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03 Hannah Arendt.
Tinta Insomne 0

Tierra de ciegos

· noviembre 29, 2019

Fabiola Morales Gasca

 

Pies levitando con patético fulgor.

Yo misma,

también yo bailo

liberada de la gravedad

hacia la oscuridad y el vacío.

Espacios comprimidos y proscritos de tiempos pasados,

lejanías recorridas,

soledades perdidas

comienzan a bailar, a bailar. Hannah Arendt, “Sueños”, Poemas.

 

Las últimas décadas han sido marcadas por el enorme incremento de las tecnologías de la información y comunicaciones (TIC). Ellas dominan nuestra época y han traído enorme progreso, no sólo en las áreas de comunicación, pues su influencia ha permeado cada ámbito humano. Es casi imposible mantenernos alejados de los dispositivos digitales durante la jornada. Somos presa continua de los dispositivos móviles, ya sea porque nos permiten una rápida comunicación con nuestras personas cercanas, por necesidad laboral, escolar o simplemente por distracción. ¿Cómo esta tecnología puede afectarnos hasta límites insospechados?

Winston Churchill, antes de lanzarse a la guerra contra la Alemania nazi, emitió una frase de Edmund Burke: “Lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada”, aseveración que sigue vigente en nuestra época posmoderna. Recordemos además que el 11 de abril de 1961 comenzó uno de los juicios más comentados y discutidos en la historia: el juicio en Jerusalén contra Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS nazis y responsable principal de las deportaciones masivas que acabaron con la vida de más de seis millones de judíos, aparte de los 15 millones de víctimas de los campos de exterminio. Después de la captura de Eichmann por parte de los israelíes, el 11 de mayo de 1960 en Argentina, donde vivía bajo la identidad falsa de Ricardo Klement, éste fue retenido, deportado y luego llevado a juicio, en el que fue sentenciado a la horca. Murió el 31 de mayo de 1962 en Tel Aviv. Durante el juicio de Eichmann la corresponsal de The New Yorker, Hannah Arendt, observaba y meditaba.

Mujer brillante, pensadora, teórica de la política y filósofa, Hannah Arendt, hija de familia judía, provenía de Königsberg, Prusia, actual Kaliningrado (Rusia). Huérfana de padre a la temprana edad de siete años vio en la filosofía un refugio: “La filosofía vino a mí cuando yo tenía 14 años; o conseguía estudiar filosofía o me ahogaba”, dijo en una entrevista. A esa corta edad ya había leído Crítica de la razón pura, de Kant. Arendt fue alumna de los destacados filósofos Martin Heidegger y Edmund Husserl; después realizó el doctorado bajo la tutela de Karl Jaspers.

No es de extrañar que durante el juicio de Eichmann surgiera del pensamiento y mirada crítica de Hannah Arendt el concepto de banalidad del mal, elemento imprescindible en la historia del pensamiento humano y filosófico. La personalidad del acusado y el relato del juicio terminan en su libro: Eichmann desde Jerusalén, un estudio sobre la banalidad del mal.

Para Arendt, el teniente Adolf Eichmann estaba lejos de ser el “monstruo” que pretendía la prensa. Aunque los actos que llevaron a la muerte a miles de judíos no son justificables, son actos que no fueron realizados por una inmensa maldad en Eichmann, sino más bien por ser un operario más dentro de un sistema basado en los actos de exterminio. Para Arendt la “banalidad del mal” enmarca a los individuos que actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos. Ellos “no se preocupan por las consecuencias de sus actos, sólo por el cumplimiento de las órdenes. La tortura, la ejecución de seres humanos o la práctica de actos ‘malvados’ no son considerados a partir de sus efectos o de su resultado final, con tal que las órdenes para ejecutarlos provengan de estamentos superiores”. La complejidad humana exige estar alerta y hacer lo que sea necesario para evitar que ocurra la banalidad del mal.

Ceguera moral, la pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida es un libro de los sociólogos Zygmunt Bauman y Leonidas Donskis donde hay una entrevista y un diálogo entre los pensadores, abordando temas actuales y que tienen mucho que ver con lo expresado por Hannah Arendt hace décadas. Bauman, en su modernidad líquida converge con Arendt sobre la banalidad del mal al considerar que un vecino amable, un padre protector y un buen marido pueden convertirse en verdugos para otra persona al negarle su subjetividad y dignidad. Hoy en día, el mal se manifiesta con frecuencia por la ausencia de reacción, la indiferencia y la insensibilidad ante el sufrimiento ajeno.

Donskis considera: “Nuevas formas de censura coexisten —extrañamente— con el lenguaje sádico y caníbal hallado en internet y desatado en orgías verbales de odio anónimo, cloacas virtuales de defecación en los otros e incomparables despliegues de insensibilidad.” De modo que el mal sea ineficaz y ampliamente disperso. Desgraciadamente, la triste verdad es que habita en cada ser humano sano y normal, lo que no significa que el mal no provenga de los Estados, ya que el mal se manifiesta, por ejemplo, cuando un Estado duda de si las personas son sólo unidades estadísticas y no concede importancia alguna a la vida humana real. Bauman define el concepto de “insensibilidad moral” como “el tipo de comportamiento cruel, inhumano y despiadado o bien como una postura ecuánime e indiferente adoptada y manifestada hacia las pruebas y tribulaciones de otras personas”.

Zygmunt Bauman recalca a lo largo de su obra que estos tiempos están caracterizados por el proceso de individualización y las relaciones líquidas “sin obligaciones incondicionales asumidas y, por lo tanto sin predeterminación, ni hipotecas sobre el futuro […] La sola razón para que una relación continúe es el grado de satisfacción mutua que deriva de ella”. Este tipo de relaciones son claras en los medios digitales, donde sólo mantenemos relación con nuestros iguales de ideas haciéndonos incapaces de escuchar otro tipo de pensamientos.

No es de extrañar que las redes sociales se hayan vuelto así una tierra de ciegos, ciegos morales donde cada uno sólo observa lo que le conviene y donde no hay capacidad de empatía hacia los pensamientos, publicaciones y comentarios de otros. Mucho menos hay posibilidad de encontrar análisis y diálogo. Basta con darse una vuelta y ver cómo el lenguaje se ha vuelto arma punzocortante contra las ideas de otros. En estos medios la indiferencia hasta agresión son el pan nuestro de cada día, fiel reflejo de lo que vive nuestra sociedad contusa.

Para los autores de Ceguera moral… el mal reside en que los estímulos actuales de los medios electrónicos vuelven a la gente insensible, de modo que nos vuelve incapaces de prestar atención o de responder adecuadamente. La violencia se pone de manifiesto de manera tan natural que nos deja incluso de molestar o de asombrar; penetra en nuestro mundo sin que nos demos cuenta. Todo se vuelve entonces de carácter irreal, virtual y lejano. El anonimato sirve muchas veces para escudar y para dañar a otros con crueldad. Perdemos la capacidad de entender el dolor ajeno; ni siquiera nos acercamos en lo mínimo a la posibilidad de una buena comunicación y sentido crítico.

Las redes digitales tienden a convertir a los humanos en público de “no entidades”, seres dispuestos a seguir tendencias sin hacer un análisis, de vuelta a lo que la filósofa Hannah Arendt llamó la “banalidad del mal”. Los usuarios son entonces “individuos que actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos”, tal y como lo podemos apreciar en twitter, instagram y facebook. Un simple comentario o publicación puede convertirse en una chispa pequeña que encienda la pira de odio reprimido.

Para evitar ser usuarios invidentes y superficiales, tengamos presente que es nuestra responsabilidad verificar siempre las fuentes de información antes de aceptar, difundir o compartir una noticia. Recordemos que tanto el emisor como el receptor son seres humanos. Cada palabra tiene una fuerza y una proyección de nuestro propio ser, por ello debemos ser cuidadosos con nuestros discursos, para evitar una mala interpretación del mensaje. Usar temas profundos y relevantes o de contenido emocional, requiere un “cara a cara” a fin de evitar errores. Ser siempre inteligentes y sensatos con nuestras palabras y reflexiones hace gran diferencia. No responder ni sumarse al maltrato en las redes será siempre una sabia decisión.

La ceguera moral es algo que caracteriza estos tiempos; debemos evitarla. En estas épocas líquidas no banalicemos las cosas, salgamos de las reglas del sistema y reflexionemos. No contribuyamos al caos en aquellas tierras donde los ciegos caen al abismo. ¡Aprendamos a abrir los ojos! ¡Dejemos que los ciegos guíen a los ciegos!

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