Arthur Miller
La camioneta avanza a toda velocidad por la oscura carretera. Conduce Guido, con la perra dormida a su lado. En el asiento trasero, Roslyn se sujeta con un brazo a Perce, que está inconsciente, con las piernas por fuera de la ventanilla, y con el otro brazo a Gay, dormido contra su pecho. Ella tiene los ojos entornados.
De pronto la camioneta empieza a dar botes y Guido intenta maniobrar para devolverla a la carretera. Por un instante los faros captan una silueta fugaz que sale huyendo del arcén. La camioneta regresa al asfalto con un viraje. Un hombre se levanta de la cuneta, se sacude la ropa, recoge su hatillo del suelo y continúa su camino impasible. Es el indio.
Vuelven a circular sobre piso firme, y Roslyn ya ha abierto los ojos. Está borracha y exhausta, embargada por la impotencia. Guido conduce con cierta alegría en el semblante. Roslyn se dirige a él en un tono monocorde y desesperanzado, como en un sueño:
—¿No vas demasiado rápido? Venga, haz el favor.
—No te preocupes, niña, nunca he matado a nadie que conociera.
El indicador de velocidad sobrepasa los ciento veinte kilómetros por hora.
—Mi mejor amiga quedó irreconocible por culpa de uno. Sólo pudieron identificar sus guantes. Haz el favor, Guido. Era una chica guapísima, morena…
—Dime “Hola”, Roslyn.
—Hola, Guido. Anda, por favor.
Guido tiene los ojos vidriosos y extrañamente tranquilos, como si en el fondo estuviera contento.
—Todos somos bombarderos ciegos, Roslyn; matamos a personas a las que nunca hemos visto siquiera. Yo bombardeé nueve ciudades. Debí de romper bastantes platos, pero nunca llegué a verlos. Imagínate la de perritos que saltarían por los aires, la de carteros y de gafas… ¡Impresionante! ¿Sabes qué te digo? Con las bombas pasa como con las mentiras: cuando las sueltas se hace un silencio… Al poco rato no oyes nada, no ves nada. Ni a tu mujer ves. A ti en cambio sí te veo. Eres la primera mujer a la que he “visto” de verdad en mi vida.
—Haz el favor, Guido, nos vas a matar…
—¿Cómo hace uno para conocer a alguien?, dime. No consigo aterrizar. Y tampoco ascender hasta Dios. Ayúdame tú. En mi vida le había pedido ayuda a nadie. No “conozco” a nadie. ¿Me darás un poco de tiempo? Dime que sí. Al menos dime: “Hola, Guido”.
Roslyn oye el mortífero golpeteo del viento contra el vehículo.
—Sí. Hola, Guido.
El indicador de velocidad alcanza casi los ciento cincuenta kilómetros por hora y empieza a descender.
—Hola, Roslyn.
——
En el centenario del natalicio de Arthur Miller (1915-2005) Tusquets publicó su novela The Misfits (México, 2015), traducida al español como Vidas salvajes, la cual se utilizó como guión del filme con el mismo nombre, protagonizado por quien fuera su esposa, Marilyn Monroe. Para la ocasión, publicamos un breve fragmento.









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