Gabriel Josipovici
En los últimos años he sentido cada vez con más fuerza el deseo de escribir un ensayo sobre el tacto.
No sé qué habrá en ese ensayo ni cómo haré para escribirlo, pero la idea no me abandona.
Hace tiempo que hago anotaciones sobre el tema, que colecciono postales y citas que parecen relevantes, y que voy explorando ideas con mis amigos. Pero la brecha entre esta tarea preliminar y la escritura del ensayo es infranqueable. Después de escribir la oración “En los últimos años he sentido cada vez con más fuerza el deseo de escribir un ensayo sobre el tacto”, he entrado en un nuevo mundo, un mundo en que lo que había pensado, leído y anotado cumple una función similar a la de esos mapas hipotéticos de una región inexplorada para el explorador: no son del todo inútiles, pero en la práctica ayudan poco. A partir de ahora mi avance, si es que logro avanzar, depende menos de esos pensamientos y apuntes que de los recursos que descubro a diario dentro de mí mismo y de las decisiones que tomo sobre la marcha.
Es importante, en tales circunstancias, avanzar con cautela, pero sin permanecer inmóvil mucho tiempo.
Desde luego, éstas son meras metáforas. ¿Por qué parecen corresponderse con mis objetivos (que todavía no están claros, aunque tampoco son del todo borrosos)?
Creo que se debe a que la noción de avanzar a tientas, de abrirse paso en la oscuridad o la penumbra, implica palpar el camino con todo el cuerpo. Y, aunque este método resulte penosamente lento, no me desviaré tanto como si dependiera sólo de la vista y tuviera que caminar a campo traviesa guiándome por la brillante luz del sol. De este modo experimentaré cada palmo del camino en vez de descubrir de pronto que he llegado a mi meta conociendo apenas el terreno que he atravesado. Si me limito a recorrer el espacio que media entre mi objetivo y yo, quizá llegue con prontitud, pero no sabré si he llegado de veras o si sólo lo he soñado o imaginado.
El terreno que debo recorrer no se extiende delante de mí, pero tampoco dentro de mí. ¿Dónde se extiende? ¿O es que necesito una metáfora totalmente distinta? Es una de las cosas que sin duda descubriré mientras escriba este ensayo. En este momento sólo sé que el instinto me aconseja que me base más en el tacto que en la vista, que avance a tientas en vez de correr o caminar a grandes trancos. Sin duda es lo más apropiado para el tema que deseo tocar.
¿Tocar? Pero de eso se trata, precisamente. El tema no está a la mano, ni en mis manos. ¿Dónde está, entonces? ¿Deberé tratar de eliminar estas metáforas desorientadoras mientras lo busco?
No lo creo, porque entonces ni siquiera podría escribir. Quizá sólo necesite reparar en la propensión del lenguaje hacia tales metáforas y ver si eso me dice algo sobre el camino que debo seguir.
Suficiente, pues. Manos a la obra.
Prólogo del libro Touch, Yale University Press, 1997.









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