Pablo Manuel Rojas Aguilar
A mi amigo Radamantis.
Ojalá estas palabras fueran eternas como tu felinidad.
Ni el oro del tigre, ni el linaje del jaguar, sólo el decreto divino de aventurar el alma entre las sombras. Tuya es la eternidad, el instante imposible en que pude mirarte como una pantera en la noche desde mi ventana. Tuyo es el secreto, más remoto que el Eufrates y el Oriente, tuyos son los días y las lunas de otros tiempos, donde siempre se te ha buscado, indescifrable, como a una divinidad. No obstante, tu terso pelaje condescendió a la caricia de mi mano y tu furtiva cola a enredarse entre mis piernas para hacernos compañía, para que, llegado el momento, yo tuviera que enterrarte bajo la infinita noche sin que tú siquiera lo notaras, porque habitas en un ámbito cerrado para el hombre, para los mortales, entre los sueños.









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