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Sueño magnético

· julio 24, 2015

J.G. Ballard

 

La historia de la psiquiatría se reescribe con tanta frecuencia que ya se parece a las crónicas de un régimen totalitario y ligeramente paranoico que se perpetúa a sí mismo. A los pioneros de una época se los degrada y considera poco más que turistas de chárter. Sigmund Freud, lejos de ser el primer explorador heroico del inconsciente, ahora es uno de los últimos en abandonar la pasarela, como deja en claro Adam Crabtree en este relato* sobre los precursores del psicoanálisis.

La inverosímil figura que inauguró la era de la moderna psicología fue Franz Anton Mesmer, un médico vienés nacido en 1734, a quien siempre asocié con trucos de espiritismo, hipnotizadores de teatro y otras charlatanerías por el estilo. De hecho, era un físico escéptico y profundamente contrario a todos los fenómenos paranormales. Mientras ejercía de médico, se interesó por el poder que los imanes parecían ejercer sobre los mecanismos del cuerpo humano. Un sacerdote jesuita, con el amedrentador nombre de padre Infierno, había desarrollado una cura para los retortijones de estómago mediante el uso de imanes de hierro. Los esmerados experimentos de Mesmer lo convencieron de que había corrientes de fuerza, que denominó “gravedad animal”, que se movían beneficiosamente entre el médico y el paciente. El imán más importante, pensaba él, era el cuerpo humano, y gozó de una excepcional racha de éxito empleando su método en todo tipo de enfermedades, desde hemorroides y parálisis hasta epilepsia y melancolía.

A pesar de su inmensa fama, la medicina ortodoxa de su época desconfiaba de Mesmer, pero éste llegó a pasar la antorcha al más notable de sus discípulos franceses, el marqués de Puységur, un antiguo oficial de artillería intrigado por el fenómeno de la electricidad. Tras ser instruido por Mesmer en la Sociedad de la Armonía en París, Puységur llevó a la práctica sus conocimientos con la hija del administrador de su finca, que sufría de dolor de muelas, y dio comienzo a una serie de experimentos que, a juicio de Adam Crabtree, alteraron para siempre el curso de la psiquiatría. Al apoyar las manos en sus pacientes, Puységur descubrió que éstos se hundían en lo que llamó “sueño magnético”. Era un estado de conciencia sonámbula durante el cual los pacientes se volvían extremadamente sugestionables y establecían una intensa relación con el terapeuta, pero no recordaban nada al despertarse. Claramente presagiaba tanto el diván terapéutico de Freud como el escenario iluminado del hipnotizador del teatro de variedades.

Mesmer siempre creyó que sus poderes curativos estaban basados en la física, pero Puységur creía que los beneficios terapéuticos del trance magnético eran completamente psicológicos. En efecto, muchos médicos empezaban a preocuparse por los dolorosos secretos que revelaban los pacientes en trance y los peligros de un vínculo sexual “enfermizo”. Un observador relató que Puységur colocaba sus manos sobre la cabeza de una paciente, le cosquilleaba suavemente las ventanas de la nariz y “le hacía presión sobre los pechos de modo que los pezones debían sentir un ligero roce”. Las “mujeres sensibles y vivaces” sufrían convulsiones, con movimientos repentinos de los brazos y las piernas y la descarga de “las más dulces emociones”, seguidas de un estado de languidez y debilidad. Sorprendía, notó el observador, que las mujeres no sintieran ninguna culpa y estuvieran dispuestas a repetir la experiencia.

Pues sí, me atrevo a decir que lo estaban, y la medicina psicológica, al igual que las artes de la seducción, desde entonces no ha vuelto a ser la misma. En el siglo XIX, el descubrimiento del comportamiento inconsciente llevó a un enorme interés popular por los fenómenos paranormales. Los charlatanes sacaron provecho de las mesas que se movían y los golpecitos en la pared, la transferencia del pensamiento y la memoria, y los científicos responsables lo investigaron con seriedad. En la última década del siglo, el psicólogo francés Pierre Janet elaboró el concepto de acto inconsciente, y de ese modo describió un mundo mental sumergido que operaba independientemente de la conciencia normal y podía dar lugar a acciones y emociones inexplicables.

A juzgar por el relato de Adam Crabtree, cuando por fin Freud apareció en escena era el último invitado a una fiesta en que la gente ya había empezado a dispersarse. Quizás este descenso de categoría de Freud refleje el fracaso terapéutico del psicoanálisis, e insinúe otro cambio radical en el progreso de la psicología que puede ocurrir en este cambio de milenio. Mientras llevamos el diván del consultorio al desván, haríamos bien en reflexionar sobre qué mueble aún más extraño tomará su lugar.

——

* Este artículo es una recensión del libro De Mesmer a Freud, de Adam Crabtree, publicada en Daily Telegraph en 1994.

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