Gutierre Tibón
Hay tres hipótesis acerca de las manifestaciones mediumnímicas: dos las ligan a la sobrevivencia y una niega terminantemente su relación con el más allá.
Los defensores de la primera hipótesis (como el físico inglés sir Oliver Lodge) creen que el espíritu de los humanos no perece con el cuerpo, sino que sigue existiendo en el espacio y puede posesionarse del cerebro (y del cuerpo) de ciertos médium. Al decir cuerpo, se entiende también la substancia que mana del médium de materialización: el ectoplasma, con el cual se forman los “fantasma”. En condiciones favorables, el espíritu del difunto puede manifestarse en su integridad, o sea sin que el medio de expresión que debe usar para restablecer relaciones con los vivos provoque distorsiones de su esencia genuina. Esto se verifica, por ejemplo, cuando hay comunicaciones de “voz directa”.
Los defensores de la segunda hipótesis no creen en una incorporación directa del espíritu del difunto: es decir, afirman que éste no toma posesión del cerebro y del cuerpo del médium, sino que establece con él una comunicación telepática, en su deseo de manifestarse a los vivos. Las entidades que se presentan en las sesiones no son, pues, los propios espíritus, sino construcciones mentales que brotan del subconsciente del médium, traducciones y dramatizaciones del estímulo que éste recibe del espacio.
La tercera hipótesis la ofrecen quienes no creen en la inmortalidad del alma o, admitiéndola, no aceptan que se puedan establecer relaciones entre vivos y muertos. Desde luego, niegan que sean espíritus los que se posesionan del médium, se materializan, hablan por voz directa o transmiten mensajes telepáticos del más allá. Los defensores de esta última hipótesis están convencidos de que las entidades que se presentan como si fueran los espíritus de personas finadas son sólo proyecciones del subconsciente del médium o resultantes de una confluencia de corrientes mentales subconscientes del médium, de los participantes en la sesión y tal vez otras personas. Dichas corrientes mentales pueden emanar del océano síquico que nos rodea: el mundo de la percepción extrasensorial, en que no existe ni tiempo ni espacio, ni pasado ni futuro. Las ósmosis telepáticas, las relaciones extrasensoriales, se verifican precisamente de ese océano síquico, y las comunicaciones que se obtienen en las sesiones mediumnímicas pueden referirse a hechos del pasado, del presente y tal vez del futuro.
Desde luego, toda la fenomenología emana de la percepción extrasensorial de personas vivas; hay razones evidentes por las cuales las personificaciones de individuos difuntos se obtienen con tan pasmosa realidad.
El horrible temor de encontrarse un día solos en la oscuridad de una tumba, lejos del aire y de la luz, nuestro siempre latente anhelo de supervivencia después de la muerte, nuestra ansia genésica de perduración, han formado desde hace milenios una voluntad subconsciente, a la cual obedecen, por un lado las creencias religiosas (el carma indostánico con su cadena de reencarnaciones, el paraíso materialista de los musulmanes, los tres reinos de ultratumba de los cristianos, etc.), y por otra parte, aquellos fenómenos parapsicológicos que se han fundido y confundido, desde la época más antigua, con lo que ayer era la evocación de los muertos y hoy es el espiritismo.









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