Antonio Bello Quiroz
Tristeza, escarabajo
de siete patas rotas,
huevo de telaraña,
rata descalabrada,
esqueleto de perra.
Pablo Neruda
…aliméntalo con el pan y el agua de la tristeza.
Crónicas, II, 18
La etimología de la palabra tristeza es sumamente ambigua, como lo resulta el afecto mismo que pretende nombrar. El origen remoto de esta palabra se encuentra quizá en la onomatopeya tr, que imita el sonido de los pequeños objetos al romperse. De ella habría nacido la raíz indoeuropea ter o tre, que significa “frotar, restregar”. Cuando se frota algo con fuerza, como un grano de trigo sobre una piedra afilada, se va desgastando poco a poco, de modo que se emparenta con la acepción de “consumir, roer”. La raíz evolucionó al intensivo treis, con sus variantes treisk y treist, que significa “aplastar, machacar”. De ella deriva el germánico thriskan, que al principio denominaba todo ruido que se produce al pisar, pero que luego se concretó en “pisar el grano”, es decir, “trillar”.
En este punto, la raíz experimenta un giro metafórico, y de aplastar el grano pasa a significar aplastar a los enemigos, aplastar a lo que hace de enemigo.
El triste no es el ser apático y pasivo con el que solemos identificarlo, sino alguien que puede ser sumamente nervioso e incluso violento, que lejos de tener el alma deshecha está dispuesto a deshacer almas y cuerpos, incluso, desde luego y en principio, el propio.
En las lenguas germánicas su carácter adquiere aún otro tono y se fija en el coraje que muestra en el combate: la raíz evoluciona a dreist, “valiente, audaz, atrevido”, no sólo en la guerra sino en el amor y en todas las vicisitudes de la vida. Pero en el resto de lenguas lo que deja huella es su rabia y crueldad, su determinación de hacer daño, de machacar sin piedad a sus rivales (es importante, ya se verá, insistir que esto vale también para aquello que en él mismo hace de rival).
El triste es aquel dispuesto a causar(se) el máximo dolor y sufrimiento posible. Aun hoy día, el italiano conserva un eco de esas viejas raíces al diferenciar la tristezza, “tristeza, melancolía, pesadumbre”, de la tristizia, “atrocidad, ferocidad, inhumanidad”.
Siguiendo estos pasos, resulta sumamente interesante la cercanía entre causar dolor y sufrir el dolor. Aquí la idea de tristeza empieza a bascular entre ambos significados. Pero al mismo tiempo adquiere otros nuevos, que inclinarán definitivamente la balanza.
Para los latinos, el triste empieza a ser alguien tomado por la aflicción, pero que en vez de mostrarse abúlico y resignado reacciona con rabia e indignación, profiere lamentos llenos de furia y enojo, mientras busca obstinadamente la manera de resolver el problema, o al menos de vengarse. Sin embargo, poco a poco va callando esos pensamientos, si bien su rostro refleja la ira que le corroe. Se convierte en un ser desagradable de modales ásperos y rudos, y de ahí nace la expresión “sabor triste o amargo”. Siempre de mal humor, con un aspecto sombrío que oculta un alma consumida y negra como la muerte.
Un egoísta de intenciones aviesas, a quien no conviene acercarse, no porque contagie su pesadumbre, sino por el daño que puede causar de manera cruel e inmisericorde, como represalia gratuita por el que le han causado a él o ella.
En plena concordancia con lo señalado sobre la tristeza, para René Descartes, en su Tratado de las pasiones, en la lección contenida en el artículo C, advierte que en la tristeza el pulso es débil y lento, y refiere que se sienten como ligaduras del corazón, que lo oprimen y hielan, comunicando su frialdad al resto del cuerpo. Y salvo que el odio se mezcle con la tristeza, no se pierde el apetito y el estómago cumple su deber.
¿Podemos imaginar de qué tamaño es reconocido este mal de la tristeza —vista ahora bajo la simpleza de la depresión— para que un presidente (Nicolas Sarkozy de Francia) haya comprometido a toda la comunidad médica de su tiempo a encontrar una cura, como si de una enfermedad se tratara? Veámosla con un mínimo detenimiento que nos permita distinguir en dónde se esconde la trampa, el aguijón envenenado de ver a la tristeza como una enfermedad.
¿En dónde y para qué se le ve como enfermedad? Si nos dejamos en latencia lo que las luces de la etimología nos ha permitido ver con respecto a la tristeza, es posible dar un giro y acercarnos a este afecto de la condición humana como un efecto de percibir al ser humano como un sujeto dividido, tal como se nos permite pensarlo desde el psicoanálisis. Sujeto dividido entre algo que “quiere decirse” y un “no quiero saber nada de eso”. Es posible pensar que cuando triunfa el “no quiero saber nada de eso” sobreviene la tristeza, como el afecto que muestra a un sujeto acallado que ansía la libertad a la vez que teme descubrirse.
Pero ¿de qué no se quiere saber nada? Para el psicoanálisis la tristeza es el goce coagulado alrededor de un duelo interminable. En ese sentido, de lo que no se quiere saber nada es de una falta constitutiva que una pérdida actual (incluso con desconocimiento de lo que se perdió) ha puesto en primer plano. Esta negativa a saber sume al sujeto triste en un desierto de amargura que se incrementa al suponer que a los seres que ve a su alrededor nada les falta, sumiendo a quien vive el afecto de tristeza en una cobardía moral.









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