Jesús Bonilla Fernández
Hugo Diego Blanco, a diferencia de Henri Michaux, no se hizo marinero. Llegó a China, el Imperio Celeste, entre los finitos anaqueles de la Biblioteca Lafragua y el polvo del tiempo (“Cogí un libro y supe que estaba tomando la mano de un jesuita muerto en el desierto de Mongolia pero al soplar el polvo desapareció el tiempo que nos separaba”). El viaje que emprende es la relación de otros viajes, la trascendencia de narraciones de audaces y tozudos viajeros a nuestro idioma y a nuestros días.
Hará unos quince años, por circunstancias que no vienen al caso contar, eché un vistazo a la carta de navegación de Hugo Diego. El trazo de su periplo se sustentaba entonces en la metafísica de Jorge Luis Borges (“vidente invidente”) sobre los libros y las bibliotecas, en quince tomos abandonados en el recinto de una de ellas en la ciudad de Puebla, y en unos maravillosos objetos chinos de marfil, “las esferas de la paciencia, que no son otra cosa sino un pequeño universo inmerso en otro mayor que lo contiene y que a su vez está inmerso en otro…, en una infinita metáfora de nuestro ser y su entorno metafísico”.
Las cartas edificantes y curiosas escritas de las misiones extranjeras y del Levante por algunos misioneros de la Compañía de Jesús, son el pretexto de Las esferas de la paciencia (Vuelta, 1992) y la concreción de la aventura del escritor poblano. Comenzaron a publicarse en Francia en 1714 y en 1771 existían ya treinta y un volúmenes, de los cuales el jesuita español Diego Davin tradujo a nuestro idioma una selección en quince tomos.
Las misivas de los jesuitas cruzaban los mares y llegaban empapadas de devoción, erudición y asombro. Eran en realidad textos de literatura fantástica, nos advierte Hugo Diego, porque los jesuitas además de ser misioneros eran escritores.
Las esferas de la paciencia están hechas de una sola pieza de marfil, la cual se tallaba durante años y años. Es difícil no compararlas con los libros, su trabajo como algo gratificante y como un descanso. “Un deseo de decir esto hemos sido; una piedra, un palacio, un claustro, cien mil caracteres escritos.” Como los libros, quizá “también son el asombro que nace al sospechar la vastedad del espíritu de Dios. El infinito y la eternidad apenas son dos tímidas alusiones. El Cielo y la Tierra, la luz y las tinieblas, los mares y las semillas, la hierba y la noche son almas seductoras que llaman a los aventureros para perderse en ellas. El mundo se convierte así en un manto con pliegues que son ríos, hilos que son desiertos, bordados que son montañas”.
El libro de Hugo Diego demuestra la fascinación que siempre ha ejercido el Oriente en nuestra vida, y narra la inteligente confrontación que se dio entre las dos “experiencias” culturales (Occidente). Si en algún momento posterior las formas chinas de la filosofía y la religión fueron vistas en Occidente como “alternativas a la desesperación” —para utilizar palabras de Arthur Koestler—, no siempre fue igual.
“Tu lengua es nada”, quiso decirle el primogénito del emperador Kangxi al padre jesuita Parrenin. “Y si la lengua es nada también las cosas que nombra.” Ante ello la actitud de los jesuitas fue persistente, como siempre, y no cesaron de enseñar los portentos de las civilizaciones cristianas.
El mismo Koestler planteaba que en todas las épocas Oriente se ha interesado menos en la sophia, el conocimiento real del mundo exterior, que en la ousia, el ser esencial, y que prefiere la intuición a la razón y los símbolos a los conceptos. Según él, las dos actitudes deberían complementarse como los principios masculino y femenino, como el yin y el yang de la filosofía taoísta, como se complementaron en el pensamiento occidental antes incluso de la llegada de los misioneros jesuitas a China.
Las esferas de la paciencia es un excelente ensayo en su confección, en la urdimbre de su trama y en su escritura, es un libro por lo demás ameno, y descreído como el libro de Michaux sobre Asia. Es una aventura sin retorno y su universo —como decía Rolland de Renéville— parece situado en un oriente interior, jamás nombrado.
Hará unos seis meses*, después de bastante tiempo sin verlo, mantuve el siguiente diálogo con su autor:
—¿Haz estado en el oriente físicamente?
—No.
—Preguntarse por China es preguntarse por uno mismo, escribiste. ¿Nos puedes platicar qué respuesta, o respuestas, si son plurales, encontraste?
—No encontré respuestas. Di con muchos libros, y en esos libros encontré infinidad de historias que han sido muy importantes para mí. Chiang-tzu, por recordar una, cuenta que un carpintero era experto en identificar los mejores árboles para construir preciosos muebles que, ya laqueados, decoraban las casas de los mandarines. Durante años caminó por un sendero en donde siempre veía un árbol al que no le encontraba utilidad alguna. Observaba sus ramas desproporcionadas, su tronco torcido. “Inútil, éste es un árbol inútil”, se decía. Y fue esa inutilidad la que hizo que el árbol sobreviviera como árbol y terminara prematuramente convertido en un mueble. Ese árbol quería seguir siendo árbol y gracias a su inutilidad lo fue por mucho tiempo. Los árboles útiles, sobre todo los que destacaban inmediatamente su utilidad dejaron de ser árboles. La utilidad de lo inútil.
—En tu juventud estuviste algo involucrado con grupos políticos maoístas. ¿No se debía a la misma atracción por China?
—La China que me interesa es una China que no existe. En todo caso existió hace siglos. En la preparatoria leía a Mao porque sus libros eran despreciados por mis profesores. Ellos leían a Lenin o a Trotsky, y yo despreciaba las opiniones de mis profesores. Sinceramente no sé si una cosa sea consecuencia de la otra. Lo cierto es que la música, la poesía y el cine me han permitido construir una China imaginaria. Fue una deliberada intención de alejamiento la que me llevó a China. El excesivo interés por la política y la ideología me han parecido, desde hace mucho tiempo, una enfermedad infantil de los intelectuales y los universitarios. Y la salida que encontré a ese asfixiante ambiente fue inventarme un Imperio. Porque la China que me interesa no tiene nada que ver con la actual potencia militar y económica. Pero lo que me sucedió con China, sucede con muchas cosas. Habitamos nuestras fantasías con irrealidades.
—China —citas a Kafka en Tinta china— es un antifaz en forma de mariposa. En Las esferas de la paciencia escribes: “Tal vez no sólo sea la casualidad la fuerza que hizo escribir a Kafka que la muralla china era en verdad el cimiento de una realizable Torre de Babel.” Kafka es parte de la —llamémosla así— tradición metafísica de la literatura en Occidente, como existe una enorme tradición metafísica en China; asimismo, Kafka describe en metáforas el poder, como los chinos hicieron una tradición de eso. Pienso que no es una casualidad la relación de Kafka con China, pero me gustaría mucho escuchar tu versión.
—Cuando recurrí a “La muralla china” de Kafka no estaba pensando en las metáforas del poder. Simplemente leía, con cierta dosis de alucinación, cómo un delgado escritor checo, fantaseaba a la sombra de una muralla que nunca conoció. Ése era el motivo de mi asombro. Y cité a Kafka porque sabía que era un autor conocido y tal vez así me daría a entender. Pero debí de citar a otros autores francamente desconocidos, quienes me llevaron de la mano por la historia del Imperio chino. Sus libros se encuentran en la Biblioteca Lafragua. Muchos de ellos fueron viajeros que escribieron cartas, relaciones, artículos de enciclopedias. Encontré sus libros cuando la Biblioteca Lafragua era un notable repositorio de polvo. Con algunos estornudos y cierta irritación en los ojos leía aquellas historias chinas. Y me sorprendía reconocer que aquellos libros fueron escritos en Madrid o Barcelona y que terminaron arrinconados en el tercer patio del Edificio Carolino (sí, el mismo patio en donde leía yo a Mao y su fábula del Viejo tonto que removió las montañas). Y más me sorprendía leer que no hablaban de España o Cataluña, sino de la Ciudad Prohibida o del I Ching. Y entonces me di cuenta de que tenía unas ganas tremendas de anular lo que existía a mi alrededor y con entusiasmo hice dos cosas: Dejé de leer los periódicos nacionales y locales y me puse a leer libros olvidados que hablaban de un imperio desaparecido hace mucho tiempo. Empecé a respirar mejor y me di cuenta, con relativa satisfacción, que el mundo seguía su marcha y que era una experiencia agradable vivir ignorando las novedades políticas, culturales o editoriales. Así me alejé de la cotidiana dictadura de las ocho columnas y de los grandes problemas nacionales. De la vida moderna lo que más disfruto es la tecnología, pero con respecto a las ideas o a los libros prefiero leer lo que fue escrito hace siglos.
—¿Cuál es la China de Borges y cuál es su biblioteca?
—Leí a Borges cuando tenía que leer a Max Weber. A veces los prejuicios juveniles dan en el blanco. Yo estudiaba sociología, pero como desatendía las opiniones de mis profesores, leía libros que ellos no leían. Así descubrí a Borges. Tengo que ser sincero, tal vez lo que he escrito da una falsa idea de lo que a mí me interesa. En primer lugar la literatura me interesa poco. Quiero decir, el estudio profesional de la literatura es algo que nunca he practicado. Tampoco me interesan los apéndices publicitarios, ni las pasarelas tan apreciadas por la industria cultural. Leo por gusto lo que me gusta. Me interesan ciertos libros y ciertos autores. Los libros pueden ser de historia, astronomía o un diccionario de nudos marinos. Aclaro esto porque no quiero pasar como maestro de algo que no me interesa. Es algo relativamente sencillo y culturalmente es redituable disertar sobre autores consagrados. Pero en el fondo resulta insustancial.
—Dice Borges que Henri Michaux era un descreído de Asia, pero ¿cuál es el sentido de su viaje?
—Michaux aprendió a comer con palillos y se divirtió en Asia. Y es cierto, con los palillos no se puede coger ninguna creencia.
—En el Imperio Celeste un mandarín sería capaz de mandar —digámoslo así— pavimentar el camino hacia alguna comunidad, pero sólo para después enviar sus tropas de guerra y conquistarla. ¿Por qué no nos hablas más de la literatura y el poder?
—Cuando la literatura se encuentra cerca del poder es su sirvienta y cuando está lejos también.
—Insistiendo: ¿qué perderías con el incendio de tu biblioteca, morirías como Klein o comenzarías a pensar, como en algún lugar dice Nietzsche que le sucedió ante la ausencia de libros, dejando de leer?
—Esa imagen de la biblioteca incendiada es tierna y hasta melancólica. Pero es previa a la era Microsoft. En cualquier biblioteca virtual hay más libros que los que existían en la Biblioteca de Alejandría. Creo que para pensar no son necesarios los incendios.
—El palacio de la memoria de Mateo Ricci, que tanto le sirvió en su relación con los chinos, ese palacio que en otra situación, la expulsión de los judíos de España en 1491, recrea Lucia Graves en una novela… ¿Cómo puede ser posible en China, en sus ligeras —si no pensamos en la muralla—, efímeras construcciones? ¿Cómo ves la diferencia de las sólidas construcciones metafísicas que pretende Occidente, con las construcciones chinas que, me gustaría decirlo así, son el vuelo de una mariposa?
—No creo que las construcciones metafísicas de Occidente sean sólidas. Son gordas, inflamadas. Eso sí. “Todo lo sólido se desvanece en el aire” (es el título de un libro que me resuena como un eco). Tampoco creo en la levedad de las construcciones chinas. Confucio era un pesado y alrededor de su obra se construyó no sólo una filosofía, sino también una moral tiránica.
—Me extraña no encontrar referencia alguna a J. D. Salinger en Las esferas de la paciencia y en Tinta china. A qué se debe si de alguna manera él deseaba escuchar el sonido de un aplauso con sólo una palma de la mano, la manera zen o dar en el blanco sin apuntar a él, como enseña el tao?
—Reconozco que es un atrevimiento escribir sobre China sin ser un sinólogo. Existen muchos autores y libros que no he citado ni leído. Pero eso no me inquieta porque en todo caso sólo soy un sinófilo un poco distraído.
—¿Aparte de la cruz y la espada, y quizá el libre comercio, qué aprende China de Occidente?
—De los diez edificios más altos del mundo, ocho se encuentran en el Oriente. No sólo han aprendido a construir edificios, también fabrican coches y hacen copias piratas de todo lo que sus oblicuos ojos les permiten ver.
—La leyenda de la China Poblana, china, hindú, embarcada en una nao filipina, vidente católica y símbolo local y nacional… Tu libro, Las esferas de la paciencia, ¿es como un viaje de regreso al Oriente, una nao de Puebla?
—Siguiendo con las metáforas, creo que mi libro sobre China es un barquito de papel que no se dirige al Oriente real sino al mar de papel.
—También es una mezcla de teología, filosofía, aventura, en fin, aquellas actividades que llamamos literatura. Pero, ¿qué relación encontraste entre estos elementos durante tu viaje a China?
—Escribo sobre Dios sin ser un teólogo. Lo mismo me sucede con la literatura, la filosofía y la historia de China. Es un experimento. Es como tener un mapa y, a pesar de ello, seguir la ruta que no se encuentra indicada. He leído sin orden. Al tanteo. Nunca he tenido un programa de lecturas. Mi curiosidad se iba alimentando de algunos hallazgos producidos por el azar.
—El libro (quizás Jabes), la biblioteca (Lafragua, la Palafoxiana y/o la de Borges), la ciudad (Puebla, por supuesto), el Oriente (China, por supuesto) forman un eje de tu trabajo como escritor. ¿Ahora qué relación tienen en tu concepción y el desarrollo de tu literatura?
—Las bibliotecas me gustan porque me provocan la misma sensación que una noche estrellada: la inmensidad me parece un guiño. ¿De quién? ¿De nuestros genes? ¿De nuestros dioses? No lo sé. En la Biblioteca Lafragua aprendí que los libros son un universo y la literatura un continente. Esa experiencia me ha hecho un devoto observador del universo de los libros. Libros de paleontología y de historia de los viajes, de la teoría de la evolución y la historia de los mapas. Los libros de medicina y de ciencias del siglo XVIII me entretienen mucho.
—¿Qué escribes en la actualidad? ¿A qué más te dedicas?
—Estoy escribiendo sobre unos cartógrafos que en el siglo XVIII dibujaron un mapa de China. También preparo la edición moderna del libro de Fancisco Díaz de Covarrubias: Viaje de la comisión astronómica mexicana al Japón (1874). Actualmente soy un entusiasta de la fotografía digital, de los programas de música electrónica y del net-art. Estoy trabajando en varios videos y en algunas proyecciones de “poesía visual”.
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El presente texto apareció en la revista Metapolítica hará unos ocho años. Lo reproducimos en su totalidad como conmemoración de la publicación del libro Las esferas de la paciencia de Hugo Diego (Vuelta, 1992).









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