Thomas Mann
400 Aniversario Luctuoso de Miguel de Cervantes
Último día a bordo. Ya ayer nos cruzamos con otro barco, el primer encuentro desde que zarpamos, y nos pareció un acontecimiento. Era un danés, de nuestro tonelaje poco más o menos, con el danebrog a popa, y observé con agrado el saludo de banderas que con él cambiamos, ese caballeroso honor que se tributan mutuamente en todas las partes los barcos al cruzarse en la mar. Ante el puente vibró el estridor de una pitada, y un marinero se apresuró a arriar en el mástil nuestros colores holandeses mientras allí enfrente descendía el danebrog. Luego, después de cruzarnos, volvieron a subir las banderas, a una nueva pitada; y así se cumplió el ceremonial de los mares. ¡Qué bonito es este saludo! Los marinos, unidos en camaradería internacional por su profesión, igual en todas partes y tan peculiar —y a la que, en medio de la mecanización, le queda algo de arrogante y aventurero— se dedican un honor al encontrarse en el ancho y salvajemente caprichoso elemento, frente al cual están igualmente conjurados; y a través de ellos se manifiestan cortésmente entre sí las naciones, cuyos mensajeros y avanzadas territoriales son los barcos, en tanto no se hagan guerra. Pero no se la harán Holanda y Dinamarca. Se trata de pequeños y sensatos países, dispensados de poseer virtudes heroicas, ya que los grandes, en el fondo, no tienen dentro de la cabeza otra cosa que la guerra, de modo que su saludo de banderas permite apreciar una especie de inquietante corrección en la que permanece irónicamente en reserva toda suerte de cosas imaginables.
El cielo está alegre y luce el sol; la mar, ligeramente rizada. El buque avanza reposadamente, sólo con lentas oscilaciones a derecha e izquierda, producidas, sin duda, por la marcha y el rumbo. Pero sigue siendo asombrosa la diferencia de temperatura respecto a la tarde tropical de anteayer. La noche ha sido muy fría; la mañana, más que fresca, y hay que continuar al sol con abrigo y manta.
Me inclino a encontrar más bien flojo el final del Quijote. La muerte opera aquí, ante todo, como medida de seguridad que preserva de futuros desmanes literarios a la figura central, y recibe por ello un tinte algo literario y de artificio, que no llega a captarnos. Una cosa es que un personaje querido se le muera al autor y otra que se le deje morir, que se disponga y anuncie su muerte para que ningún otro pueda hacerle caminar por el mundo. Es una muerte de literatura, una muerte por celos… Pero estos celos, por otro lado, dan nuevamente testimonio de la íntima vinculación del escritor con su eternamente extraña criatura espiritual; vinculación orgullosa y a la defensiva. Se evidencia también con ello un profundo sentimiento, no menos serio porque se exteriorice en previsiones literarias y jocosas contra ajenos intentos de reanimar al héroe. El cura pide al escribano que le dé por testimonio cómo Alonso Quijano el Bueno, llamado Don Quijote de la Mancha, ha pasado de esta vida, y muerto naturalmente, y lo pide de manera expresa “para quitar la ocasión de que algún otro autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase falsamente, y hiciese inacabables historias de sus hazañas”. Mas el propio Cide Hamete se volatiliza ahora y aparece como el simple medio humorístico que siempre fue, introducido en la narración. Él es, en verdad, quien todavía cuelga su pluma de un hilo de alambre y la encarga de advertir, a modo de aviso, a los presuntuosos y malandrines historiadores para que no la descuelguen y profanen:
¡Tate, tate, folloncicos!
De ninguno sea tocada;
Porque esta empresa, buen rey,
Para mí estaba guardada.
¿Quién habla? ¿Quién dice “para mí”? ¿La pluma? No, ahora es otro yo el que penetra e interviene:
“Para mí sola nació Don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; somos los dos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio…” ¡Magnífico! Él sabe, a no dudarlo, qué noble carga, grávida de humanidad, ha traído sobre sus hombros con este libro de historias, regocijo del mundo entero; ello pese a que al principio no lo sabía. Y, ¡cosa rara!, al final del todo vuelve a no saberlo. Lo olvida otra vez.
Dice: “… Pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero Don Quijote van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale.” Éste es el retorno a la primitiva intención, modestamente satírico-paródica, de la obra, la cual ha crecido tanto por encima de sí misma; y el propio capítulo de la muerte es expresión de dicho retorno, porque el fallecimiento de Don Quijote va precedido de una conversión. El moribundo recupera, ¡oh alegría!, su “sano juicio”; duerme, de un tirón, seis horas, y al despertar, gracias a la misericordia de Dios, está curado. Su razón se ve libre de la niebla que la miserable y continuada lectura de los abominables libros de caballerías ha volcado sobre él. Entiende su desatino y su vileza, “conoce su necedad” y ya no quiere ser Don Quijote de la Mancha, el Caballero de la Triste Figura, el Caballero de los Leones, sino Alonso Quijano, un hombre cuerdo, un hombre como todos los demás. Ello tiene que alegrarnos. Pero, notoriamente, nos alegra poco; nos desencanta, y, en cierto modo, deploramos lo ocurrido.
Nos da lástima de Don Quijote, como lástima nos dio también cuando la melancolía de verse vencido le puso en el lecho de muerte. Efectivamente, ella es en realidad la causa de su acabamiento; el médico lo confirma, “que melancolías y desabrimientos le acababan”. Lo que le mata es el profundo abatimiento al ver fracasada su misión como caballero andante y portador del derecho. Tenemos aún en el oído la débil y doliente voz que dice: “Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza…” Participamos de ese abatimiento, aunque bien sabemos que la misión no podía acabar de otra manera, porque era sólo un capricho y un antojo. El magnánimo antojo, en efecto, se nos ha hecho tan amable en el curso de la narración, que nos sentimos tentados, y dispuestos, a dejarlo que viva para el espíritu, a sentirlo como tal, cual si fuera el espíritu mismo. Y ésa es la bella culpa del autor…
El caso es de los más difíciles. Ya no sale la cuenta. Si la obra se hubiera mantenido fiel a su intención originaria de lograr el desprecio de los libros de caballerías por medio de las ridículas empresas y derrotas de un loco, entonces todo resultaría bastante sencillo. Pero como el libro, sin notarlo, ha rebasado en tan gran medida aquel propósito fundamental, se ha anulado, realmente, toda posibilidad de un desenlace satisfactorio. No cabía pensar en dejar a Don Quijote caer y fenecer, de modo verídico, en una de sus desatinadas luchas; hubiera sido feo pasarse tanto de la broma. Tampoco era posible dejar que el héroe siguiese viviendo después de su vuelta a la sana razón, pues ello hubiera representado un descenso del personaje respecto de sí mismo, la continuidad de la envoltura terrena de Don Quijote sin su alma, aparte de que, por razones de protección de la propiedad literaria, no podría seguir viviendo.
Comprendo también que no hubiera sido cristiano ni pedagógico dejarle vivir errante con su delirio, aunque respetado por la lanza del Caballero de la Blanca Luna, pero en profunda desesperación por su derrota. Esa desesperación habría de resolverse en muerte mediante el reconocimiento de que todo había sido disparate. Pero, por otra parte, ¿no equivale también a una muerte de desesperación el morir reconociendo que Dulcinea no es, ni mucho menos, una princesa digna de adoración, sino una mugrienta campesina, y que toda aquella fe, hechos y padecimientos eran no más que locura? Cierto; constituía una necesidad salvar para la cordura el alma de Don Quijote, antes de que éste muriera. Pero para que tal salvación se aviniera mejor con nuestros íntimos deseos, el autor debería habernos hecho menos cara la demencia del hidalgo.
Ahí se ve que el genio puede poner en apurados trances y cómo, sin duda, cabe que estropee los planes a un autor. Por lo demás, la muerte de Don Quijote no está amañada en demasía. Es el comprensible y natural paradero de un buen hombre, cristiano y digno, después de haber confesado, luego de fortalecido espiritualmente y ordenados sus negocios terrenales con el escribano. “Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres, y como la de Don Quijote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, llegó su fin y acabamiento.
Con humor debe aceptar esto el lector, al igual que lo aceptan los amigos que dejan Don Quijote: el ama, su sobrina y Sancho, su escudero. Estos le lloran, es cierto, de todo corazón, de lo que el lector colige una vez más qué buen caballero era aquél; barrocamente se habla incluso de “ojos preñados”, a los que la noticia de que Don Quijote iba a morir dio “tan grande empujón…, de tal manera que les hizo reventar las lágrimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho”. Es ésta una pintura de sincero dolor, ligeramente teñida de comicidad; y sobre ello se expresa seguidamente, con humano practicismo, que durante los tres días de agonía de Don Quijote toda la casa, en efecto, andaba alborotada, pero que, sin mengua de ello, comía la sobrina, brindaba el ama y se regocijaba Sancho, “que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto”. Una observación sarcástica y verdadera, “realista”, cuya falta de sentimentalismo puede, alguna vez, producir escándalo. El conquistador más bizarro y osado fue siempre, sin duda, el humor…
Las seis de la tarde. Hemos hecho el equipaje, lo que ha sido tarea harto dura, sin contar con taburetes, puestas las maletas en el suelo. Se extiende por todo el barco el cierto nerviosismo y expectación de la arribada. Se ve a la marinería hacer preparativos, trajinar en los cabrestantes.
Visiblemente, nuestros compañeros de viaje norteamericanos se alegran de encontrarse en su país, de retornar a la patria; lo que para nosotros significa lo contrario…
Ha anochecido. A la derecha de nuestro ahora lento rumbo, brilla la larga hilera de luces de Long Island, cuyos balnearios y residencias veraniegas nos son ponderados. Nos acostamos pronto, pues mañana hay que madrugar. Estar listo lo es todo.









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