Fabiola Morales Gasca
Cambiará el universo pero yo no,
pensé con melancólica vanidad, Jorge Luis Borges, “El Aleph”
Tiempo y espacio son dos conceptos ligados que han preocupado al hombre. La física y las matemáticas han hecho esfuerzos por explicar y representar estos eventos. Para Galileo y Newton la representación del espacio era lineal; con un poco de esfuerzo los científicos lograron asociarlo a un espacio continuo en un instante de tiempo. Para Albert Einstein el tiempo depende del estado del movimiento del observador. Dos personas medirán tiempos distintos para un suceso que dependerá de la velocidad entre los observadores. Considere que si viajamos al lado de un rayo de luz a su misma velocidad nos parecería quieto lo demás, lo mismo que si vemos un tren viajando en paralelo y a la misma velocidad que nosotros. Ir más de prisa equivale a que el espacio se contraiga: la luz no se detiene sino el tiempo. Esto, que es complejo de entender aun con términos sencillos, ya fue demostrado matemáticamente en la teoría de la relatividad.
En la cosmología budista tiempo y espacio se muestran con otra visión. El espacio no se considera como una categoría aprobada al margen de una percepción cognitiva que de alguna manera lo impregna y configura. Los seres que lo habitan, ya sean corrientes mentales toscas y sensibles (kāmadhātu), sutiles (rūpadhātu) o inmateriales (ārūpadhātu) son independientes. Al ser función de los estados de la mente, el espacio pierde su indiferencia y se atempera, se convierte en una actitud y un modo de ser, se dota de inclinaciones. Y la curvatura del espacio, su gravedad, se torna función de las miradas que lo crean. Así, la tradición hablará con frecuencia de espacios inquietos y espacios serenos, espacios oscuros y luminosos, ámbitos de dicha y ámbitos de sufrimiento. Según esta narrativa, la conciencia o, mejor, los estados de conciencia, crean el receptáculo para lo sensible. La mente se crea un cuerpo. Pero puede invertirse esta perspectiva, y puede existir un repliegue de lo sensible y de lo material para dar paso a un mundo imperceptible que carece de forma pero no de entendimiento, donde los estados de conciencia subsisten al margen de lo material.1
El físico Karl Friedrich Gauss decía: “Dios hace aritmética”, pero igual Dios juega con la geometría perfecta porque distribuir las constelaciones en el cielo no es tarea fácil. Así, el espacio se entrelaza con la materia y forman un ente que ofusca a los hombres. Esa inquietante realidad ha intentado ser descrita por teólogos, físicos, matemáticos, filósofos y escritores. Los últimos son los que más se divierten mezclando todo lo anterior. El escritor argentino Jorge Luis Borges es claro ejemplo. Él juega con nosotros en sus cuentos. “La biblioteca de Babel”, “El inmortal”, “El jardín de senderos que se bifurcan”, “La muerte y la brújula”, “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “Los dos reyes y los dos laberintos”, “Funes el memorioso”, “La muerte y la brújula”, son algunas muestras. Su narrativa alude a un mundo tan abstracto como el de los números, demostraciones y modelos, manejando los conceptos de relatividad, tiempo y espacio con experiencias de los protagonistas de perspicaz manera.
“El Aleph”, uno de los textos más representativos del autor, plantea la realidad como una percepción de espacio y tiempo que nos mueve a un universo marcado de recuerdos e idolatría hacia una mujer. Beatriz Viterbo nos seduce de perfil y de colores, nos hace gravitar en su mundo de banalidades con su pekinés al lado. Borges nos lleva al recorrido de un suspiro relativo de doce años tras la muerte de la amada. Nos lleva al mismo nido de los recuerdos y a comprender su aversión a Carlos Argentino Daneri.
Borges no desperdicia ocasión para seducirnos con el entramado relato que va del amor a la crítica poética más mordaz para burlarse y destrozar a su alter ego, Argentino, rival de amor y escritura. Con fresca insolencia nos sacude de la época helenista al arte moderno bilingüe. Se burla, no de la crítica sino de sí mismo, del ego de los escritores y de la posesión del infinito. ¿Tal vez el temor del hombre hacia lo eterno? El sí o el no depende de cada uno que halla la respuesta exacta cuando baja acompañando a Borges a descubrir el Aleph, tras la llamada desesperada de Argentino sobre la vieja casa de la calle Garay que será derrumbada y cuyo sótano del comedor contiene el Aleph, que gira no sólo sobre el mundo sino el amor.
A oscuras, en una aparente trampa, como la de los sentidos, nuestros deseos y cuerpo, la matrix que nos atrapa, Borges descubre “El Punto que contiene todos los puntos del universo”. Aquí empieza la desesperación del escritor; llámese también el desasosiego de los hombres por aprehender lo infinito: la bella fábula de los dioses por poseer la verdad que nos fue arrebatada tras salir del Paraíso. El punto donde se concentran las cualidades de Dios: omnipresencia y omnisapiencia. Ángeles, lunas, albas, tardes, calles, nieves, vetas, libros, animales, espejos, hormigas se concentran bajo la mirada del hombre que ha mirado inconcebible el universo. Todo conocimiento nos recuerda el árbol del bien y del mal, árbol de erudición cuyo fruto tiene un precio: para Adán y Eva el exilio; para el protagonista otro alto: la desilusión.
El Borges protagonista de “El Aleph” pasa por la metamorfosis de su propia sangre y el engranaje del amor para llorar y sacudirse lo innumerable. Él permanece frío y visceral ante la venganza más benévola: “Abracé, al despedirme, y le repetí que el campo y la serenidad son dos grandes médicos”. Muy pocos autores dibujan con sus palabras lo delicado de aquello que tiene expresión matemática, lo humano y lo divino.
Prevalecen al final de esta historia el insomnio y un latente olvido, evidente recordatorio de lo finito del infinito que nunca se alcanzó. ¿Será acaso “El Aleph” la lucha eterna por permanecer atado a lo mundano, rechazando lo divino? ¿Acaso Borges diluye en su cuento la historia del hombre echado del Paraíso? Borges esboza a la humanidad en su condena de tiempo-espacio. En el amor, lo humano y lo divino se rebasan, se desbordan para hacernos dioses o pordioseros, viles ángeles caídos. La elección frente al Aleph cada quien la tiene. Mientras ecuaciones matemáticas siguen depurándose para brindarnos la imagen exacta del cosmos, podemos nosotros, simples mortales, lejos de las complejas matemáticas y de física cuántica, sonreír: “El Aleph” ya nos ha dibujado parte del universo en unas cuantas páginas.
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1 Ver Juan Arnau, “La concepción del espacio-tiempo en la cosmología sarvāstivāda”, Research Studies, Instituto de Historia de la Ciencia y de la Medicina López Piñero (csic-universidad de valencia) [email protected]









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