Jesús Bonilla Fernández
Quizás he estado molestando al lector con lo que para mí ha sido muy importante y lo sigue siendo, que es la poesía de Robert Graves, así como sus ideas sobre el mito poético o, más aún, la mítica de la poesía, esa estética que de alguna manera nos proporciona consistencia como personas, aunque seamos, o creamos que somos incomprendidas. Es una idea que algún día podremos ligar con las ideas estéticas de Schiller, en el pasado o asimismo las videncias de Arthur Rimbaud. Remito al lector a mis dos últimas entregas para hacer la ilación de lo que sigue.
Los profetas —escribe Robert Graves en la posdata de La Diosa Blanca— hablaron en nombre de una divinidad masculina y decían: “¡esto dice el Señor!” Al contrario, “Una sencilla declaración amorosa: ‘¡nadie es más grande que la Diosa triple!’, han hecho implícita o explícitamente todos los verdaderos poetas de la Musa desde que comenzó la poesía”. Visitemos el relato en el cual Robert Graves hace el brindis por Ava Gardner en Mallorca, o ese salto para seguir y alcanzar a su amante, Laura Riding, que se había lanzado al vacío.
La Diosa Blanca, incluso en San Agustín, después de su asimilación, persiste en su influencia. Escribe Garry Wills que el historiador del donatismo W. H. C. Frend opinaba que a pesar de ser católica, la madre de San Agustín se crió posiblemente en esa secta y que su nombre, Mónica, es de origen bereber, como el de muchos donatistas. Posiblemente la forma original del nombre sea Monnica y esté relacionado con Mon, diosa libia de la luna. “Hacia 354 —dice Wills—, cuando nació Agustín, Tagaste [actualmente Souk Ahras, en el norte de África] era uniformemente católica. Pero durante la infancia de su madre había estado controlada por los donatistas, una secta de cristianos puritanos (su nombre derivaba de Donato, uno de sus líderes) que veneraban a los mártires de la persecución de Diocleciano y no estaban dispuestos a tolerar a ninguna persona que hubiera transigido con las autoridades durante los procesos.”
El imperio romano era oficialmente cristiano desde que Constantino promulgó el decreto de tolerancia en 313, con excepción del reinado del emperador “neopagano” Juliano el Apóstata, los años 361-363. Continuamos con Wills: “Para los que aspiraban a tener algún tipo de influencia, la educación significaba el estudio de los clásicos paganos, circunstancia que luego deploraría San Agustín, pero que sus padres aceptaron sin rechistar. El resultado de ello sería una curiosa mezcla de sensibilidades religiosas. Como dice el historiador Arnoldo Mogmiliano: ‘Adán y Eva y todos los acontecimientos sucesivos [de la Biblia] tendrían que enfrentarse a un mundo poblado por Decaulión, Cadmo, Rómulo y Alejandro Magno’. Muchos no lograron librarse de esa mezcla religioso-mítica.”
En varias circunstancias, San Agustín manifiesta su admiración por Virgilio (el “principal y más brillante de todos los poetas”) y Garry Wills la extiende hasta una identificación solidaria con la africana Dido que Eneas abandona, como se sintió el santo en algún momento abandonado por sus padres.
Ahora bien, veamos otra vertiente sobre el asunto. En el epílogo de la biografía de Robert Graves realizada por Richard P. Graves, su sobrino, menciona cómo la imagen de Laura Riding penetró de inmediato el “subconsciente” de Robert Graves y el papel que ella representó en toda su obra, desde La Diosa Blanca hasta su poesía. El siguiente poema, “La Diosa Blanca”, es la dedicatoria de su ensayo:
Todos los santos la vilipendian, y todos los hombres sensatos
que se rigen por la regla de oro del Dios Apolo,
despreciando a los cuales navegué en su busca
a lejanas regiones donde encontrarla era más fácil,
a quien deseaba conocer más que todas las cosas:
la hermana del espejismo y del eco.
Fue una virtud no quedarme,
seguir mi obstinado y heroico camino,
buscándola en el cráter del volcán,
más allá de la cueva de los siete durmientes,
a aquella cuya frente ancha y alta era blanca como la del leproso
y sus ojos azules, y sus labios como frutos del fresno,
y su cabello rizado del color de la miel hasta las blancas caderas.
La verde savia de la primavera que en el bosque joven se agita,
celebrará a la Madre Montaña,
y todos los pájaros cantores la aclamarán un día,
pero yo estoy dotado, incluso en noviembre,
la más cruda de las estaciones,
de una sensación tan grande de su magnificencia,
que olvido la crueldad y la traición pasadas
sin importarme dónde pueda caer el próximo rayo.
Un año después del rompimiento de su sociedad y relación íntima con Laura Riding, no es forzado reconocer esa representación. En febrero de 1940 escribe a su amigo Liddell-Hart qué puede decir él mismo acerca de Laura, y se responde que, para él, llegó “a un punto de excelencia poética (es decir, hipermoral) que nadie jamás ha alcanzado”. Por esa época continúa con su tributo: Laura Riding fue “el único poeta” que, como Aracne, tejió su poesía desde sus propias entrañas y —aparte su “insólita autoridad personal”— logró una síntesis toral: el Tiempo ha llegado a su fin.
Cita las palabras de ella: “Todos los políticos que van a ser elegidos ya han sido elegidos; y toda la excitación artificial por acontecimientos que nadie realmente considera ni muy importantes ni muy interesantes, se ha agotado. Todos los acontecimientos históricos ya han tenido lugar.”
El poeta dice que su amada vivió una época sin pertenecer a ésta y que hablaba con autoridad de la Mujer, originalmente, sin ningún complejo ante las tradiciones masculinas o los igualitarismos feministas.
El Vellocino de Oro es el periplo de Robert Graves en busca de la Diosa Blanca y en Deyá vive finalmente con Laura Riding, una diosa particular afanada por construir una carretera.
También algún relato sobre los latinos y la prodigalidad con sus mujeres puede tener algo de personal, si nos atenemos a la biografía de su sobrino o si leemos “Spite o Mirrors”, poema que Graves reconoció escribir sobre una mujer con sangre mexicana, italiana y vasca:
Te asombrarías de verdad
Si te pudieras contemplar
Cómo te vemos los demás,
Sin el reflejo del metal
Que cambia el orden de mejillas
¡E invierte muecas de sonrisas!
Mientras que estanques, lagos y charcos
(Todos están contra ti inspirados)
Sólo reflejan tu mirada austera
Hecha para textos de lectura seria
Y no tu fácil risa, ni destellos de ira,
Ni pensamientos en pasional romería,
Ni la culpa que nace, ni el miedo que surge,
Ni el presagio de una lágrima dulce.
¿Y en qué espejos reflejados
Ver tus párpados cerrados?
¿Y qué perfil? ¿Cómo juzgar?
¿Cuál en monedas acuñar?
Y ¿cómo podrías fijar la mirada
En tu firme nuca, de pronto desnuda
De rizos, cuando a recoger te inclinabas
Piedras transparentes allá en la playa?
Amor, si es que anhelas sentir la sorpresa
De un autocriterio, toma mis ojos y observa,
Zambúllete en su fondo y verás así
Cosas casi nunca vedadas para mí.
ALCOHOLES
Laura Riding: “Un poema no es nada. Por terquedad el poema puede ser convertido en algo; pero entonces es algo, no es un poema… La transformación de nada en algo es la tarea maldita del crítico. La literatura es la bodega de esos algos rescatados… Pero incluso así, la literatura es preferible a la experiencia, ya que es lo más cercano que uno puede estar de la nada.” (Traducción de Heriberto Yépez)









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