W. H. Auden
Entre los 40 y los 44 años, Shakespeare escribió sus grandes tragedias. Existen varios puntos culminantes a lo largo de su carrera. En un primer periodo, logra resolver los problemas de la crónica histórica en Enrique IV y de un determinado tipo de comedia en Como gustéis. Después de una ligera vacilación, resuelve asimismo el problema de la tragedia y crea las cinco tragedias magistrales: Otelo, Macbeth, Rey Lear, Antonio y Cleopatra y Coriolano.
Shakespeare componía una clase especial de tragedia, diferente a la griega. En ambos casos se entiende que el protagonista trágico es un gran o un buen hombre que sufre a consecuencia de un error que ha de ocasionarle la destrucción. Si nos preguntamos cuál es la clave de los personajes griegos, la respuesta es la hybris, un concepto singular que no puede traducirse simplemente como orgullo. La hybris consiste en creer que uno es un dios omnipotente. Si bien ello no implica ninguna transformación radical del comportamiento, en la tragedia los dioses castigan a los hombres que se sienten así. Los dioses sienten envidia cuando alguien poderoso —cuyo poder deriva, sin embargo, de aquéllos— pretende erigirse en su igual; en ese caso, demuestran a los héroes que no son sus iguales. Por ende, los héroes de la tragedia griega han de ser grandes hombres, en un sentido mundano; los miembros del coro, por el contrario, no pueden ser héroes. Un rasgo insoslayable de la tragedia griega es que el héroe y su destino trágico son excepcionales.
Los personajes trágicos de Shakespeare, por su parte, sufren a causa de un pecado cristiano, el orgullo: saber que no somos Dios, pero intentar convertirse en Él. Todos podemos caer en este pecado. La hybris se produce al manifestarse un exceso de seguridad y confianza en nosotros mismos; el orgullo es la manifestación de una falta de seguridad, de la ansiedad que genera una fe deficiente y del desafío a nuestras limitaciones en tanto que seres humanos finitos. Es una forma de desesperación. Existen dos clases de desesperación: la de no querer ser uno mismo y la de querer serlo. Los héroes oficiales de las tragedias shakespearianas son hombres apasionados que no quieren ser ellos mismos; su pasión —de forma similar a lo que sucede con los humores de los personajes de Jonson— es el intento de esconderse a sí mismos qué son en realidad. Hay aún otra clase de personaje trágico: la de Yago, un héroe trágico desprovisto de pasión, que se niega a rendirse a lo que conoce, que quiere ser él mismo, que es consciente de quién es y se niega a cambiar, que se niega a relacionarse con los otros a través del amor y se obstina en permanecer fuera de la comunidad. Yago sólo se relaciona negativamente con los demás.
Todas las tragedias de Shakespeare tratan, en primer lugar, de la ansiedad y la seguridad, y en segundo lugar de la libertad y la necesidad. En la tragedia griega la compasión nace por lo inevitable del destino del héroe; en la shakespeariana, es de lamentar que el héroe tomara una determinada elección habiendo podido tomar otra. En este sentido, Romeo y Julieta es una obra atípica, en tanto que los protagonistas son demasiado jóvenes para ser plenamente responsables de sus decisiones; no han alcanzado la edad de dar su consentimiento. Hay razones dramáticas que abogan por la conveniencia de decantarse por personajes que desempeñen un papel destacado en la sociedad, pero cualquiera de nosotros puede sentir orgullo. En las tragedias griegas el público es integrante del coro, está formado por simples espectadores; en las de Shakespeare, independientemente de su condición social, los espectadores se ven obligados a decir: “Ése soy yo”; además de espectadores, participan en la obra.
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Conferencia del autor del 12 de marzo de 1947, tomada del libro Trabajos de amor dispersos – Conferencias sobre Shakespeare (Crítica, España, 2003).









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