Pablo Manuel Rojas Aguilar
El corrector es el único capaz de hurgar
en la danza de Titivillus, y salir indemne.
Cascorvo y jorobado, acaso por el saco rebosante de fallas discursivas y ortográficas que porta sobre sus hombros escamosos y robustos, se desliza sin descanso sobre las habitaciones de los escribas en los monasterios. Su actitud beligerante, propia de un enviado de Lucifer, es implacable.
A fin de provocar errores y fallas en la escritura, suele acercarse sigilosamente a las viejas páginas que servirán de molde para los copistas, y extiende sus oscuras alas (cargadas de extintas estrellas) para apagar el escaso fuego de la lámpara, o bien para derramar la tinta con la que se hará el facsímil. Si falla en su propósito, con su mugriento dedo bailarín, empuja la pluma para desviar los trazos de las grafías, o se posa sobre la cabeza del escribiente (provocándole dolores terribles) o bien murmura armónicas eufonías en sus frágiles oídos, a fin de distraerlo de su labor.
Cuando el error ocurre, el demonio saltarín lo recoge y guarda en su bolso, no sin antes registrarlo a nombre de quien cometió la falla, a fin de que le sea leído durante el juicio final.
Titivillus, tal es el nombre de este perverso pícaro, además de colmar infinitos sacos con múltiples errores lingüísticos, se ha dado a la tarea de provocar charlas ociosas, malas pronunciaciones, olvidos momentáneos de palabras, y tartamudeos. Su más grande logro ha sido provocar el derramamiento del oro líquido, con el que el príncipe Eleazar copiaría la Sagrada Escritura que iba a ser entregada a la biblioteca de Alejandría; la condena de éste, por su sacrílego desliz, fue ser condenado al calcinante infierno.
Nadie sabe con certeza qué ocurre con los errores que recoge; sin embargo, se cree que son empleados para generar escrituras ufanas, atribuidas a entidades diabólicas, como el atroz Libro de los Muertos o el indescifrable Libro de Voynich.









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