Pablo Manuel Rojas Aguilar
A lo lejos, en medio de la oscuridad, la luz de una lámpara se enciende. La ventana empañada por el calor refleja un manuscrito, ideado por arduas permutaciones de palabras y de azarosas cifras. El pergamino aguarda, ya cargado de infinito, los pormenores de una fórmula que exige veintitrés columnas y la comprensión de centésimos alfabetos y de palabras.
Alguien construye a un hombre en las penumbras. Un hombre construye a un hombre repitiendo la fórmula sobre cada órgano del amorfo cuerpo… Con torpes manos, moldea en el barro los ojos tristes y la piel cetrina. Su técnica es ineficiente, no importa; el hombre insiste y labra a su hombre con geometría inexacta, desde su imperfección. Sigue moldeándolo con la certeza de ser Dios, con la ficticia fórmula mágica que creyó haber obtenido de los arcanos…
Ha concluido la labor, y ha inspirado un soplo de vida en la frente de su hijo; pero requiere de la palabra para animarlo. Coloca el shem debajo su lengua y las libres fuerzas siderales del universo lo animan para que cumpla con los mandatos…
El más grande amor le fue dado cuando miró los ojos de su quimera y los percibió vacíos, como una caracola que guarda músicas y está hueca por dentro… Pensó en la cruel fortuna de su hijo, en la vida sorda y vegetativa que le aguardaba; pensó en la cruel condena de tener que pulsar cada día las campanas de la sinagoga, de realizar los trabajos pesados, de ser un siervo y de ser visto solamente como un aprendiz de hombre…
Con las lágrimas tibias acariciándole el rostro, le pidió, dulcemente, que desatara sus sandalias… Cuando la vasta criatura estaba agachándose para cumplir con el mandato, borró de su frente el soplo de vida que le había imbuido, y el gólem volvió a su polvo y voló hasta perderse en el infinito…
Con el más grande amor, Dios miraba todo esto, desde su fatídica tristeza, con sus mil ojos, entre las penumbras.









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