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Un espíritu fulminante

· abril 7, 2016

Luis Eduardo Rivera

 

Durante los siglos XVII y XVIII, el duelo de agudeza verbal y de ingenio brilló como un deporte de élite en los salones de la nobleza europea. Por entonces, la corte de Francia sobresalía como arquetipo del refinamiento y la frivolidad. Asimismo, la lengua francesa irradiaba todo el esplendor de su retórica. Un homme d’esprit podía fácilmente acaparar la admiración de la corte, e incluso aspirar a ganarse el favor de los grandes. De entre los virtuosos de la palabra que despertaron la pasión de los salones aristocráticos durante el reinado de los dos últimos Luises, el campeón indiscutible fue el conde Antoine de Rivarol, figura singular dotada de la precisión y la seguridad del más hábil ajedrecista.

La comparación con este juego de estrategia no es gratuita, porque si nos detenemos a considerar los actos importantes de su biografía, da la impresión de que éstos han sido concebidos como jugadas en el tablero, siguiendo las indicaciones de una inteligencia lúdica, implacable y certera. Y también porque, en la vida de Rivarol, hallamos siempre una voluntad de confrontación, de ataque y de repliegue. La plena confianza en la superioridad de su genio lo condujo a situaciones límite que muy pocos personajes de su época y de su condición pudieron darse el lujo de alcanzar sin preocuparse de las consecuencias que éstas les ocasionaran.

El primero de esos desafíos lo hallamos en la elección de sus orígenes nobiliarios. Instalado ya en París, y sabiendo que sin las debidas recomendaciones y, sobre todo, sin títulos de nobleza le sería imposible el acceso a los salones frecuentados por las grandes personalidades del momento, Rivarol decide debutar en sociedad con un título prestado, el de caballero de Parcieux. A juzgar por su ascendencia inmediata, Rivarol no pertenecía a la nobleza: su padre era un hotelero de origen milanés y su madre provenía de una familia de la burguesía provinciana. Rivarol se apropia del apellido y, en especial, de la partícula de, que en la Francia monárquica —y aun en la republicana, hasta nuestros días— indica la procedencia nobiliaria, con el pretexto de contar con un pariente poseedor de aquel rango. Durante algún tiempo, las puertas de la aristocracia le serán abiertas, hasta que el verdadero caballero Parcieux, un viejo académico primo lejano de su madre, lo amenaza con la cárcel si continúa usurpando su apellido. No pasa mucho tiempo sin que el joven, al que nada amedrenta, se adjudique un nuevo título nobiliario. Nace entonces el conde Antoine de Rivarol, un gesto tan insólito en su insensatez que no podía ser tomado sino a broma.

En el momento en que Rivarol entra en escena los grandes nombres de la literatura francesa han desaparecido; la vanidad y el oropel ocupan el lugar del talento y la inteligencia. El gusto (término muy de la época) se había echado a perder. Muy pronto, el ambiente que domina los salones le desagrada e irrita. Decide entonces declararle la guerra a la mediocridad reinante y lanza algunas bombas incendiarias en forma de panfletos versificados. Apunta hacia lo alto, hacia las figuras más admiradas del momento. La elegancia y la claridad de su verbo están teñidas de un humor ácido; su puntería, infalible, es decir, fulminante, le acarrea el odio tanto como la admiración del público. Rivarol molesta, pero al mismo tiempo divierte; después de Voltaire no había existido una pluma que combinara con tanto brío la agudeza y el humor.

A continuación protagoniza algunos éxitos literarios, y, probablemente hastiado de una celebridad conseguida demasiado fácilmente, decide una vez más remover el panal de las avispas publicando un nuevo y explosivo folleto. Esta vez su blanco es mucho más vasto; arremete, de lleno, contra el mundo de las letras en el Pequeño almanaque de nuestros grandes hombres para 1788. Los seiscientos cincuenta autores que figuran en él son disecados por su genio sintético, la mayoría reducidos en un par de líneas a su justo valor. Su furia contra lo mediocre es tan visceral que, por momentos, se ciega y resulta injusto con algunos de sus contemporáneos, que, sin embargo, admiraban la originalidad de su talento crítico.

Al llegar la Revolución, Rivarol no duda al escoger el bando. Aunque odia la superficialidad y la opulencia de la aristocracia, lamenta con igual intensidad la pérdida de los valores que, para él, han forjado la grandeza de Francia. La violencia revolucionaria le causa más repulsión que temor, por su desmesura y por su irracionalidad. Aun siendo monárquico, su lucidez y su sentido de la justicia no lo abandonan; Rivarol no desprecia al pueblo, no hay en sus escritos ninguna alusión hiriente o despectiva hacia éste, pero sí desprecia al burgués. Detrás de los discursos y las consignas de los líderes revolucionarios adivina la implantación de una ideología y un orden social. El igualitarismo que éstos predican le resulta tan inalcanzable y desmesurado como irracionales le parecen los medios empleados para imponerlo. Más que un conservador, Rivarol podría ser considerado un reformista, un moderado. En un extenso ensayo sobre su figura, Ivan Loiseau opina al respecto: “No es un contrarrevolucionario ciego; de sus obras podemos extraer incontables y siempre justas críticas con relación al estado de cosas anterior a 1789; para empezar, detestaba esa palabra. ‘Revolución —dice— viene de revolvere, que significa poner las cosas patas arriba”. Detestaba la confusión entre filosofía y política. Odiaba la abstracción y, sobre este asunto, tenía sus prejuicios. “La Revolución —asegura en 1789— no es sino una gran experiencia de la filosofía que pierde su proceso contra la política’”.

Los primeros años que siguieron a la Revolución fueron de una gran libertad de expresión. Radicales y moderados polemizaban abiertamente, incluso dentro de una misma publicación, como en el caso del periódico satírico Actas de los apóstoles, donde compartían espacio criticándose mutuamente. Siendo adversario de la Revolución, Rivarol no desaprovecha la ocasión para poner en ridículo a sus ideólogos; sin embargo, a medida que los acontecimientos se suceden, la relación de fuerzas le resulta cada vez más desfavorable.

En 1790 publica un nuevo libelo; el blanco contra el que apunta sus dardos es nada menos que la clase dirigente revolucionaria. Aunque el Pequeño diccionario de grandes nombres de la Revolución aparece sin firma, el estilo, el humor y, sobre todo, su genio lo delatan. Muchas de sus antiguas víctimas del Almanaque están en el poder y esperan el momento de tomarse la revancha.

En 1792, adivinando la represión que no tardará en llegar, Rivarol se refugia en Bélgica durante dos años; luego, huyendo siempre de la amenaza revolucionaria, se desplaza hacia Holanda, Inglaterra y, por último, Alemania. Muere en Berlín, el 11 de abril de 1801, a los cuarenta y seis años.

Su muerte en el exilio redujo su celebridad póstuma. Pero no sólo su exilio: la Historia siguió su curso, triunfó la Revolución y sus ideales democrático-burgueses, y bajo este nuevo orden social desapareció la aristocracia, la República sustituyó al Antiguo Régimen. Sin embargo, creo que las ideas de Rivarol acerca de los fines económicos primordiales de la nueva clase pujante, la burguesía, fueron certeras, convirtiéndose en uno de los primeros analistas de un proceso que, con el desarrollo posterior de los medios de producción, se transformaría durante el siglo XIX en lo que hoy llamamos capitalismo.

Otra de las causas que ha obstaculizado la difusión de su obra podría ser la falta de talento de sus primeros biógrafos, que, como bien dice Loiseau, “son de una insigne mediocridad”, aunque dos de éstos, sus discípulos Chénedollé y Champcenetz, jóvenes aristócratas que lo frecuentaron en el exilio alemán, nos dejaron valiosos testimonios escritos sobre su intimidad con Rivarol; claro que ambos cuentan para la historia de la literatura únicamente por su cercanía al maestro, como testigos de su agudeza desbordante, y no por sus méritos literarios. Hasta hoy, sólo dos de sus exégetas han estado a la altura de su cometido: Remy de Gourmont, que fue su redescubridor a principios del siglo XX, y a quien hay que leer a fondo para conocer bien la obra de Rivarol, y Ernst Jünger, quien además se ocupó de traducirlo al alemán.

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