Fabiola Morales Gasca
Algo me habitó en la noche de tu partida. Dentro de mí había un líquido que adquiría mil formas. Era como una serpiente de luz que me devoraba por dentro. Las separaciones nunca son fáciles, por eso tomé el primer barco para Marrakech. El extraño líquido que se había agazapado dentro de mí, protestó e intentó saltar de mi lengua. Una contracción de gotas se contuvo en un suspiro, y aquella serpiente de agua se mantuvo a flote en mí.
El barco permaneció arrullado por el oleaje, hasta que por disposición del cielo fue desafiado por las olas. Turbias nubes encendieron la ira del mar y con estruendo la nave se fue agitando. Conforme pasaban las horas, la tripulación fue perdiendo la esperanza de ser salvada. Los furiosos azotes eran incansables. Nosotros, muñecos de trapo, nos movimos a su antojo. Yo no recé, pensé en ti.
Mi lengua me supo a sal, mis manos desaparecieron, mi piel se llenó de escamas transparentes y un olor de algas marinas emanó de mi cuerpo. Tu adiós se volvió la embestida de una ola fulminante y la serpiente que habitaba en mí eclosionó.
Fui luz y agua en el momento en que el barco se hundió.









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