Antonio Bello Quiroz
Estudiosa del arte mexicano, la investigadora y académica Teresa del Conde murió el viernes 17 de febrero. En diversos momentos de su prolífica obra se refirió al psicoanálisis, incluso podría decirse que es pionera en México en buscar la incorporación de los conceptos del psicoanálisis, preferentemente freudianos, al análisis de las artes. En su formación misma contaba con estudios en psicología por parte de la UNAM. La historiadora del arte y doctora en historia de las ideas, fue una de las mayores especialistas en la obra de Frida Khalo y José Clemente Orozco. Fue también creadora del concepto de “generación de la ruptura”, mediante el cual se refiere a los artistas que no concuerdan con la escuela mexicana de pintura o el muralismo, como, por ejemplo, Manuel Felguérez, Vicente Rojo, José Luis Cuevas, entre muchos otros.
Teresa del Conde coloca en su obra a Freud como “un hombre extremadamente culto, un escritor sin par, un narrador dotado de infinitos recursos, un observador apasionadísimo y escrupuloso de la condición humana, de la literatura, de la arqueología, de la pintura y el arte”. No es desconocido que en el campo de las letras Freud fue galardonado en 1930 con el Premio Goethe; al enterarse de ello escribe: “fue la culminación de mi muerte civil”. Teresa del Conde reconoce y destaca el valor de Sigmund Freud en esa otra vertiente, poco estudiada, como profundo conocedor del arte. Recordemos que el psicoanalista le escribe a su aún novia Martha Bernays: “No hay mayor placer que pararse ante unos hermosos cuadros.”
Del Conde nos habla de este Freud humano esencialmente en dos de sus obras, el profundo ensayo académico Las ideas estéticas de Freud (Grijalbo) y un texto que escribe con motivo de los cien años de La interpretación de los sueños, titulado Sueños, memorias y asociaciones (Fondo de Cultura Económica). Se trata de darle lugar en su trabajo a la figura de Freud que, dice, la persigue desde la adolescencia. La autora misma, en este segundo libro, se reconoce como “psicoanalista frustrada” y desde ahí valora las aportaciones freudianas como pocos intelectuales en México han hecho; reconoce el valor de los sueños, tanto en la creación artística como en la vida subjetiva de cada sujeto. Ella, en su libro sobre los sueños y la memoria, hace literatura a partir de la narración de sus sueños, hace literatura onírica que, a decir de Del Conde, se encuentra prácticamente en desuso después de que tuvo su cúspide en el surrealismo bretoniano. La doctora Del Conde contribuye a realizar ese anhelo tan deseado por algunos psicoanalistas de que el psicoanálisis tenga carta de naturalidad fuera de la psicología y pase a formar parte del patrimonio de la cultura.
Apegada a una lectura academicista, e incluso ortodoxa, de la obra de Freud, Teresa del Conde en no pocos momentos expresó su desacuerdo con la lectura que Jacques Lacan hace del psicoanálisis, en particular con respecto a los sueños. Escribe: “no estoy en pleno acuerdo con Jacques Lacan cuando enuncia que la interpretación lingüística es la auténtica interpretación de Freud y, por tanto, el acceso o la llave que tenemos para interpretar sueños (aunque sean los propios) es la lingüística”.
Ella reconoce su fascinación por la fascinación con que Freud se detiene ante el arte, reflexiona sobre el arte, hace teoría en torno al arte. Nos recuerda en Las ideas estéticas de Freud algunos momentos de esta pasión, como cuando Freud menciona a quien a la postre sería su biógrafo, Ernest Jones, que “las columnas de color ámbar de la Acrópolis eran los objetos más bellos que había visto en su vida”. También Teresa del Conde destaca y admira de Freud su faceta como coleccionista. Estuvo incluso de visita en la casa que Freud ocupara durante su exilio en Londres. Así lo narra: “En el año de 1979 pude visitar Maresfield Gardens. La casa aún se encontraba habitada por Anna Freud y por Paula Fichtl, ama de llaves de la familia desde 1929 […] fue ella quien con entusiasmo me mostró la colección sin impedir que yo manipulara los objetos y que los viese con el supuesto ángulo en que Freud los veía”. De este afán coleccionista, Del Conde destaca una carta que Freud le escribe a su entonces amigo Fliess: “todavía existen los dioses antiguos, pues no hace mucho pude comprar algunos, entre ellos un Jano de piedra que con sus dos caras me mira muy despectivamente”.
Freud, se sabe, tenía dos textos favoritos: La interpretación de los sueños y Un recuerdo infantil de Leonardo. Para Del Conde se entiende esta predilección, que también es la suya, ya que el segundo de estos textos, además de la manera magistral en que está escrito, “guarda una estructura que puede sin titubeos calificarse de estética”. El interés de Freud por el gran artista del Renacimiento es viejo y profundo en la vida del psicoanalista; así lo revelan las investigaciones de la doctora Teresa del Conde. En una carta que el maestro vienés escribe en 1908 a su amigo Fliess le revela que: “Leonardo, de quien no ha quedado registrada ninguna aventura amorosa, fue quizá el más famoso de los zurdos.” Y más adelante, en su Ideas estéticas de Freud, la autora nos refiere una carta del inventor del psicoanálisis a su aún discípulo predilecto, Carl G. Jung en 1909: “¿Recuerda mis observaciones en las teorías sexuales infantiles relativas a que los niños están destinados a fallar en sus primeros intentos de investigación (sexual) y el efecto paralizante que esta situación les produce? […] Pues bien, el gran Leonardo era un hombre de este tipo; a temprana edad convirtió su sexualidad en pasión por el saber y desde entonces su inhabilidad para terminar cualquier cosa que emprendía se convirtió en un patrón que tuvo que adaptar a todas sus empresas; era sexualmente inactivo u homosexual. No hace mucho me encontré con su imagen y su parecido —sin su genio— en la persona de un neurótico.”
Miguel Ángel es el otro artista a quien Freud le dedica en exclusiva un trabajo, como destaca Teresa del Conde. Se trata de El Moisés de Miguel Ángel, escrito en 1913, justo en el momento en que el inventor del psicoanálisis enfrenta la disidencia de varios discípulos, en especial con Jung y Adler. Freud se identifica con este Moisés bíblico iracundo más que con el Moisés estético de Miguel Ángel. En la línea de los héroes freudianos encontramos a Moisés y al gran Aníbal. Al cuarto día de su primera visita a Roma Freud realiza su primer ascenso a San Pietro in Vincoli y escribe en El Moisés de Miguel Ángel: “Sobre ninguna obra de arte del mundo se han pronunciado juicios tan contradictorios sobre este Moisés con cabeza de Pan”. Con este ensayo, a decir de Del Conde, Freud es reconocido también como crítico de arte, dado que el objetivo del ensayo es exponer las dudas que suscitan las interpretaciones hechas sobre la figura de Moisés y así mostrar que tras ellas se encuentra escondido lo esencial para entender la obra de arte. Miguel Ángel murió un 19 de febrero de 1564.
Sin duda, la obra de Teresa del Conde es mucho más importante en el ámbito de las investigaciones estéticas. Es destacable el lugar que le hace al psicoanálisis y su vínculo con el arte; es plausible el esfuerzo que realizó por acercar el psicoanálisis tanto a la universidad o la academia, círculos que con frecuencia se muestran reacios, como al amplio público consumidor de cultura. Ojalá que sean muchos más quienes se acerquen al psicoanálisis como lo ha hecho Teresa del Conde.








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