Judith Schalansky
Los misioneros y los investigadores tienen completamente prohibido poner un solo pie sobre esta isla: los habitantes de Takuu quieren permanecer leales a los suyos y sus creencias. Necesitan la cercanía de los espíritus, quienes hace tiempo levantaron este atolón con los huesos del océano y de los antepasados y que desde entonces protegen la isla, este frágil anillo de arena, que se alza apenas un metro por encima de la superficie del mar. Las mareas ascienden, el viento no deja de soplar y la isla se está hundiendo. Después de cada tormenta la playa ha menguado, el mar engulle trozos enteros de tierra por la noche. La culpa la tienen la fricción de las placas tectónicas en constante movimiento y el cambio climático. El mar se adentra cada vez más en la tierra, anega las raíces de los palmerales y sala las aguas subterráneas, tanto que las plantas de ñame se marchitan y no hay comida suficiente para saciar el hambre de los isleños. Los ancianos no creen que Takuu se vaya a hundir y se niegan a abandonar la isla, intentan construir diques, amalgaman raíces, arenisca y piedras para formar masas fangosas y compactas que depositan en las orillas más amenazadas por el mar; también rezan a los espíritus y piden ayuda a los antepasados. Los jóvenes no se paran a pensar, ni en el futuro ni en el pasado, y día tras día beben leche de coco fermentada por el sol. De las ramas de los árboles cuelgan innumerables botellas de plástico para producir el licor. Takuu se hundirá, en un mes, en un año.









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