Alex Comfort
Se han llevado a cabo muchos intentos, que no son de ayuda, de definir diferentes ritmos de tiempo a diferentes edades, tal como los humanos los perciben. Se ha dicho que el tiempo va muy despacio en la infancia, corre en la juventud y vuela en la vejez. Esto podría ponerse al revés.
Lo que sí es cierto es que el tiempo, para un organismo mortal, es lo más valioso. La experiencia y un periodo de tiempo usado y desperdiciado a instancia nuestra o de otra persona nos hacen capaces de valorarlo, así que hacia la vejez podemos resentirnos de la trivialidad como nunca. El mito de clasificación por edades nos escatima un cuarto del tiempo de vida que nos corresponde al echarnos del “espacio social” que, si la sociedad nos lo permitiera, podríamos seguir ocupando hasta que acabase nuestra suerte.
Una raza de filósofos podría arreglárselas para vivir sin trivialidades toda la vida adulta, sin que la no trivialidad sea la exclusión del juego sino simplemente de lo espúreo, lo ampuloso y lo que no vale la pena. Una ideología cultural de “programa-concurso” se resiente por lo no trivial y se las arregla para trivializar algo tan augusto como la larga vida, que muchas culturas respetan, al retirar a los ancianos y clasificados como “sin depósito, no retornable”, como profesionales sacrificables devaluados. Los ancianos representan una fuente de control de calidad social en potencia, y la calidad no es una de nuestras prioridades.
La apreciación del tiempo no es, por tanto, un valor que nosotros asimilemos, pero es muy importante para sobrevivir en la jubilación y en la segunda mitad de nuestra trayectoria vital; rendirse y morir son promulgaciones del descubrimiento de que para nosotros ya no vale la pena vivir el tiempo. Las personas no filosóficas que presentan la conciencia más aguda de su valor son ahora miembros de grupos de psicoterapia para los enfermos terminales, que descubren del modo duro para qué sirve el tiempo. El envejecimiento, en especial el buen envejecimiento, es la correcta percepción del uso humano del tiempo, en el ciclo de la vida, y día a día. Aquí termina la lección.
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Reproducido de La edad dorada — Guía para entender y disfrutar la vejez (Grijalbo, 1991).









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