Sue Prideaux
Una cicatriz fruto de un duelo era una insignia de honor esencial. Nietzsche siguió un método poco convencional para conseguir una. Cuando creyó que su dominio de la esgrima estaba a la altura, fue a dar un agradable paseo con un tal Herr D., que pertenecía a una asociación que solía librar duelos con los miembros de Franconia. A Nietzsche le pareció que Herr D. sería un adversario plácido. Le dijo: “Tú eres un hombre de gustos similares a los míos, ¿no podríamos librar un duelo? Prescindamos de todos los preliminares habituales”. Eso no se ajustaba precisamente al código de duelo, pero Herr D. aceptó servicialmente. Paul Deussen fungió de testigo. Contó que las hojas resplandecientes danzaron alrededor de sus cabezas desprotegidas durante unos tres minutos, antes de que la espada de Herr D. alcanzara el puente de la nariz de Nietzsche. Derramada la primera sangre, el honor quedaba satisfecho. Deussen vendó a su amigo, lo subió a un carruaje, se lo llevó a casa y lo metió en la cama. Un par de días después se había recuperado totalmente. I
La cicatriz es tan pequeña que no puede apreciarse en las fotografías, pero fue motivo de profunda satisfacción para Nietzsche. No tenía ni idea de lo mucho que se rieron los amigos de Herr D. cuando éste les contó la historia.
Los franconianos tenían por costumbre visitar los burdeles de Colonia. Nietzsche fue a la ciudad en febrero de 1865, contratando a un guía para que le enseñase la catedral y otros lugares de interés. Le pidió que lo llevara a un restaurante, pero es posible que creyera que era demasiado tímido para pedirle lo que de verdad quería porque lo llevó a un burdel. “De repente me vi rodeado por media docena de criaturas vestidas con gasas y oropeles que me miraban expectantes. Durante un instante me quedé absolutamente pasmado ante ellas; entonces, como si me impulsara el instinto, me dirigí al piano como si fuera el único objeto con alma de todos los presentes y toqué un par de acordes. La música activó mis extremidades y al momento estaba de nuevo en la calle”.
Esto es cuanto sabemos del incidente, pero en esta versión reverberan ecos de literatura y leyenda nietzscheana. Algunos creen que no se limitó a tocar un par de acordes al piano y marcharse, sino que se demoró para cumplir el propósito usual de esas visitas, durante el cual contrajo la sífilis, de la que provendrían sus posteriores problemas de salud físicos y mentales. Una de las justificaciones de esta creencia es que en 1889, cuando ya había perdido la cordura y estaba en el manicomio, dijo que se había “infectado dos veces”. Los médicos dieron por sentado que se refería a la sífilis. Si hubieran mirado su historial médico, habrían descubierto que había sufrido gonorrea dos veces, un hecho que había reconocido ante los médicos cuando todavía estaba en sus cabales.
Thomas Mann convierte el incidente del burdel en central en su inmensa novela Doktor Faustus, en la que Mann recrea la leyenda de Fausto, reimaginando a Nietzsche en el papel del título. Mann elige la velada en el burdel como la noche en que Nietzsche/Fausto vende su alma al diablo a cambio de la mujer que desea. Ella se convierte en su obsesión y su súcubo. En versiones anteriores del Fausto, es Helena de Troya la que habitualmente adopta ese papel, pero Mann, de forma extravagante, sustituye a Helena por la Sirenita de Hans Christian Andersen, una pobre criatura que para consumar el amor humano debe sufrir terribles torturas: le cortan la lengua como precio para cambiar su cola de pez por una escisión humana y cada paso que da sobre pies humanos la hieren como espadas afiladas. Tal vez eso nos dice más sobre Mann que sobre Nietzsche.
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Fragmento de ¡Soy dinamita! Una vida de Nietzsche (Ariel, México, 2019). Título de la Redacción.









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