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Una idea de la inmortalidad

· julio 27, 2018

Roger Caillois

Se trata sin duda de los encantos estáticos heredados de los antiguos chamanes. Se supone que cuando el espíritu está exento del cuerpo, antes de reintegrar su envoltura, recorre sin esfuerzo y casi instantáneamente los diferentes mundos naturales y sobrenaturales; se mueve libremente entre conos opuestos, cada uno de ellos con nueve pisos que componen los Cielos y los Infiernos, conformando el universo. La ínfima e inmensa natura donde viven los hombres ordinarios es el minúsculo lugar donde los ápices de los conos se tocan.

¿Cómo se alcanzaban estos estados de coma y alucinaciones? ¿Acaso Mi Fou fijaba la piedra perforada hasta el punto de la hipnosis? Algunos textos se inclinaban a conjeturar que el adepto hacía circular, por las cavidades comunicantes que contenía, vapores que lo embriagaban. Qué importa. De esta práctica, lo que yo retengo es una contemplación intensa y prolongada de una piedra, el mundo en reducción donde el alma deslumbrada penetra y saborea un júbilo exaltador.

Sólo los inmortales son capaces de semejantes caminatas, o mejor dicho, invirtiendo la fórmula diríamos, sólo aquellos que presienten semejantes plenitudes, que sueñan que realizan semejantes viajes, pueden tener un presentimiento de inmortalidad. Ésta no es una supervivencia indefinida, no se obtiene a través años o las obras, ni tampoco a través de la descendencia carnal o la veneración de los discípulos, o a través del resultado de la acción.

El Verdadero se vuelve invisible, retirándose a una isla, en la cima de una montaña, dentro de una caverna en forma de botijo. Se adentra y se pierde en el paisaje que él mismo trazó. No volviéndose a ir del lugar se marchó del mundo de las variaciones fugaces y vanas para recobrar la fuente universal, para participar en la incorruptible permanencia. En esos asilos donde nada podría alcanzarlo ni perturbarlo, es inmortal, silencioso, insensible, como las piedras lo son. Asimismo, se ha reunido con la savia que está adentro de los árboles, los helechos y las briznas de hierbas. Las sutilezas de las teologías, las aporías de la metafísica, las promesas del alumbramiento o de la felicidad no tienen otra desembocadura que esta consentida vacuidad. Un simple anciano es suficiente para relevar a los fabulosos inmortales que un bello día nadie volvió a ver. Él ha descubierto la vía. Sin leyenda ni congojas ni vértigos, ha dado el ejemplo de la serenidad misma, sólo por el hecho de reconocer dentro de la piedra que fue de su preferencia, lo que le gusta de ella, la total perfección profana, si no es que la laica.

Así, en 1601, el prefacio del poema Siao-lou-che anota que un aficionado de Lo-yang poseía una piedra en donde se podían distinguir los arroyos y las simas. Ella portaba un árbol enano, un pino eternamente verde, al cual las estaciones no le afectaban y donde el brillo jugaba con el resplandor de la piedra.

El propietario de la maravilla se identificaba con ella diciendo: “Los ancianos tenían la costumbre de decir: ¡mira lo que a él le gusta y sabrás qué tipo de hombre es! Como viejo coleccionador, esto se puede aplicar a mi caso. El pino, puro y bello, con huesos floridos, sin nada de común y corriente: con todo y que está sin movimiento, el cuerpo de la piedra tiene una eficiencia que sobrepasa toda una generación, he ahí su naturaleza; cantando con asiduidad sin hastiarse; es parte de su cultura; prolongando su dicha a lo largo de los años, sin venirse abajo: ésta es su longevidad. Así, yo también, viejo, yo soy la piedra y la piedra es yo.” En otra parte y anteriormente, Epicteto, Marco Aurelio y los Sabios del Pórtico supieron decir en otros términos, en otro idioma: “Yo no busco, ni rehúso.”

——

Fragmento de Piedras, de Roger Caillois, publicado por Nueva Imagen, México, en 2001.

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