E. M. Cioran
¿No has sentido la fuerza de mis negaciones? ¿No te ha hecho temblar la tensión de las articulaciones del ser? ¿No te han quemado mis llagas por haberme predicho el fin? ¿Acaso no sabías que gracias a ti he sido fuerte, que has sido una rémora en mi impulso hacia la nada? ¿Por qué me hablas al oído de separaciones si, gracias a ti, estoy ligado a las apariencias de la naturaleza? No te he pedido compasión sino fuerza en la maldición y destellos de luz en la desesperanza.
¿Y no me has enseñado tú que mi desprecio debe tener la amplitud del amor? Desprecio desde la lejanía es tu ley, soledad, desprecio de las cumbres, de las cumbres que tu amor ha erigido. Pues se tiene que haber construido un mundo con amor para poder mirarlo desde arriba.
¿Y no me has aconsejado mirarlo desde lo alto para quitar su nombre a los dolores y la oscuridad a la derrota?
¿No has palpado y besado tú mis llagas ensangrentadas, esas llagas que hablan de resurrecciones?
He sentido tus caricias, cuando mi voz cascada, amarga y triste te susurró: soy un universo de pesares. ¿Por qué tú, que no perdonas nada, has consentido la debilidad de esa confesión? Que me trituren los huesos, me claven la lengua y me arranquen la mirada. Pues no quiero ser en existencia lo que no soy en pensamiento. Y cada vez que mis pensamientos me han abandonado, en todas y cada una de esas veces, yo no he sido en pensamiento. Inspira a mis pensamientos la compañía de la vida y hazlos acordarse de mí en los momentos cruciales. Pero no me consueles cuando sea débil y esté cansado y triste. Yo te quiero entonces severa, mala e implacable. Quémame las plantas de los pies cuando quiera enterrar mi alma y atraviesa mi co-
razón cuando se ponga meloso. Desgárrame la carne cuando se entregue al olvido y toma mis lágrimas ardientes como el veneno. Te confío a ti mi alma, soledad, y en tus entrañas quisiera enterrarla.









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