Charles Simic
Soy el último soldado napoleónico. Han pasado
casi doscientos años y sigo batiéndome en retirada
de Moscú. El camino está flanqueado por abedules
blancos y el barro me llega hasta las rodillas. La
mujer tuerta quiere venderme una gallina, y ni
siquiera tengo con qué vestirme.
Los alemanes van en una dirección; yo, en la
contraria. Los rusos van por otro lado mientras se
despiden. Tengo un sable de gala. Lo uso para
cortarme el pelo, que tiene metro y medio de largo.
La araña ausente
He aquí su tela, pero nunca vi una araña allí,
excepto una falsa, ésas hechas de goma
que se venden al fondo de una tienda
con adornos para peceras y juguetes para la bañera.
Queríamos una araña para asustar a Mary,
pero en cambio le compramos una serpiente de cascabel.
Se veía real. Se veía absolutamente mortal
con su lengua bífida saliente.
Ella gritó. No pensó que fuera divertido.
Su hermano lanzó la culebra a lo alto.
Se enrollaba y desenrollaba como si tratara de volar.
Un árbol la enganchó. Le lanzamos piedras pero sin resultado.
Cuando llegó el invierno y el árbol perdió sus hojas
vimos la culebra agitándose en la rama
como si tuviera frío. La araña estaba donde estaba
atrás en la tienda.
Era negra. Incluso sus ojos lo eran.
La tienda no tenía clientes para Navidad.
Los cientos de muñecas baratas en los estantes
parecían asombradas, rosadas y desnudas más allá de lo creíble.









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