Jeremías Ramírez Vasillas
Pánfilo se quedó debajo la mesa de la cocina. Temblaba apretando con sus brazos un pedazo grande de pan. El mantel que caía a ambos lados de la mesa de la cocina evitaba que el patrón y el capataz lo descubrieran. Con atención escuchaba cómo hablaban de Doroteo, se les notaba en la voz que le tenían miedo. Discutían la manera de acabar con él pero no sabían cómo atraparlo. Decían que les estaba causando muchos problemas. Pero en ningún momento hablaban de lo que ellos le habían hecho para que él, enfurecido, se hubiera ido al monte para regresar al frente de una banda temible. Pánfilo acababa de estar tres días sin comer, castigado por haberse dormido cuidando las ovejas. Lo habían amarrado en un poste en el almacén de las herramientas del que había podido soltarse y, hambriento, se había ido derecho a la cocina: sólo quería un pan y lo había conseguido pero ya no le dio tiempo de salir: se quedó atrapado debajo de la mesa. Si lo descubrieran bien sabe que lo castigarían como a una bestia, y no importaba que sólo tuviera seis años. Pero ya crecería, fuerte y grande, con un bigote ancho y un caballo azabache y se pondría un nombre que de oírlo los hiciera temblar. Uno como el que se puso Doroteo: Pancho Villa, o algo así́, que sonara fuerte, que sacudiera hasta los montes. Doroteo Arango era buen nombre, pero Pancho Villa era mejor. Al pronunciarlo, espantaba. Él necesitaba uno así́ para que cuando lo oyeran los amos temblaran, las niñas de la casa lloraran y las mujeres se llenaran de temor. Pánfilo oye a los lejos el galope de un caballo, no el de Pancho Villa, sino el de él, el nuevo centauro del norte que se cocina entre temblores y botas debajo de la mesa.
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El autor nació en la ahora Ciudad de México. Ha publicado tres libros: Arañas en el silencio — Minificciones (Ediciones La Rana, 2011), La rebelión de la memoria (Editorial Cuatro Gatos, 2013) y El guerrero, la doncella y otras estatuas (Ediciones La Rana, 2014).









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