Hernán Lara Zavala
La minificción, el mini-cuento o cuento súbito, como se ha clasificado al género breve, ha tenido un gran auge entre los escritores hispanoamericanos, acaso por ser tan afín a nuestro temperamento y responder a una mayor espontaneidad en la poesía y el texto corto que en las formas de mayor aliento y extensión. La minificción, tan practicada entre nosotros, plantea varias exigencias de carácter formal inherentes a este particular género: ingenio dentro de un espacio mínimo, rigurosa selección de palabras y situaciones, ejercicio de la prosa poética, inspiración, velocidad y temperamento lúdico así como una cierta intención experimental que debe rematar, necesariamente, con una revelación tan sorpresiva como contundente. Autores como Ramón Gómez de la Serna, Max Aub, Álvaro Mutis, Augusto Monterroso, Julio Cortázar, Luis Britto García, así como los mexicanos Julio Torri, Juan José Arreola, Raúl Renán, Salvador Elizondo, José de la Colina, Agustín Monsreal, René Avilés Fabila, Guillermo Samperio y Alberto Chimal, para mencionar sólo a los más reconocidos, han logrado crear toda una escuela. No obstante, el género también implica sus peligros pues se ha prestado para que algunos practiquen el texto “facilón” o ñoño o para ejercer la mera “ocurrencia” disfrazada de minicuento.
Por ello, me resulta tan importante que el joven escritor Fernando Sánchez Clelo le haya impreso un nuevo giro a la ficción súbita al aplicar la técnica del minicuento a lo que se llama “novela negra” a partir de prosas breves que relatan varias historias independientes pero que, a medida que se lee, logran crear un efecto acumulativo que da la sensación de que el libro es realmente una novela.
Si es verdad, como dice Borges, que los cuentos se basan en anécdotas mientras que las novelas en caracteres, Sánchez Clelo ha logrado una extraordinaria combinación de ambas cosas al ofrecernos varias minificciones que narran la historia de un personaje típico de la novela negra, un antihéroe al que el autor bautizó con el nombre de Buck Spencer; su oficio: detective privado, un tipo “duro de pelar”, irónico y solitario instalado en su sórdida oficina —en donde hay un perchero del que cuelgan una gabardina y un sombrero, y él carga un revólver bajo el brazo— donde recibe a sus clientes, amigos y enemigos para que les resuelva algún caso.
El libro está dividido en tres secciones: “Una gota de sangre cruza la línea”, “Sólo la feliz desdicha” y “Una sombra por alma”. Los minicuentos no son extremadamente cortos —una cuartilla, cuartilla y media— aunque las anécdotas están rápidamente planteadas, a veces son casi telegráficas y utilizando muchos diálogos, como si se tratara de crear un boceto o una estampa a partir de ciertos enigmas o situaciones. Las soluciones nunca son explicativas y están más implicadas que descritas. En cada cuento se plantean enigmas y misterios y en la resolución de los casos siempre hay humor, parodia, juego, ironía. La sensación que ofrece cada texto es que el lector está colaborando con el autor en cada uno de los casos presentados. Debe hacerse notar que, a lo largo del libro, no sólo Buck, el detective, constituye el centro del volumen sino también los personajes secundarios que transitan por varios cuentos, lo cual le da una vez más el aspecto de novela a la colección: El capitán Filiberto, El Cerdo Harry, Elefante, el Adivino Merkel, el inspector Streyn, Gregor el Apestoso, Chacal, el cura Onofre, McFarlan… todos ellos conforman una fauna de seres despreciables del bajo mundo que se enfrentan, de diversas formas, al lacónico, estoico y escéptico Buck que, en ocasiones, se permite hablar en primera persona para describirse a sí mismo: “Quizá soy un personaje que algún escritor creyó interesante porque arriesgo mi vida, porque cargo mis culpas y oculto mis cicatrices”.
Las heroínas: Elidé, Sara, la señorita Daley y Sonia Batista son mujeres sensuales que rondan la vida de Buck y contrapuntean el lado sórdido de los casos que se nos plantean sin que él ceda a sus caprichos, como buen detective de novela “hard boiled”.
Fernando Sánchez Clelo nos hace tres llamadas, cual obra de teatro, durante todo el libro y nos ambienta los cuentos con música de jazz para darnos la idea de que tal vez no estamos frente a un libro sino ante una puesta en escena, lo cual forma parte del encanto que encierra este breve y original volumen que logró unir de forma muy divertida el texto breve y la novela detectivesca.
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Prólogo al libro de Fernando Sánchez Clelo, Un reflejo en la penumbra, editado recientemente por Ficticia en su Biblioteca de Cuento Contemporáneo.









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