiloso a la producción. Producir un discurso de amor que es, como enseña Lacan, la vía por la que el goce puede condescender al deseo.
Vayamos más lejos de la mano de la literatura. Si partimos de la idea de que el psicoanálisis es un saber en relación con la muerte y la sexualidad, y que es desde ese saber que se establece un discurso y un dispositivo clínico, es posible que desde el psicoanálisis podamos decir algo con respecto a la vejez y la sexualidad, de la vejez y el amor, y de la vejez y el erotismo.
En Memorias de mis putas tristes Gabriel García Márquez nos cuenta la historia de un anciano periodista que, al cumplir 90 años, decide regalarse de cumpleaños a una niña virgen de 14 años. Para tenerla recurre a Rosa Cabarcas, dueña del burdel que el personaje frecuentó en su juventud.
El viejo periodista es un hombre gris, ha vivido toda su vida en la vieja casa colonial que continua habitando, ha ejercido, entre otros, el oficio de periodista del modesto periódico local. En definitiva se trata de un hombre gris, solitario, sin ideales y sin algún mérito en su vida, su único placer es la música.
El día de su cumpleaños se hace el regalo singular. De ahí, del encuentro con lo singular es de donde surge el brillo fálico que ilumina y da sentido a su vida. Él la visita pero ocurre que la niña, a quien llama Delgadina, se encuentra dormida; se dedica a contemplarla y a arreglarle la habitación. Un día, la muerte de un político provoca que el silencioso romance se vea interrumpido. Delgadina desaparece junto con la matrona, y a partir de ahí la vida del viejo cambia para siempre. Su insulsa columna dominical se convierte en vertedero de intensas cartas de amor para ella. Su vida se mueve por la ausencia de la amada; él la busca y la encuentra. El amor hace del encuentro historia. Encontrarse con Delgadina le hará vivir, rememorar sus pasiones, su gusto por la música y por los burdeles. Esta exaltación del amor le lleva a decir: “Aquella noche descubrí el placer de contemplar el cuerpo de una mujer dormida sin los apremios del deseo o los estorbos del pudor.”
El periodista, en su vejez, encuentra en el amor una sustitución que le permite hacer frente a la operatividad fálica. Una escena: la primera noche que se encuentra con Delgadina ella estaba dormida, después de tomar bromuro de valeriana; él no la puede despertar y se sienta desnudo al borde de la cama, la contempla con un hechizo de los cinco sentidos, y se pregunta: “de qué servía despertarla, humillado y triste como se sentía, y frío como un lebranche”. Él la encuentra (encuentra el amor-erotismo) cuando se apaga el fantasma de hacer depender la identidad en el funcionamiento fálico.
En una tarde de tormenta el viejo tiene una fantasía, la fantasía de estar con ella en la vieja casona colonial. Delgadina le preparaba el desayuno y le preguntaba con mirada sombría: “¿Por qué me conociste tan viejo? Le contesté la verdad: La edad no es la que uno tiene sino la que uno se siente.”








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