Claudio Magris
¿Precisar en unas líneas mi opinión sobre el Quijote? Insolente pretensión. En la escuela, cuando tenía catorce años, un brillante y polémico profesor de alemán —al que evoqué en Danubio— me preguntó un día sobre la relación entre Fausto y la Revolución francesa. Cuando yo, dándome ciertos aires, comencé a responder con las palabras “Bueno, yo pienso que…” me detuvo de inmediato. “¡Qué vas a pensar tú, desgraciado! ¡Aprende y repite!”, exclamó, y luego ofreció una breve lección sobre el fatal desequilibrio que se da en Alemania entre su extraordinario florecimiento cultural y su retraso político, origen de las tragedias del mundo. “Y sobre todo ello, Magris reflexionará y tal vez tenga la generosidad de presentarnos los frutos de su pensamiento…”
En seguida nos dimos cuenta de que aquel arrebato era lo contrario de lo que parecía; es decir, que era una invitación genuina y paradójica a pensar realmente, lo que no significa alardear de la propia opinión sino más bien aproximarse a un tema poniendo entre comillas las agudezas de nuestro pequeño yo. Cuanto más importante es el tema, más insignificantes se vuelven las reacciones personales. Podemos tener una opinión personal sobre un escritor medio, pero ante el Quijote todos somos intercambiables, reclutas del destino, alineados frente al amor y la muerte, el encantamiento y la imposibilidad de vivir.
Comparto la hipérbole de Dostoievski, según la cual el Quijote bastaría para justificar los caminos del hombre hacia Dios. Este libro lo contiene todo: lo sublime y lo terreno, lo sagrado y lo insidioso, la fe en el hombre y el escarnio, el caos y la fe. Parecería que tal globalidad autoriza a cualquiera a tomar del libro lo que más le plazca, desde el idealismo del caballero a la boñiga del león. Y en cambio eso es imposible, pues tales opuestos son inseparables, como las dos caras de la misma moneda. El queso aplastado bajo el yelmo, manchando y denigrando al Caballero de la Triste Figura, es al mismo tiempo la sangre que sudó Jesucristo.
Don Quijote, el caballero errante que cree pertenecer al viejo orden, es par excellence el héroe de la Modernidad. Sale al mundo no tanto para conquistarlo como para buscar y verificar su sentido. Pero tal sentido no existe, y su búsqueda obstinada le acarrea al caballero catástrofes, palizas e indecorosas humillaciones que, sin embargo, no afectan su profunda ansia. La obra maestra de Cervantes demuestra la unidad indisoluble de utopía y desencanto. La utopía da sentido a la vida porque insiste, contra todas las pruebas que demuestran lo contrario, en que la vida tiene un significado. Don Quijote persiste en creer, contra toda evidencia, que la bacía del barbero es el yelmo de Mambrino, y que la basta Aldonza es la adorable Dulcinea. Se equivoca, y Sancho Panza ve que el yelmo no es más que bacía, y siente el aroma a establo que se desprende de Aldonza. Sin embargo Sancho comprende que el mundo no es verdadero ni completo sin esa búsqueda de la belleza radiante y del yelmo encantado, y por el hecho de necesitarlos se refleja su propia luz sobre las bacías herrumbrosas y la realidad adquiere el esplendor del significado. Cuando el caballero recobra el entendimiento, Sancho se siente perdido y mutilado sin aquellas aventuras hechiceras, y entonces es él el verdadero don Quijote.
Pero también don Quijote sería un ser vacío y peligroso sin Sancho Panza, porque carecería de los colores, los sabores y la concreción de la existencia; sería tan peligroso como lo es la utopía cuando ultraja la realidad, confundiéndola con su propio sueño e imponiendo brutalmente ese sueño sobre los demás, como suele ser el caso de las utopías políticas y totalitarias. El quijotismo auténtico y alejado de la retórica toma partido por Sancho Panza, y hunde el estandarte de lo ideal en el polvo de lo cotidiano como para reclamar el derecho a volverlo a elevar de nuevo. Cuando Sancho, oyendo a su maestro ensalzar las maravillas y prodigios vistos en la cueva de Montesinos, le dice que probablemente sólo sean cuentos chinos, don Quijote se muestra de acuerdo. Y es esta capacidad de creer y de no creer, de unir indisolublemente entusiasmo y desilusión, lo que en realidad nos capacita para vivir.
La obra maestra de Cervantes es la base de la narrativa moderna, su simbiosis entre novela y teoría novelística, en que cada una emerge de la otra. Muestra cómo se desmoronan de forma ridícula las tentativas de redimir el mundo, pero también cómo la necesidad de cambiar y mejorar ese mundo se reafirma a sí misma después de cada derrota. Maltratado y aun así irreductible, don Quijote tiene fe no en la vida, que no sabe lo que está haciendo, sino más bien en los libros, que no se limitan a explicar la vida sino que también son lo que le otorga a ésta un sentido, sus enseñas.
Por esas enseñas presenta batalla y es vencido regular y cómicamente, pues casi siempre pierde el bien y triunfa el mal. Pero ni siquiera cuando cae de la silla pone en duda esas enseñas: cuando el bachiller Sansón Carrasca le reduce, declara que su debilidad no compromete la verdad de aquello en lo que cree.
Es esta conciencia lo que nos permite vivir a pesar de las continuas derrotas. Sancho —en absoluto de menor talla que su maestro— nos recuerda que los hombres (es decir, nosotros) nacen tal y como los ha hecho Dios (como Dios nos ha hecho), y a veces hasta un poco peor. Con sólo saber esto, cuando algún individuo, o incluso el mundo entero, nos espete amenazadoramente: “¡Usted no sabe quién soy yo!”, tendremos derecho a replicar, con la humilde firmeza de don Quijote: “Pero sí sé quién soy yo”.









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