Ivonne Vira
Me siento cansada, cansadísima. Me ha agotado el sol, el viaje, la gente. Siempre es el mismo camino y las mismas caras, cosas que hoy se han llevado la poca energía que tenía. Antes de bajar del autobús busco las llaves. Las cubro con mi mano, casi como si las protegiera. Al bajar no siento el golpe del viento, no siento frío. Camino sin ganas, sin prisa, casi sin vida.
Al llegar a casa enciendo la lámpara de la sala. Saco de mi bolsa la ensalada que malcomí en la tarde y me siento. No tengo hambre, pero me obligo. —Sólo come un poco —pienso. No hay llamadas, otra vez. Me están olvidando. Están dejando que me vaya. Abandono la sala. Me quito con pereza los zapatos y el pantalón. Me meto a la cama. No siento frío. La cama es cómoda, suave y me hundo. Me voy, me sumerjo tan profundo como el cansancio me lo permite.
Este lugar suave y cálido no es mi departamento, me hundo más, abandono mi cama, caigo en una más suave, más cómoda. Sé que algo anda mal, terriblemente mal. Tengo miedo, frío. No hay luz, no puedo ver nada. No quiero ver nada. Cierro los ojos aunque no hay necesidad.
Ningún movimiento, sólo el sonido de mi voz. Quiero despertar ahora, de inmediato.
Miedo irracional. No hay nadie, pero temo que aparezca, que una vez más venga con sus manos y quieran arrebatarme de aquí, que ahí donde deben estar sus ojos no haya nada y quiera repetir mi nombre mientras sonríe.
No quiero verlo. La cama deja de ser cómoda. Despierto, pero el sueño sólo es distinto, sé que aquí sí me alcanzará. No me molesto en correr, me siento a esperarlo. Quiero ver su rostro sonriente. Sé que sabe que me he dado por vencida. Puede sentirlo.
Ya me han dejado atrás. Tomaron todas mis palabras y las borraron, es por ello que no le temo. Otros tiemblan ante su presencia, no es que quiera hacerle frente. Ya no le temo, aunque encienda las luces de este lugar para que nunca borre su expresión de mi mente. Viene a mí cada vez que su rostro comienza a desvanecerse. Puede hundirme en miles de sueños, nunca desaparecer. Se aferra a mí.
Puedo escuchar su respiración, lo excesivamente suave de la cama, el sudor en mis manos diciéndome, tratando de recordarme que igual puedo morir en este sueño, en el siguiente. Te entiendo, los entiendo. Hay que borrar lo podrido, lo que hiere. Me han dejado de lado, nos han convertido en ceniza. Este lugar siempre será ocupado por ti.
Las luces se encienden. Esa sonrisa que llena todo de terror. No hay sonidos, me miras desde lejos, siempre próximo para liberar todos mis temores. Recordándome que has de seguirme. Dejo que te acerques cada vez un poco más, que tú no me olvides, que tú nunca me abandones.
La cama es blanda, suave. Mañana he de caer más profundo, tú has de venir por mí, como siempre.









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