Jesús Bonilla Fernández
Philip Roth es uno de esos escritores que llegan a la médula del lector y habla de nuestra propia sangre, así como otros grandes escritores, de otros tiempos y actuales lo han hecho y lo hacen, pensando que no existe un lugar propio de la literatura, es decir una patria o una aldea prístina de los jeroglíficos, la letra manuscrita, la plancha de la imprenta o el tipo móvil.
Escribo esta breve y rápida nota ahora que la muerte sorprendió a nuestro querido escritor, quien me acompañó en importantes pasajes de mi propia vida, así como lo hizo con muchos camaradas que reflexionan sobre el proceso de su propia existencia. Yo también me quito el sombrero ante las maneras que tiene la muerte de agarrarte del pescuezo y acabar con tu vida.
Desde la primera novela de él que providencialmente cayó en mis manos, El lamento de Portnoy, hasta las que aun ahora continuó releyendo con atención, no puedo resistirme a la idea de que lo universal de la literatura consiste en confundir al lector en la babel de las razas, de los tipos humanos, dejando a un lado el topo o los topos de cada quien. Así yo, que por una serie de circunstancias, las cuales en este momento no menciono, soy una persona nacida en México, también soy un príncipe ruso, idiota por demás, como ese Mishkin, el genial personaje de Dostoievski que nos ha dado tanto que pensar sobre nosotros mismos.
En ese sentido, además de ser mexicano o, extrañamente a pesar de ello, no tuve el menor reparo en identificarme con Alex Portnoy. Por supuesto que no llego al extremo de sentir, creer o pensar que soy judío, porque de alguna manera, leyendo a Philip Roth, sé que lo soy.
Recuerdo que en un tiempo ya pasado por agua, alguna amiga se desternillaba de la risa mientras platicábamos sobre el relato de Portnoy, aquella escena donde su achacante madre se cambiaba las medias delante del niño que Alex era en el espacio de la novela. ¿Qué podía pensar ella, mi amiga —todavía duele recordar su rostro— sobre esa escena que seguramente vivió en la realidad con otros ojos? No lo sé en verdad, ni siquiera sé si haya continuado con la lectura de Roth —lo cual es posible y deplorable a la vez—, pero el hecho es que todos vivimos esa escena (el cambio de medias), incluidos el príncipe Mishkin y Dostoievski, si existieran.
Pero en la risa de mi amiga había un temblor, por lo menos algún tremor que se ocultaba para acechar a su gusto.
Comentando el texto Los hechos, María, la aristocrática mujer inglesa del alter ego Nathan Zuckermann —dos personajes del delirio de Philip Roth—, le comenta a éste después de la lectura de ese manuscrito (Los hechos): “Lo único que digo, supongo, es que me interesan las cosas que un autobiógrafo como él no mete en su autobiografía. Lo que suele darse por supuesto. Como cuánto te queda de vida y qué comes, adónde da tu ventana y por dónde paseas.” No, por supuesto que no dice nada al respecto en Los hechos, pero como en otros aspectos intenta mostrar Zuckermann a su mujer, Roth nos habla del muchacho “bien educado” y “puñetero” que mira cómo su madre se desnuda ante él.
El tremor de mi amiga se explica ante la evidencia de su ingenuidad, pues como todo mundo sabe esa revelación es, por decirlo así, innata a todos, incluso a Alex Portnoy, y la única sorpresa es que no lo sabíamos de cierto, como se dice. En Los hechos, escribe Roth, en una referencia sesgada a su novela Mi vida como hombre: “Lo mío no era ninguna neurosis, era ingenuidad, porque también eso puede afirmarse de nosotros, sin mentir: somos muy ingenuos, incluso los más listos, y no sólo de jóvenes.” Esta afirmación del “autobiógrafo” que no nos dice cuánto le queda de vida, pero sí que podría dejar “de preocuparse de la muerte hasta que pasaran mil años”, compete también, en extenso al príncipe Mishkin y Dostoievski.
El hecho de Los hechos es que su autor asume su literatura más que como un escándalo, como pudieron ser la vida de Portnoy, Tarnopol, Zuckermann y Sabbath, como un delirio de él mismo, Philip Roth. Zuckermann nos informa en Los hechos, en el post scriptum de su carta a Roth: “no he dicho nada de tu depresión. Por supuesto, lamento mucho oír que en la primavera de 1987 lo que iba a ser una operación quirúrgica de poca importancia se convirtió en una durísima y prolongada tortura física, origen a su vez de una depresión que te condujo hasta el borde de la disolución mental y afectiva”. Si queremos, puede ser la misma enfermedad que afectó a Zuckermann y que éste narra en La contravida.
Nos encontramos en Philip Roth con una literatura autorrecurrente cuyos fundamentos son la propia vida del autor confundida en ocasiones con las de sus personajes, principalmente los mencionados, pero también confundida en los tonos de la creación de ficción, la autobiografía, las memorias y el ensayo.
No sabremos más. Ahora sí efectivamente la lucha contra la escritura ha terminado.
ALCOHOLES
La meta de nuestra carrera es la muerte, es el objeto necesario de nuestra mira: si nos asusta, ¿cómo podemos dar un paso adelante sin agitación? No hay que proyectar nada a tan largo plazo. Hemos nacido para actuar. Que la muerte me encuentre plantando coles, pero sin preocuparme por ella, y menos aún por mi jardín imperfecto. Montaigne
Mi apotegma yiddish favorito desde la infancia puede traducirse como “duerme de prisa porque necesitamos las almohadas”. Lo ineludible de Roth es que él ha usurpado esta sensibilidad, acaso no para siempre, pero sin duda durante los últimos veinte años. Dormir de prisa es una cura para la angustia de las influencias: la de la historia judía, la de Kafka y la del propio público después de que se ha alcanzado la celebridad de El lamento de Portnoy. Harold Bloom, 2005









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